domingo, 31 de diciembre de 2006

Editorial: El fin de un falso «proceso»

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Editorial
El fin de un falso «proceso»

DESPUÉS de dos años de rearme ininterrumpido, ETA cometió ayer en Madrid un brutal atentado que quiebra por la base el «proceso» de negociación iniciado por el Gobierno socialista antes incluso del anuncio oficial de alto el fuego permanente, el 22 de marzo pasado. La gigantesca deflagración que demolió uno de los aparcamientos de la Terminal 4 del aeropuerto madrileño, causando dos desaparecidos y una veintena de heridos, es, a un mismo tiempo, la reafirmación de ETA en sí misma y el más claro desmentido a todos los discursos que han alentado engañosamente en la opinión pública española las expectativas de una paz que los etarras nunca han estado dispuestos a dar. Por tanto, no debería sorprender que ETA colocara ayer un coche-bomba sin un comunicado previo que revocara la tregua, porque para ETA, lo mismo que para Batasuna, este atentado también forma parte de lo que la banda terrorista entiende por «proceso político».
Para ETA, la confusión entre violencia y política es absolutamente natural y, por eso, Otegi declaró ayer que «el proceso político de solución al conflicto no está roto». El desparpajo inmoral de este proetarra, al que Rodríguez Zapatero llegó a reconocer un «discurso de paz» cuando aún permanecía en prisión provisional, refleja fielmente que ETA sólo quería un «proceso» que le permitiera alcanzar sin matar los objetivos por los que llevaba más de tres décadas matando. En absoluto cabe sorprenderse de lo que ayer hizo una ETA que en dos años ha robado toneladas de materiales explosivos y más de trescientas cincuenta armas cortas. El aumento de la violencia callejera, de la extorsión y de las amenazas por medio de «zutabes» y comunicados ha sido el umbral del atentado de ayer en Barajas.
Ahora se demuestra que ETA no habla nunca para «consumo interno» cuando afirma que la tregua es un recurso de su «lucha armada» o cuando hace de la autodeterminación y de Navarra condiciones inexcusables para el fin de la violencia. Tampoco ETA es esa banda terrorista intimidada por los efectos del 14-M ni, menos aún, seducida por la «oportunidad histórica» que representa un Gobierno español dispuesto a respetar la libre voluntad de los ciudadanos vascos. ETA sólo ha sorprendido a los incautos y a los necios, a quienes pensaban que los etarras habían dejado de ser terroristas y a quienes, aún peor, creían que, en el fondo, los etarras perseguían objetivos políticos legítimos que podían ahormarse en los cauces del diálogo. No han faltado aduladores de esta impostura ni coros sumisos a la ficción de que esta vez la tregua iba en serio. Al final, tanto compararse con el Gobierno de Aznar y esta tregua ha durado nueves meses, frente a los quince de la de 1998, y sin que el anterior Ejecutivo aceptara mesas políticas, ni rompiera el consenso con la oposición.
De este atentado, y de los que puedan seguirle, sólo ETA es culpable, porque únicamente los terroristas son responsables de sus actos y nada ajeno a ellos puede actuar como justificación o atenuación de sus crímenes. Nunca un gobierno democrático puede compartir el reproche que ha de recaer, en exclusiva, sobre los terroristas. Sin embargo, es imprescindible que el atentado de Barajas dé lugar a un cambio radical de la política del Gobierno de Rodríguez Zapatero en relación con ETA. La política de apaciguamiento ha fallado, como era previsible, y si ETA atentó ayer no fue porque no haya habido cesiones, sino porque quería más que ya no están al alcance del Gobierno. Es al PSOE y al Ejecutivo a quienes corresponde iniciar una auténtica política de Estado que se fije como objetivo irrenunciable la derrota de ETA, sin condiciones ni matices, con los instrumentos policiales y judiciales del Estado de Derecho. Así resulta inadmisible que los emplazamientos se hagan al PP para que no utilice políticamente el atentado de ayer: no sólo Rajoy eludió en su comparecencia cualquier tentación partidista, sino que esa advertencia suena cínica en quienes protagonizaron la bochornosa noche electoral del 13 de marzo de 2004.
Existe una responsabilidad política por el origen y el desarrollo del proceso de negociación con ETA. Una responsabilidad que alcanza a los graves daños causados por decisiones concretas del Gobierno, con el apoyo incondicional del PSOE, de liquidar el pacto antiterrorista, de no utilizar la Ley de Partidos contra una Batasuna -que ni condena el atentado ni pide el fin del terror-, de aceptar la interlocución política de ETA y Batasuna en una mesa de partidos y de inocular en la sociedad española la confusión sobre quiénes son los partidarios de la paz y quiénes los de la violencia. Ha sido desde el Gobierno donde se ha dicho que no había indicios de que ETA se estuviera rearmando. Con juicios así, se desvela la incapacidad de discernimiento que aqueja al Ejecutivo para valorar a ETA como el peligro real y grave que representa para los españoles. Es, en definitiva, un problema de incapacidad para la responsabilidad de gobernar.
No es en absoluto suficiente lo que ayer anunció el presidente del Gobierno. Es más, sus palabras encierran una nueva oportunidad para la estrategia falsaria de los terroristas, cuando lo cierto es que ETA, aunque anunciara más treguas o altos el fuego, no merece más que respuestas policiales. No basta con que el jefe del Ejecutivo haya ordenado «la suspensión de iniciativas para el desarrollo del diálogo con ETA», porque el problema es que Zapatero no cancela la posibilidad del diálogo mismo con los etarras. El «proceso» está muerto y aunque reconocerlo así pueda ser -y lo es- un fracaso político del Ejecutivo que pactó la tregua con ETA, por dignidad nacional, el presidente del Gobierno tenía que haber asumido que, hagan lo que hagan los etarras en el futuro, no hay más opción que la derrota policial. Rodríguez Zapatero perdió ayer la ocasión de reactivar el Estado contra ETA mediante la recuperación de los grandes activos de la anterior política antiterrorista, como la vuelta al Pacto de Estado por las Libertades y contra el Terrorismo, la recomposición de relaciones con el PP y la declaración solemne del fin del diálogo. Para suspender las iniciativas del Gobierno, Rodríguez Zapatero ha tenido múltiples motivos y ocasiones en los últimos meses, desde los actos de «kale borroka» hasta el robo masivo de armas cortas. Ayer era el momento de darle la iniciativa al Estado y el presidente del Gobierno no lo hizo

El profeta miope

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El profeta miope
Por POR IGNACIO CAMACHO

DIJO el pitoniso, con esa hueca solemnidad tan suya, mirando con ojos miopes su bola de cristal opaco: «Estamos mejor que hace un año, y tengo la convicción de que dentro de un año estaremos mejor que ahora». Y se fue a dormir a Doñana, arrullado por el mecer de los juncos del Coto, dulcemente desavisado de la oportunidad que acababa de perder para no hacer el ridículo. A esas horas, quizá, alguien había aparcado ya en Barajas una furgoneta cargada de explosivos. Joder con el profeta; cuando abandone la Presidencia del Gobierno, más vale que no se dedique a futurólogo.
Lo malo del optimismo patológico, perdón, antropológico, no es que carezca de la información necesaria, sino que provoca una cierta enajenación de la prudencia y termina confundiendo el análisis en una sobrada y autosuficiente arrogancia. La realidad envía avisos, enciende luces de alarma, y el optimista despreocupado, fiado de sus convicciones inmutables, las ignora haciendo la vista gorda y las envuelve en camuflajes semánticos o retóricos para minimizarlas a favor de su inspirado designio. Las amenazas eran «para consumo interno»; las cartas de extorsión llevaban matasellos atrasados; el zulo era «un sitio para meter cosas», los atentados eran simples «accidentes mortales». La kale borroka o el robo de las pistolas, como ofrecían poco margen interpretativo, simplemente quedaban relegados a los márgenes de la evidencia. Y el responsable de la lucha antiterrorista, el director de la Policía y la Guardia Civil, podía proclamar ufano que no había ningún comando operativo en España, perdiendo él también una excelente ocasión de administrar su silencio. El país alegre y confiado caminaba con paso decidido hacia un futuro de pazzzzz.
Cuando ese futuro salta en pedazos, y los escombros aplastan a dos pobres inmigrantes que estaban en el lugar más inadecuado en el momento menos oportuno, el optimista aún se resiste a aceptar el desmoronamiento completo de sus certezas. Y apela de nuevo a la semántica: en vez de romper, suspende. En vez de cancelar, interrumpe. En vez de suprimir, aplaza. Rebusca matices, atrapa casuismos, escruta tonalidades, modula conceptos para persistir en la conclusión de su particular silogismo aunque se le estén deshaciendo las premisas. Y posa gestualmente con semblante de enfado, con aire de dolida firmeza, con el desilusionado rictus de decepción y contrariedad de quien se siente incomprendido en su buena fe.
Eso sí, había en su rostro una expresión de rabiosa amargura, un gesto de disgustado trastorno, de autoestima mermada cuando, forzado por la impía terquedad de los periodistas, tuvo que admitir, casi mordiéndose los labios, que «desgraciadamente hoy estamos peor que ayer». Viniendo de un arúspice tan categórico, de un augur tan iluminado, de un visionario tan persistente, esa constatación elemental resulta casi un atisbo de esperanza.
Igual se cae del guindo antes de que sea demasiado tarde.

T-4

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T-4
Por POR JON JUARISTI

ETA entra en el nuevo año convertida en un Estado en la sombra, gracias a una combinación de desventurados factores entre los que destaca la estupidez de un Gobierno entregado a la retorsión de la lógica. Si a éste le quedara un poco de decencia, dimitiría en bloque. Si tuviera un mínimo de vergüenza, convocaría elecciones. Si aún hubiera un asomo de sensatez en semejante colección de ineptos, se bajarían en marcha del «proceso de paz», pero como no les asiste ni la decencia, ni la vergüenza ni la sensatez, seguirán impertérritos hacia el abismo. ¿ETA, vencida? Por muy triturado que se encuentre un grupo terrorista, incluso por muy desprovisto de apoyo social que se haya quedado, no podrá hablarse de derrota del mismo hasta que sus miembros no admitan la radical ilegitimidad de sus objetivos. El argumento de que se debe hablar con organizaciones de este tipo cuando se tiene certeza de su impotencia es falaz. Nadie se planteó jamás un diálogo con el Grapo, ni siquiera cuando la práctica totalidad de sus efectivos estuvo en la cárcel. Se intuía acertadamente que la neutralización no equivalía en su caso a la derrota, porque jamás se consideraron vencidos. ¿Por qué supuso Rodríguez que con ETA iba a ser distinto? ETA tiene su lógica, mal que le pese a Rubalcaba. Una lógica criminal, pero tan racional como la del ministro del Interior, o más.
El Gobierno actual pretende justificar su obcecada persistencia en el proceso, alegando que Aznar trató de hacer lo mismo. Miente. El Gobierno de Aznar hizo precisamente lo contrario: cortar en seco. Pero supongamos que hubiera hecho lo que no hizo, o sea, prolongar los contactos tan infructuosamente como lo han hecho los socialistas. El sentido común obligaría a considerar las tentativas frustradas anteriores como datos disuasorios. Nadie se contradice si afirma que espera triunfar donde otro fracasó, pero se comportará como un majadero si, a la manera del Gobierno de Rodríguez, se exculpa de sus propios fracasos con el argumento de que otros también se estrellaron en los mismos obstáculos.
El segundo argumento de los socialistas, en orden de manoseo, ha sido la ausencia de atentados mortales en los últimos años. Ignoro si esta muletilla se acuñó solamente para tener contenta a la banda, pero logró ese efecto. Veamos: ante la evidencia de que ETA llevaba varios meses sin matar, el Gobierno de Aznar la explicaba por el acorralamiento policial y judicial de los terroristas y sus cómplices, lo que, además de verosímil y convincente, era cierto. Los socialistas, por el contrario, han insistido en que tal situación se debía a un cambio de actitud de ETA, y los etarras han entendido que el Gobierno les reconocía y agradecía que, pudiendo matar, no mataran. En otras palabras, han entendido que se les equiparaba al Estado que limita voluntariamente su monopolio de la violencia renunciando a imponer la pena de muerte y, en consecuencia, se han sentido más alternativa al Estado que nunca, convicción ésta reforzada por la visible renuncia del Estado a ejercer su soberanía territorial. Cabe recordar un fenómeno sobre el que recientemente ha llamado la atención Pierre Manent: la abolición de la pena de muerte en Europa occidental coincidió con el ascenso generalizado del terrorismo, como si sectores de la sociedad se apresurasen a recuperar las competencias que el Estado se negaba a detentar. Un Estado débil llama clamorosamente al terrorismo, y los socialistas han debilitado al Estado.
Con todo, el problema no está en cómo se sientan los de ETA esta Nochevieja, sino en cómo vuelve a ser percibida la banda. Es innegable que -con espanto, rabia o entusiasmo, según sus diversas posiciones morales-, los españoles ven hoy a ETA, Batasuna incluida, como una alternativa de poder, cuando no como un poder paralelo, copartícipe de los arcanos del Estado, cuyo actual Gobierno nos ha ofrecido una versión inédita de la política de las cloacas, tan cara a la izquierda en general y a los socialistas en particular: contubernios sucios donde antes hubo guerra sucia. Y con resultados idénticos.

Desolador

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La Tercera
Desolador
POR JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS
SERÍA miserable atribuir al Gobierno o a su presidente un adarme de responsabilidad en el brutal atentado terrorista perpetrado por ETA ayer en la Terminal 4 de Madrid-Barajas. Pero no lo es -por el contrario, resulta obligado- subrayar críticamente la desoladora intervención de José Luis Rodríguez Zapatero en respuesta a la criminal fechoría de la banda. Limitarse a suspender las iniciativas de diálogo con ETA, pero negarse a romper el «proceso» -y negarse a hacerlo hasta tres veces a requerimiento de preguntas de los periodistas- delata que el jefe del Gobierno se ha instalado en una banalidad política y en una inconsistencia intelectual alarmantes que, siendo perceptibles en sus decisiones desde hace mucho tiempo, constituyen en estas circunstancias un gravísimo riesgo para el Estado de derecho en nuestro país.
Cuando a la banda terrorista ETA se le responde tras un atentado como el de ayer con una suspensión de las iniciativas de diálogo o negociación -y no con una ruptura terminante- se le está remitiendo la seguridad de que éste se retomará cuando las circunstancias muden, de tal manera que la generación de expectativas favorece las tesis de los que en la banda criminal consideran que el ejercicio de la violencia es el camino correcto para sentar al Estado en una interlocución negociadora. ETA y Batasuna -cuyo portavoz tampoco consideró roto «el proceso»- tienen ahora la seguridad de que Rodríguez Zapatero se abraza -aunque lo haga al modo de un náufrago- a la baza de una política de pacificación que no será enteramente rectificada ni siquiera con acciones tan bestiales como el atentado en la T-4 madrileña.
Desde el principio -allá, en el mes de marzo, cuando ETA declaró un mendaz «alto el fuego permanente»- el Gobierno no ha hecho otra cosa que perder terreno. El «proceso» ha resistido la violencia callejera -desde la de menor entidad a la de mayor descaro y gravedad para personas y bienes-; ha soportado también el chantaje a profesionales y empresarios en el País Vasco; ha aguantado la permanente intimidación a las fuerzas políticas no nacionalistas en la comunidad autónoma vasca y -tan grave como todo lo anterior- ha sido compatible con constantes declaraciones de ETA según las cuales este «proceso» no era de paz sino de negociación de la autodeterminación y de la territorialidad vascas y de amnistía para los terroristas encarcelados.
El presidente, como si de un autista se tratara, asesorado por ignotos expertos en la materia, actuando al margen de toda lógica y conocimiento de esos fantasmales interlocutores de la banda terrorista, ha incurrido en situaciones tan patéticas como la del viernes cuando declaró a bombo y platillo que «dentro de un año estaremos mejor que hoy», al mismo tiempo que los ciudadanos vascos dejaban ver en el euskobarómetro su mayoritaria sospecha de que ETA volvería a matar «en cualquier momento». El presidente, con un rostro marmóreo, ha tenido que digerir que el máximo responsable de la Guardia Civil y la Policía aseverase el pasado miércoles que «no hay datos que hagan pensar ahora mismo en que ETA se esté rearmando», al tiempo que era descubierto un zulo y el propio Gobierno vasco expresaba por ello su preocupación. El presidente, inconmovible, ha consentido que la banda terrorista ETA perpetrase un secuestro para el robo posterior de trescientas cincuenta armas cortas en Francia, sin considerar que tal acción era ya una ruptura de la tregua y, en todo caso, un delito gravísimo. En definitiva: el presidente asumió desde los primeros compases de esta falaz iniciativa de paz que la verificación de la voluntad de ETA no era el abandono de las armas sino la transacción con el Estado y la obtención de determinadas contrapartidas.
José Luis Rodríguez Zapatero se ha convertido así en un político temible, poseído de una soberbia cegadora e inabordable intelectualmente desde los más elementales argumentos de conservación de la integridad del sistema democrático. Todas sus iniciativas -ésta del proceso es la más grave- surgen como ocurrencias geniales, como grandes hallazgos, para derivar después en gravísimos problemas políticos que le restan todo margen de maniobra. Así ha ocurrido con la cuestión territorial, con la política exterior, con la llamada «memoria histórica» y, ahora con este remedo de «proceso» de paz con la banda terrorista ETA que ha demostrado durante décadas ser impermeable a cualquier forma de interlocución que no pase por el fielato de reconocer su condición «política» y de «vanguardia» del nacionalismo vasco independentista. A este planteamiento delictivo de ETA sólo se le ha contestado coherentemente -tras las decepciones muy aleccionadoras de 1989 y 1998- con la ilegalización de su brazo político mediante la aplicación judicial de la Ley de Partidos y con la persecución policial -nacional e internacional- y la colaboración de la comunidad de democracias occidentales, desde la unidad de los partidos políticos en España, respaldada de forma aplastante por la sociedad.
El presidente del Gobierno, sin embargo, pecando de altivez -en la que cae al suponer que él es capaz de lograr lo que no alcanzaron otros- abandonó esa política antiterrorista para introducirse en otra laberíntica en la que la banda terrorista ETA le ha ido ganando sucesivamente todos los órdagos de un juego de naipes con las cartas marcadas. Rodríguez Zapatero hablaba de paz y los terroristas lo hacían de negociación; el presidente hablaba de legalidad y los terroristas lo hacían de impunidad; el presidente hablaba de democracia y los terroristas lo hacían de imposición. ¿Cómo es posible que el jefe del Gobierno no haya reparado -o no le hayan hecho reparar- que ETA no discurre por los circuitos de la lógica convencional? ¿Cómo se ha llegado a esta situación cuando todas las evidencias apuntaban indefectiblemente a un episodio trágico como el de ayer en Madrid? ¿Cómo es posible, por todo ello, que el presidente del Gobierno siga alimentando expectativas negociadoras mediante la mera suspensión del diálogo con ETA cuando la experiencia, propia, y ajena anterior, le indican que la banda sólo entiende la política que excluye cualquier posibilidad de otro diálogo que no sea el preciso para datar la entrega de las armas, señalar el lugar de los arsenales y acogerse a la generosidad que el Estado y la sociedad dispongan libremente concederle?
La intervención de ayer del presidente -cuando todos los ciudadanos sensatos hubiéramos querido que así no fuese- resultó aflictiva, es decir, desoladora, porque provocó una inquietante sensación de orfandad política, porque se notó el volumen de la ausencia de esas certezas que tampoco prestó al líder de la oposición y que Mariano Rajoy echó en falta en su entrevista con Rodríguez Zapatero. Algo nuevo, sin embargo, se pudo extraer de la frialdad del jefe del Gobierno: la confirmación de que se trata de un político que orbita en sentido circular a un conjunto de valores tan peculiares -por propios e inaccesibles-que le apartan de la sintonía necesaria para ejercer el gobierno con la fiabilidad habitual en un régimen democrático. Por eso, la oposición -el Partido Popular-, en la desolación, debe procurar la mudanza política y esgrimir su derecho constitucional a cuestionar ya y sin demoras la confianza aun dirigente que la ha gastado con la frivolidad de los pródigos. Para eso está el artículo 113 de la Constitución.
JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS
Director de ABC

El profeta Zapatero

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El profeta Zapatero
Por POR M. MARTÍN FERRAND

UN grupito de asesinos etarras, supongo que varias veces desarticulado, puso ayer fin a la carrera profética de José Luis Rodríguez Zapatero. Sólo unas horas antes del atentado en uno de los nuevos aparcamientos del aeropuerto de Barajas, el presidente, en uno de sus arrebatos de optimismo hueco, decía en relación a ETA: «Estamos mejor que hace un año y dentro de un año estaremos mejor». Ahí están los resultados de una política, tan temeraria como bien intencionada, que a lo largo de más de treinta meses ha transportado al líder socialista desde el error, una licencia de quien debe decidir, a la contumacia, el fracaso de quien se equivoca con empecinamiento.
Entre los especímenes políticos más peligrosos se encuentra el líder de ideas fijas. Se define por su incapacidad autocrítica y por sus oídos sordos a las voces de sus oponentes y, peor todavía, por su desdén para con los observadores independientes. En esa categoría se encuentra Zapatero. Deseoso de pasar a la Historia como un gran pacificador, aceptó, más crédulo de lo conveniente, establecer con ETA un «proceso» a cuyo final fáctico, lamentable y previsiblemente, asistíamos ayer. El «alto el fuego» que, unilateralmente, decretó la banda hace nueve meses concluyó también de modo unilateral y con sañudo estruendo.
Según el ministro Alfredo Pérez Rubalcaba, «no estamos ante un proceso racional». Más bien parece lo contrario. Los razonamientos de ETA no conducen, ni han conducido, ni conducirán, a la paz. ¿Cómo nos van a dar algo que no les vale nada y renunciar con ello a una violencia que les da de comer y, al tiempo, les sirve para el sostenimiento de un pregón independentista inviable por cauces democráticos?
Ante el suceso, Mariano Rajoy ha tenido el buen gusto de no afirmar, como podría invitar la tentación, el «ya lo decía yo» que nunca sirve para nada. Se ha limitado a pedirle al Gobierno que rompa toda relación con ETA. Es lo justo y, si se pretende la eficacia, lo cabal. El final de ETA será consecuencia de la acción judicial y policial o no será. La decepción que marca el tremendo atentado de ayer es repetición de otras muchos anteriores. Incluso cuando más cerca estuvimos de una solución dialogada, en la gestión del ministro Juan José Rosón, el diálogo sólo sirvió para provocar una escisión en el seno de la banda que trajo a la convivencia democrática a unos pocos con el precio de la radicalización asesina de otros tantos.
Ahora le toca al Gobierno, si no se resiste a aceptar la evidencia, renovar su política antiterrorista y, como propuso el propio Zapatero en sus días de oposición a José María Aznar, hacerlo en coordinado entendimiento con el PP y cuantas fuerzas democráticas quieran acabar con ETA mejor que aplicarle bondadosas cataplasmas que rebajen su hinchazón asesina

¿Dónde está el «queremos saber»?

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¿Dónde está el «queremos saber»?
Por POR ANTONIO BURGOS

BARAJAS echaba literalmente humo. Angustia a pie de pista. Pasajeros ateridos, con niños chicos, arracimados en inhóspitos paisajes de puertas traseras y naves de carga, la tramoya que solemos cruzar en las lanzaderas. Caos perfectamente organizado, según las habituales normas de actuación de la AENA de Magdalena (Álvarez). Y nadie sabía nada. Y nadie decía nada. Eso, a pie de pista. Fuera, menos. Barajas en pie de guerra, echando humo, ardiendo por los cuatro costados, y como siempre, nadie habla. No Passssa Nada. Pese a su práctica en la mendacidad, esta vez disimulaban peor el fracaso de sus cencerros tapados para desmontar el Estado de Derecho y entregar la cuchara ante las pretensiones de los terroristas de la ETA. Proceso famoso que había empezado cuando la Anunciación y que terminaba tras la Natividad del Señor: nueve meses desde los 9 milímetros Parabellum al Bel_n con los pastores de ZP. ¿Había una consigna de simular normalidad y de admitir en todo caso «un accidente» en el Proceso? Quizá se nos rompió la medalla del amor de ZP de tanto usarla: «Hoy estamos mejor que hace un año, pero dentro de un año estaremos mejor».
Rubalcaba salía a la simulación de dar la cara 4 horas, 4 después de cometido el atentado asesino por los de la charlita con Pachi López en la mesa de diálogo. Rubalcaba dejaba todas las preguntas sin responder, y, nada de programación especial de informativos: acto seguido en la Televisión Pública Española salía un cocinero explicándonos cómo se hace el sorbete casero de piña. Ya Rubalcaba nos había explicado antes cómo se hace el sorbete casero de una piña con las peticiones de los terroristas, cuando ni la claudicación del Estado de Derecho sirve para que la ETA deje de poner horror, dolor, sangre y muerte sobre la mesa.
Anunció Rubalcaba que había un desaparecido. El más desaparecido de todos, durante todo el día, era el presidente del Gobierno. Que Barajas esté echando humo y colapsado, que haya miles de personas atrapadas en las pistas y en los aviones, que España desplace a la soga del ahorcado Sadam en los informativos mundiales no es razón para que ZP dé la cara sobre la marcha. Se está mejor en Doñana con los pastores del Coto. Nueve horas necesitó ZP para comparecer. Una hora por cada mes del Proceso roto.
¿Dónde estaban ayer los del «queremos saber» de entonces? ¿Dónde los que exigían que el Gobierno transmitiera en vivo y en directo las investigaciones de la Policía cuando el 11-M? ¿Por qué la información con cuantagotas, con dos desaparecidos por lo menos entre los escombros? ¿Por qué tanta frialdad al hablar de los dos suramericanos inmigrantes, los del tópico empujón a nuestra economía, desaparecidos, como si fuesen una anécdota? Rubalcaba esgrimía secretos policiales y sigilos de la investigación y, como no No Passssa Nada, los profesionales del «queremos saber», de Belinda. Era de helarse la sonrisa recordar sus propias palabras de aquellos entonces en estos ahoras: «Los españoles no se merecen un Gobierno que les mienta». La única verdad la dijo ZP en su tardía comparecencia sobre la ruptura del diálogo, que no del Proceso famoso: «Hoy estamos peor que ayer». Toma, y que antier. Y que el l0-M, ni te cuento...
Y al final, pero no lo último, la brillantísima ausencia de la máxima responsable política de Barajas: Magdalena Álvarez, ministra de Fomento... del Caos. Estando Barajas como estaba, dio la cara aproximadamente lo mismo que cuando las carreteras se le colapsan por la nieve: cero cartón del nueve. Tenemos, no obstante, que agradecer a ZP que condenara el atentado y llamara «terroristas» y no «izquierda abertzale» a los asesinos de la ETA. Cosa rara, esta vez no tuvo la culpa el PP. O, contra el libro de estilo de Magdalena la de AENA, tampoco la tuvieron los viajeros de Barajas, que como son de la cultura que son, no se les ocurre otra cosa que viajar el 30 de diciembre. Menos mal que Barajas, al contrario que las pistolas robadas, los guardias rociados con gasolina, los cajeros y autobuses quemados o los zulos, no es ninguna anécdota. Antes de Barajas, ya hemos barajado demasiado. Es hora de cortar. No sólo el diálogo, sino la rendición de España ante una banda asesina.

Rosa Díez: Unidos contra ETA

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Unidos contra ETA
Free Image Hosting at www.ImageShack.us Por Rosa Díez


ETA ha vuelto a cometer un grave atentado utilizando un coche-bomba con una gran carga de explosivos, que se ha podido llevar la vida de dos personas. Esta vez ha elegido un escenario que le garantiza el máximo de repercusión nacional e internacional y que ha provocado, por el número de personas directamente afectadas, una gran conmoción ciudadana. Y mucho miedo.

El coche-bomba es un instrumento cobarde, que permite a los terroristas asesinar sin correr apenas riesgos. Más allá de los muertos o heridos que han provocado cada uno de los coches que ETA ha hecho estallar a lo largo de su historia, que nadie se equivoque: cuando ETA pone un coche-bomba con esa carga de explosivos da por descontado que puede haberlos. Y no le importa que los haya, ni el número de ellos.
Durante estos nueve meses de tregua ha habido quien se ha empeñado en considerar como «actos para la galería» los diferentes comunicados de la banda y todas sus acciones, desde el robo de pistolas, la aparición de encapuchados o la quema de autobuses urbanos. Hoy el enemigo, nuestro único enemigo, se ha quitado con total obscenidad la careta. Ya no queda espacio para el disimulo. Tampoco es tiempo de llorar por la leche derramada. Es tiempo para el análisis sereno y para la respuesta democrática, firme y unívoca.

Mientras había quien interpretaba la actividad de la banda desde la declaración del alto el fuego como «gestos para su gente», otros pensábamos que los comunicados y las acciones de ETA y Batasuna demostraban su carácter totalitario y sus verdaderas intenciones. La voluntad de la banda de no renunciar a ninguna de sus reivindicaciones se ponía claramente de manifiesto en el contenido de su último zutabe, en el que reiteraban su exigencia al Gobierno de establecer una interlocución entre iguales. Durante estos meses hemos temido -y denunciado- que ETA sintió que se legitimaba su historia desde el mismo momento en que percibió que tanto nacional como internacionalmente era considerada como una parte del «proceso»; y que a partir de ahí y desde esa perspectiva ha ido desarrollando toda su estrategia.

Por muy buena intención que el Gobierno tuviera al embarcarse en este proceso de diálogo con ETA, es evidente que las cesiones semánticas ante los terroristas con el objetivo de convertirles a la democracia no han tenido éxito alguno. Por el contrario, todos esos gestos han sido percibidos por los terroristas como signos de debilidad. Porque hablar con ellos se ha hablado; y mucho. Pero, como la historia se ha encargado de enseñarnos, hablando no siempre se entiende la gente. Ningún movimiento totalitario se ha convertido jamás a la democracia.

Este nuevo atentado de ETA llega en un momento especialmente delicado. Las dos principales fuerzas democráticas españolas están profundamente divididas respecto de la política antiterrorista; y esa ruptura del consenso básico ha acarreado una profunda desarticulación de los movimientos cívicos y en la sociedad española en su conjunto. Esta es la principal novedad de este momento en el que ETA vuelve a romper una tregua; y esa es también su principal fortaleza. ETA ha cometido este atentado en el mejor de los climas para una organización totalitaria: con los demócratas desunidos y con una parte importante de la sociedad civil bajo los síntomas del cloroformo apaciguador, presa de una potencial cobardía que le lleva a pensar que «otro nos sacará las castañas del fuego».

Ante esta situación dolorosa y difícil tenemos que reaccionar reafirmando nuestra voluntad de aplicar todos los instrumentos del Estado de Derecho para derrotar a ETA; llamando a las cosas por su nombre; y reclamando y facilitando la unidad de acción entre los dos principales partidos de la democracia española. Sólo así seremos capaces de enfrentarnos con éxito a su estrategia desestabilizadora y criminal. No olvidemos que ETA conoce cuáles son nuestras debilidades; su objetivo con este nuevo atentado va más allá de su voluntad de demostrar su capacidad para aterrorizar a la sociedad. No olvidemos que el objetivo de ETA es destruir la democracia. Su mayor éxito sería que este atentado nos dividiera y nos debilitara aún más.

Es la hora de los Políticos y de la Política. Ambos con mayúsculas. Pero también es la hora de la sociedad civil. Es la hora de responder con unidad, con compromiso y con madurez. Es la hora de mirar hacia adelante, sin que eso signifique que no hemos de hacer y exigir autocrítica. Tiempo y momento habrá para ello. Hoy toca solidarizarnos con las víctimas, con aquellos que directamente han sufrido los efectos de este brutal atentado. Y responder con firmeza al enemigo, a ETA.

La resolución de mayo de 2005 supuso un cambio de estrategia en la lucha contra el terrorismo. La estrategia del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, que consistía en perseguir la derrota de ETA, fue sustituida por un acuerdo entre el Gobierno y los grupos parlamentarios nacionalistas e IU para impulsar el final dialogado con la banda. Más allá de la opinión que nos merezca ese intento, el Gobierno estaba en su derecho de explorar esa opción; pero su estrategia ha fracasado. Es la hora de volver al Pacto.

A ETA sólo se le puede ganar si se le quiere ganar. Sería la hora de que les hiciéramos saber que todos hemos aprendido la lección. Y que vamos a por ellos. Con unidad, con firmeza y con madurez. Y que vamos a utilizar todos y cada uno de los instrumentos del Estado de Derecho para derrotarlos. Ni uno más; pero ni uno menos

Revilla se desmarca

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Revilla se desmarca
Por POR ÁNGEL PUERTA

El presidente del Gobierno de Cantabria, el regionalista y polémico Miguel Ángel Revilla, afirmó ayer con rotundidad lo que Zapatero no se atrevió a segurar, por tres veces, en la rueda de Prensa: que el atentado de ETA en la terminal cuatro del aeropuerto de Barajas supone la «ruptura» del diálogo con la banda terrorista en el denominado proceso de paz. Con ello, el presidente cántabro se desmarca de Rodríguez Zapatero, pese a que Revilla, líder del partido menos votado de la región, gobierna merced a su acuerdo con el PSOE y pese a que hasta ahora apoyaba sin titubeos los pasos que estaban dando Zapatero y los socialistas en su aproximación a ETA. Revilla iba ayer, incluso, más allá en sus apreciaciones hasta prácticamente alinearse con las tesis que el PP ha mantenido desde que se inició el mal llamado proceso de paz. Advertía que, tras el atentado, «es el momento de volver a la unidad» de todos los partidos democráticos y «al pacto antiterrorista», porque «ningún gobierno puede negociar con una pistola delante del pecho ni arrodillarse ante las pistolas o las bombas». Buen nadador, incluso a contracorriente, y mejor guardador de ropa, Revilla cogía, sin embargo, la distancia justa para instar al PP a que no hiciera «carroña».
De la trayectoria política de Revilla y su partido, el PRC, son más que conocidos su vaivenes. Primero gobiernan con el PP, luego pactan con el PSOE... Son el prototipo de los partidos «bisagra», los del «paisa, paisa, barato, barato», que casi siempre tienen asegurado un puñadito de escaños y despachitos oficiales sin apenas arriesgar un ápice de ética en el negocio. Son «tránsfugas» de nacimiento o partidos yenka, ya se sabe izquierda, izquierda, derecha, derecha. Pocas cosas sorpenden ya del presidente cántabro, pese a sus sonadas y, a veces, circenses pero eficaces puestas en escena, pero en esta ocasión ha imperado la cordura y se lo ha dejado muy claro a Zapatero, al menos hasta hoy: «Es la ruptura absoluta de la tregua». Claro que ya entramos en periodo preelectoral y Revilla advierte tajante que «A partir de ahora, que cada palo aguante su vela».

sábado, 30 de diciembre de 2006

El Estado de la señorita Pepis

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El Estado de la señorita Pepis
Por POR IGNACIO CAMACHO

CUANDO la ministra Narbona salió con su peregrina ocurrencia de acabar con la muerte de los toros en la plaza, un simple director general de la Junta de Andalucía le puso las peras al cuarto: en el nuevo Estatuto de autonomía, vino a decir, las competencias sobre la lidia las voy a tener yo, y ya pueden los ministros cantar misa u orar mirando a la Meca; aquí se va a hacer lo que nosotros queramos. No se puede retratar de un modo más nítido la verdadera «realidad nacional» de España tras la oleada de reformas estatutarias que ha propiciado el Gobierno a partir de la deriva catalana. El Estado va a quedar convertido en un aparato residual sin apenas influencia práctica en la gestión de los asuntos públicos. Con las competencias y los recursos para aplicarlas en manos de las administraciones territoriales, el poder del Gobierno se limitará a la elaboración de vagas leyes de regulación general... siempre que no colisionen con las legislaciones autonómicas.
Lejos de acabarse con el Estatuto catalán, el problema de la estructura del Estado no ha hecho sino comenzar de nuevo en un inquietante proceso de desguace. Zapatero lo acaba de comprobar cuando la Generalitat de su teórico correligionario Montilla ha emprendido la escalada de pleitos competenciales y de financiación, que pronto cuajará en la exigencia de que se cumpla de manera real la bilateralidad consagrada en el nuevo texto. Luego llegarán Andalucía, Valencia, Galicia, Canarias y todo el resto, en cola para demandar el cumplimiento efectivo de sus flamantes normas. Si el Gobierno pensaba marear la perdiz va listo; abierta la espita del nuevo orden autonómico, el vapor de la cohesión estructural se escapa a toda presión por la rendija y no habrá manera de devolverlo a su ser. Se trata de una reforma políticamente irreversible.
Este Gobierno pasará a la Historia por haberse hecho a sí mismo el harakiri de la autodisolución, convirtiéndose en un poco más que un mero órgano colegiado de supervisión administrativa. Ha liquidado la España de los ciudadanos para sustituirla por una confusa nación de territorios en la que las verdaderas decisiones de poder van a quedar al albur caprichoso de los dirigentes de las autonomías. Es decir, ha consagrado un principio de desigualdad que ni siquiera se ha molestado en corregir de manera retórica o teórica en algunos de los nuevos textos estatutarios, trocados en constituciones en miniatura de unos Estados de la señorita Pepis que acumulan para sí mismos toda la capacidad de distribución de recursos públicos.
Por eso, cuando Zapatero saca pecho al hacer balance de su gestión anual, no se entiende muy bien de qué país está hablando. Porque pronto no presidirá más que formalmente un territorio que, en el caso de la mayoría de los Ministerios, apenas si pueden gobernar más allá de los límites de las ventanas de sus despachos.