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sábado 6 de enero de 2007

La paz, la nada, el mal (por Juan Manuel de Prada)

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La paz, la nada, el mal
La paz, la nada, el mal Por Juan Manuel de Prada

EN su artículo de ayer, mi dilecto Ignacio Camacho se refería a esa «nada hueca» que caracteriza los pronunciamientos del presidente Zapatero. Le faltó añadir que la nada es uno de los atributos del mal, como lo es también la bondad afectada, la nimiedad y la superchería disfrazadas con unas ansias infinitas de paz. Confesaré que, durante algún tiempo, atribuí las melifluas paparruchas de nuestro presidente a un exceso de candor; más tarde, como Camacho, pensé que encubrían una desasosegante vacuidad. Poco a poco, he llegado a la convicción de que el desasosiego no me lo provocaba la vacuidad en sí, sino más bien el horror vacui, la sima siniestra que se esconde detrás de tanta inconsistencia de apariencia seráfica.
En estos días, el azar ha querido que entretenga mis cavilaciones con la lectura de dos novelas que les recomiendo; aunque desde formulaciones estéticas muy diversas, ambas proponen una visión del Apocalipsis muy similar. La primera, «Señor del Tiempo», publicada por Homo Legens, la escribió hace exactamente un siglo Robert Hugh Benson, sacerdote anglicano que, como tantos prodigiosos escritores ingleses de su tiempo, se convirtió al catolicismo; la segunda, «El padre Elías», editada por LibrosLibres, tiene hechuras de best-seller, y la firma un autor canadiense contemporáneo, Michael O´Brien. Sorprende que ambas fabulaciones elijan la figura de sendos políticos presuntamente deseosos de instaurar una nueva era de concordia entre los pueblos, aureolados de anhelos pacifistas, como encarnaciones del Anticristo. El lector curioso disfrutará -o tal vez se espantará- estableciendo paralelismos entre el clima de nuestra época y la sociedad que ambas novelas nos pintan -una sociedad náufraga en un potaje de laicismo beligerante, relativismo moral disfrazado de tolerancia y humanitarismo postizo-; también entre los discursos rimbombantes de los seductores demagogos novelescos y las prédicas buenistas de nuestro presidente.
Nada más lejos de mi propósito que pretender encumbrar a Zapatero a categorías de maldad que por su escasa estatura no le corresponden. Pero resulta aleccionador rastrear los efluvios malignos que se deslizan en sus prédicas, tan pringosillas de almíbar. Fijémonos, por ejemplo, en el estremecedor sintagma que empleó para designar los asesinatos de los terroristas, durante aquella ridícula comparecencia ante los medios de comunicación -víspera del salvaje atentado de la T-4- en la que hacía un balance triunfalista de su gestión: «trágicos accidentes mortales». Aunque sus servicios de propaganda se apresuraron a aclarar que tal designación había sido fruto de un lapsus linguae (aunque yo más bien la calificaría freudianamente de «acto fallido»), quedó muy claro que Zapatero deseaba referirse a los crímenes de los etarras con una designación eufemística. ¿Por qué no los llamó, lisa y llanamente, asesinatos? ¿Tal vez porque no los considera asesinatos en el estricto sentido de la palabra? ¿Tal vez porque se cuida de calificarlos jurídicamente? ¿Tal vez porque la paz que se traía entre manos exigía recalificar jurídicamente tales asesinatos? Una paz que se pretende lograr a través de la injusticia es una paz maligna; es la peor de las guerras.
Reparemos ahora en las muy delicuescentes palabras que ha pronunciado Zapatero en la escombrera de la terminal aérea, con el cadáver de un hombre todavía aplastado entre los cascotes y el cuerpo de otro (a quien los acólitos gubernamentales pretendieron privar de un responso cristiano) camino del sepulcro. En ningún momento Zapatero mencionó el término «terrorismo», que sustituyó por sucedáneos desvaídos como «violencia»; en cambio, no tuvo empacho en proclamar que su «energía y determinación para lograr la paz es ahora mayor». ¿A qué paz se refiere? ¿Qué se encubre detrás de esas naderías? ¿Hará falta que empecemos a oler a azufre para que reparemos en la malignidad que se esconde detrás de tanta vacuidad pacifista?

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