El día más triste de Papá Paz

El día más triste de Papá Paz
IGNACIO RUIZ QUINTANODESPUÉS de conocer, y contado por él mismo, lo que hizo Rodríguez (en adelante, Papá Paz) en Doñana durante la jornada de Barajas, si los españoles no salimos corriendo hacia el aeropuerto a tomar el primer avión que vuele al extranjero es porque no sabemos en qué terminal va a estallar la próxima bomba de la paz.
Parece ser que, luego de desayunarse con la noticia de la bomba que podía hacer de Barajas su Waterloo electoral, Papá Paz echó la mañana en hablar con mandatarios extranjeros («Wade, de Senegal...») y tuvo una intuición: los ecuatorianos desaparecidos bajo los escombros seguramente habían formado parte del proceso de regularización de su Gobierno. Para entendernos: no eran los Albertos.
-Las víctimas eran de familias humildes. Eso dejará una huella en mí para toda la vida.
Lloran los ojos con el irrespirable tufo progresista de la frase, típica de quien viaja mucho en avión, donde se pueden soltar sin miedo porque, a mano, en el asiento, el oyente siempre tiene una bolsa para vomitar. Es precisamente esta propensión suya a la ignorancia vanidosa -la ignorancia que no estriba tanto en ignorar cuanto en el ignorar que se ignora- lo que hace de Papá Paz un tipo popular, para desesperación de la gente seria. ¿Fractura social? ¡Quia! Ya decía Pérez de Ayala que el pueblo español, cuya psicología política es ni más ni menos que un producto de las plazas de toros, está acostumbrado a ver los toros desde la barrera, a camorrear en los tendidos, y de aquí no pasa. Lo que pasa es que va costar una generación limpiar la palabra «paz» del churre que le viene echando encima esta generación de Papá Paz.
Con dos muertos calientes y un grande dispendio de cartelería a cuenta del contribuyente, la sinvergonzonería progre marchó el otro día hasta la Puerta de Alcalá para pedir «paz» (?) y, de paso, gritar contra Alcaraz, ese «tarado mental» al que le «tocó la lotería» cuando unos «hombres de paz» volaron en un «trágico accidente» la casa cuartel de Zaragoza, llevándose por delante a su hermano y dos sobrinas. (Pido perdón, si me he olvidado de algún latiguillo de progreso entre las comillas.) Su obstinación en exigir que los asesinos de su familia sean detenidos, juzgados, condenados y encarcelados han hecho de Alcaraz lo que en el Estado de Derecho Español se llama un fascista de cuidado.
-Eta sólo tiene un camino -dice, poniéndose, ya saben, solemne, Papá Paz-: el fin.
¡El fin! En eso parecen de acuerdo todos, sólo que unos, la derecha, quieren que la Eta llegue a su fin derrotada, y otros -los nacionalistas y la izquierda-, quieren que llegue victoriosa (Independencia más Navarra): los nacionalistas, para mantener vivo el negocio, y la izquierda, para consumar su venganza histórica. «Batasuna y PP: queremos paz», pancarteaban dos pacifistas de los de la Puerta de Alcalá. Es decir, para que lo entienda incluso el pequeño Tim (Robbins): «Chapote y Miguel Ángel Blanco: queremos paz.» La paz del «trágico accidente» y del chivatazo policial. Por eso en el circo de la Puerta de Alcalá no hubo número excepcional. No apareció, ay, la Mujer del Año vestida de Bárbara Rey, la domadora, tirando de Josu Ternera, el macho alfa de la manada etarra, en una jaula (como el senderista Guzmán) y cargado de cadenas por los asesinatos de Barajas. En su lugar, apareció la Mujer de las Letras blablablabeando aleluyas de la paz con palabras de Octavio Paz, cuyo nombre le salió en el Google al escribir la palabra «paz»: «Dales la vuelta, / cógelas del rabo (chillen, putas), / azótalas...»
Al fondo:
-Las víctimas eran de familias humildes. Eso dejará una huella en mí para toda la vida.
Dirán que Rajoy («para ser presidente del Gobierno, deberían exigir algo más que ser español y mayor de dieciocho años») es duro con Papá Paz, pero, como sufrido lector de Borges, cuyos párrafos oscuros ya se encarga de aclararle en cenas culturales la peletera Benarroch, Papá Paz sabe que lo de Rajoy no es sino la cólera de la inteligencia ante la ineptitud aclamada




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