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sábado 6 de enero de 2007

Cuento de Reyes (por Ignacio Camacho)

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Cuento de Reyes
Cuento de Reyes Por Ignacio Camacho

LE habían dicho que procurase no hablar con los niños y se limitara a sonreír mientras se hacían la foto sentados en sus rodillas. Sonreía sin parar durante varias horas, con su inmensa dentadura desplegada que tanto parecía gustarle a la chavalería; sonreía cuando le preguntaban si los Reyes traerían muchos regalos, cuando le entregaban los sobres escritos con una titubeante caligrafía esforzada en primores, cuando le apretaban su manaza negra con las manitas trémulas de una emoción sobrecogida de espasmos. Y no dejó de sonreír siquiera cuando aquella diminuta muñeca de rizos rubios lo miró con unos ojazos abiertos como lagos de ternura y mientras el fotógrafo disparaba su flash le espetó desde su infinita inocencia una pregunta capaz de encogerle las entrañas.
-Y vosotros, después de la Cabalgata, ¿pasáis con los Reyes por vuestras casas?
La despidió con una palmadita en la mejilla y por un momento le viajó la memoria a la tarde maldita en que llegaron a su aldea africana los guerrilleros con el rostro enloquecido por la droga y el odio; aquel Apocalipsis de machetes y disparos del que escapó escondido en un pozo cuyo olor cenagoso aún le asfixiaba los recuerdos. Lo evocaba siempre para fortalecerse cuando se sentía distinto o derrotado; cuando su hijo regresaba llorando de la escuela por una burla o un desencuentro; cuando finalizaba algún contrato y volvía a vender kleenex en los semáforos; cuando el casero le reclamaba con acritud el alquiler atrasado; cuando su mujer estallaba en crisis de desconsuelo; cuando los vecinos le miraban con recelo en la escalera. O cuando, como ahora, el candor de una niña feliz le recordaba que al día siguiente no habría regalos en su destartalado hogar suburbano, y que el chaval miraría con un amargo abatimiento los embalajes de los juguetes ajenos tirados en el contenedor de la esquina.
Su sonrisa se cerró como una persiana al acabar la jornada y abandonar la tarima iluminada para quitarse el traje de oropel oriental y firmar el finiquito en la oficina de los almacenes. Le dieron una pequeña caja envuelta en papel de la firma; con ella en la mano atravesó la ciudad en un autobús atestado de gente que volvía cargada de paquetes, y al llegar a su casa la dejó con cuidado junto a un zapato del pequeño que ya dormía abrazado a su madre en la misma cama. Se acostó sin ruido y se quedó un rato con los ojos abiertos en la oscuridad, oyendo el trasiego de puertas y pasos del vecindario que azacaneaba con los regalos. Soñó con Reyes Magos que llegaban sonrientes a una aldea incendiada de cuyos rescoldos brotaban fantasmas de niños asustados y famélicos, y se despertó muy pronto sacudido por el batir de una ventana que creía haber cerrado. Cuando prendió la luz de la salita se le escapó un grito acongojado de sorpresa: junto a la caja diminuta que había dejado en el zapato infantil brillaban los envoltorios rutilantes de un montón de juguetes y obsequios, y sobre ellos alguien había colocado el turbante de su estrafalario disfraz de cartero.

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