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viernes 19 de enero de 2007

El cordón sanitario

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El cordón sanitario
¿Y el Gobierno? IGNACIO CAMACHO


EN la democracia deliberativa de la que gusta presumir el presidente Zapatero se supone que lo esencial consiste en permitir y auspiciar las libres deliberaciones en el ámbito representativo de la soberanía popular. No parece, por tanto, que el secuestro del derecho de la oposición a presentar propuestas de política antiterrorista se corresponda con el talante aperturista de un Gobierno dispuesto a hablar con los asesinos y cerrado a escuchar a un partido democrático que representa al 40 por ciento de los ciudadanos. Contando con mayoría para rechazar las propuestas, vetar su simple discusión constituye un insólito escándalo de arrogancia sectaria. Un atropello innecesario, un desafuero estéril, una arbitrariedad desmesurada que acabará volviéndose contra quienes la han auspiciado.

Sucede, además, que en el comunicado que reivindicaba el atentado de Barajas, ETA instaba al Gobierno y a sus aliados parlamentarios a «tener la osadía de marginar al PP y a la derecha fascista». Igual se trata de una casualidad -una «macabra coincidencia», dice Zaplana-, pero en política conviene desconfiar de las casualidades.

Porque también podría tratarse de otra casualidad, pero no hace ni una semana que Federico Luppi, excelente actor e intolerante ciudadano, pedía establecer en torno a la derecha española «un cordón sanitario» para aislarla del resto de la sociedad española. ¿Hablaba Luppi con voz propia o, como buen actor que es, interpretaba un guión ajeno? Si la ocurrencia era suya, quizá el PSOE debería presentarlo a diputado. Se conocen pocos casos de sugerencias espontáneas que hayan sido tan inmediatamente atendidas por la dirigencia política.

Este brutal amordazamiento de la oposición es una deriva típica de los regímenes vocacionalmente totalitarios, basados en la liquidación de la disidencia y la crítica. Sólo Castro, Chávez, Obiang y algún otro déspota terminal son capaces hoy en día de decretar la cuarentena contra un adversario político al que se otorga la consideración de apestado. Es una degradación de tal calibre que sorprende la relativa indiferencia de la acolchada opinión pública nacional. Sobre todo si se compara con la dignificación concedida a los batasunos y el empeño por el restablecimiento de una interlocución con los terroristas. El Gobierno de Zapatero y sus socios -¿de verdad comparten CiU y Coalición Canaria este aislamiento «profiláctico» del PP?- han rebasado de largo cualquier límite de sinrazón y abuso de poder, tanto más graves cuanto más contrastan con el discurso regenerativo de que hace gala el presidente. Visto desde hoy, el Pacto del Tinell no era un error ni un exceso. Era un plan.

Cuando Jaime Mayor proclamaba que la agenda de Zapatero pasaba por rehabilitar a ETA y boicotear al PP parecía una exagerada enormidad retórica. Pero por lamentable que resulte, los hechos le están dando la razón. Alguien tiene que recapacitar sobre este desvarío antes de que se haga realidad la paradoja brechtiana de tener que luchar para reivindicar lo obvio.

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