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lunes 29 de enero de 2007

Autoridad y «buen rollito»

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Autoridad y «buen rollito»
Aquella risa macabra IGNACIO CAMACHO

EL «buen rollito», el pacifismo y el flower power constituyen sin duda un discurso político muy agradecido, pero el poder exige a quien lo ejerce una cierta responsabilidad con el Ejército, la Policía y demás cuerpos a los que la Constitución encomienda la misión de garantizar la seguridad de los ciudadanos mediante un uso ponderado de la fuerza. A este Gobierno tan melifluo se le nota incómodo en sus relaciones con la gente armada, cuyo liderazgo parece asumir de mala gana como una obligación engorrosa y poco compatible con el «ansia infinita de paz». Su retórica del antiautoritarismo le genera contradicciones a la hora de dirigir instituciones basadas en el ejercicio de la disciplina, y cuando se enfrenta a conflictos de esta índole se comporta con visible fastidio, notable impericia y una patente falta de naturalidad.

Es lo que le está ocurriendo ante los movimientos de protesta surgidos en la Guardia Civil y las Fuerzas Armadas. La marcha verde de los tricornios en Madrid le puso en una tesitura muy desagradable, porque además de recordarle incumplidas promesas y brindis al sol le situaba ante un desafío de jerarquía que repugna a la ética blanda del zapaterismo. Además, el efecto de la protesta es contagioso y en el Ejército cunde el malestar porque los militares sospechan que detrás de la falta de atención a sus asuntos y salarios subyace una mentalidad poco comprometida con sus intereses profesionales. El resultado es que el Gobierno está atrapado entre su talante y su necesidad, obligado a imponer sanciones y sacudido por su mala conciencia.

Los problemas de la Guardia Civil y el Ejército obedecen, en realidad, a una cuestión presupuestaria que sitúa al Ejecutivo en una coyuntura muy fastidiosa. La milicia profesional es muy cara, y el privilegio de disponer de un cuerpo como la Benemérita, sacrificado y versátil, también cuesta unos cuartos que a este Gobierno le resulta doloroso dedicar a menesteres tan alejados de su melindroso idealismo. Los mossos d´esquadra catalanes cobran el doble que los guardias civiles, por ejemplo, y cuando queman las papas de los asaltos a chalés la gente requiere a gritos la presencia de los tricornios. El modelo deconstruido del Estado suena muy bien en los ejercicios teóricos, pero llega un momento en que todo poder tiene que hacer frente al viejo dilema: disciplina o cachondeo, eficacia o desorden. Y entonces se necesita gente preparada, organizada y competente.

Eso hay que pagarlo, pero a este Gobierno le cuesta invertir en lo que no cree. Para zanjar el malestar apela a una autoridad que no sabe imponer, porque se le nota que tampoco cree en ella. Y sanciona a gente por reclamar lo que se les prometió. Es lo que tiene el poder: que obliga a quien lo ejerce a retratarse ante un decorado de pragmatismo y solvencia. El zapaterismo sale en ese retrato en pelotas y con una flor en la mano que no tapa la vergüenza de sus desnudos prejuicios.

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