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viernes 5 de enero de 2007

Editorial: Un Gobierno paralizado

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Un Gobierno paralizado


LA esperada visita de Zapatero al aeropuerto de Barajas se saldó con una declaración que, en vez de plantearse en términos institucionales, fue claramente un intento de reivindicación personal ante el fracaso del proceso de negociación con ETA, en el que el presidente del Gobierno había apostado todo el capital político de su legislatura. La visita se produjo el mismo día en que la Ertzaintza encontraba en Atxondo (Vizcaya) un bidón con detonante y 150 kilos de explosivos, listos para ser usados. Pese a que el PSOE ha reprochado al PP que hable más de Zapatero que de los terroristas, el jefe del Ejecutivo se refirió más a sí mismo que a las consecuencias políticas de la ruptura del alto el fuego y volvió a personalizar las razones por las que los ciudadanos deberían confiar en el Gobierno. Con estas premisas, es evidente que Zapatero no es consciente de que ya no puede ponerse como aval del fin de la violencia. Que tenga o no «energía y determinación», que esté dispuesto o no «a dar lo mejor» de sí mismo es ahora irrelevante y, en todo caso, sólo puede producir más preocupación en la opinión pública a la vista de los resultados políticos que han producido los llamamientos previos a la confianza en su persona y en su capacidad de gestión de lo que siempre calificó como «proceso de paz».
Sin una justa percepción del efecto político que el atentado del 30-D ha tenido sobre su crédito personal será difícil que se produzca la rectificación drástica que debe llevar a cabo Zapatero. Es probable que el presidente considere injusto el examen personal de gestos, acentos y matices al que está sometido desde el día del atentado, consecuencia de haber asumido la condición de protagonista absoluto, de mensajero de la paz y de gestor de esperanzas. Ahora que no hay paz ni esperanzas, se le aplica el mismo rasero del protagonismo, bien engrasado por la decepcionante declaración de la tarde del día 30, su desaparición en Doñana durante cuatro días y el superficial pronunciamiento de ayer en Barajas.
El momento que vive España exige un liderazgo político claro, capaz de encabezar una movilización social contra el terrorismo y una nueva estrategia de Estado para derrotar a ETA. La incertidumbre que ensombrece el ánimo de los españoles es si Rodríguez Zapatero tiene condiciones para asumir esa responsabilidad. Los primeros pasos apuntan a un mantenimiento de mensajes genéricos, sin contenido político, sin iniciativas concretas. Hay una grave parálisis política en el Gobierno que condiciona el futuro de la lucha contra ETA, y parece que se vuelve a despachar a las víctimas sin hacer ruido y a mantener a los ciudadanos en sus casas.
El Gobierno no puede reclamar tiempo ni márgenes de actuación, porque de la política sobre terrorismo que ha llevado a cabo desde abril de 2004 hasta ahora no hay nada aprovechable: ni los consensos de oportunidad con los nacionalismos, ni el tratamiento de interlocutor dado a Batasuna, ni la mediatización política de la justicia, ni, por supuesto, la ausencia de acuerdos con el PP. El fracaso es absoluto y afecta a los análisis, a los procedimientos y a los objetivos del proceso de negociación con ETA. No vale ahora decir que los terroristas han engañado al Gobierno. Probablemente, nunca un gobernante estuvo más avisado que Zapatero del error que estaba cometiendo al confiar en ETA. Avisado incluso por los propios etarras, insistentes en advertir que lo suyo no era una tregua para la paz sino para la negociación política. Por eso, se equivocó ayer el presidente del Gobierno al decir que ETA «ha elegido el peor de los caminos». El camino erróneo lo tomó el Ejecutivo. ETA nunca cambió de camino.
Por eso, Rodríguez Zapatero está emplazado a desarrollar un política antiterrorista radicalmente distinta, a partir de la vuelta al pacto de Estado con el PP, y no hay justificación admisible para seguir utilizando una retórica vacía que, al no comprometerlo, da a entender que le sirve para mantener viva la posibilidad de retomar más adelante el proceso de negociación, con una versión adaptada a las circunstancias. Ayer, en el escenario que denuncia la realidad de la única ETA que existe -sin escisiones, sin moderados enfrentados a radicales, sin terroristas deseosos de dejar de serlo-, el presidente del Gobierno desperdició otra ocasión para asumir el liderazgo que le hace falta a España para acabar con el terrorismo.

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