Fisiología política

Fisiología política
M. MARTÍN FERRANDLA fisiología del cuerpo nacional español es una invitación al pánico. Le han dejado de funcionar vísceras fundamentales y, perdido el control de todos sus esfínteres, da muestras de sinrazón y demencia, pero no es eso lo peor. Medio cuerpo rechaza al otro medio, como si le hubiera sido transplantado. Incluso la mitad del cerebro anda en guerra con su mitad simétrica y el resultado, disimulado por la más demoledora inactividad, se manifiesta en violentas convulsiones que no presagian nada bueno.
Mañana, en el Congreso, José Luis Rodríguez Zapatero nos dará una explicación cantinflesca de sus obsesivas negociaciones con ETA y de un fracaso que, propiciado por su torpona candidez, no parece capaz de asumir y superar. Puede, incluso, volver a hablarnos del «accidente» que se llevó por delante dos vidas y un trozo del nuevo aeropuerto de Barajas, y, en eso, debemos comprenderle. Él mismo es un accidente consecuencia de otro accidente, el del 11-M, y manantial de nuevos y perturbadores accidentes que descoyuntan la mal vertebrada realidad española. Carece de enjundia política para ser algo más de lo que es y tratar de construir un futuro como el que demanda, con unas pocas excepciones periféricas, la práctica totalidad de la población española.
Ayer, en la calle, Zapatero -lo que representa- corrió parejas con su irreconciliable antagonista político, Mariano Rajoy. No es buena la calle como escenario de las proclamaciones políticas. En la calle el grito sustituye a las razones y el debate es suplantado por un coro tan monótono como desafinado. En una Nación con 19 parlamentos y más de 8.000 concejos municipales no debiera ser necesario recurrir a la vía pública como escenario de libertad y tribuna para la libérrima expresión; pero, burlados los parlamentos y concejos por la presión partidista y la consecuente carencia representativa, las plazas y avenidas devienen en higiénica válvula de escape que rebaja tensiones, afloja ánimos, enfría pasiones y sosiega líderes.
Con un argumento menos dramático, el juego de ausencias y presencias en las manifestaciones callejeras de ayer hubiera resultado un gracioso vodevil; pero es algo más serio lo que está en juego: un PSOE -y asociados- que no pretende la victoria sobre el PP, sino su total demolición, y un PP que no parece saber lo que quiere, si lo sabe no es capaz de expresarlo y si llegara a hacerlo tendríamos muchas posibilidades de entender lo contrario. Entre incautos y matones ayer fue un mal día. Se intensificó la sintomatología del rechazo de medio cuerpo nacional por el otro medio. Es muy posible que mañana sea peor si vuelve a comprobarse, como cabe temer, que Zapatero, presidente de guardia, no tiene ningún interés en remediar, ni con paños calientes, esa grave enfermedad. Con lucir su inmensa vaciedad tiene bastante




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