Las bombas útiles (por Edurne Uriarte)

Las bombas útiles
Que el terrorismo es inútil es una de las falsedades más políticamente correctas. La inutilidad, depende. De la disposición a la resistencia de la sociedad. Y, sobre todo, del tipo de líderes políticos que gestionan las instituciones. Una posición de influencia de determinado tipo de líderes puede otorgar a las bombas una notable utilidad.
De hecho, cuarenta años de crímenes no han relegado definitivamente a ETA al estercolero, como correspondería a lo de la inutilidad. Más bien la han sentado de nuevo en una mesa de negociación con una capacidad de condicionamiento de la política española tan intensa como en sus más sangrientos años. En primer término, por la colaboración de facto que continúan prestando a su estrategia algunos líderes nacionalistas que comparten ideología y fines políticos. Como esa ERC para la que los asesinos han sido «más generosos que el Gobierno estos nueve meses».
Y después, por la pertinaz reproducción de los líderes que no creen en la derrota del terrorismo sino en el «fin dialogado de la violencia». Cuando creíamos que habían sido extinguidos por el Pacto Antiterrorista, nos hemos encontrado al frente de la nación con su más perfecto representante. No sólo porque desconfía de la eficacia de la solución policial sino porque no le repugnan completamente algunos contenidos políticos de la negociación.
Con ambos tipos de líderes al mando de la mayoría del parlamento, a ETA siempre le quedará una eterna nueva oportunidad a la vuelta de la esquina. «Con violencia no hay diálogo», pero una vez pasado este último atentado y hasta el siguiente, los asesinos podrán convertirse de nuevo en respetables interlocutores. El jueves, en el aeropuerto, Zapatero ratificó los mensajes habituales de la nueva oportunidad. «Nada van a conseguir», «no nos intimidan». Pero mi objetivo es «la paz». «Están al borde del abismo», les advirtió en términos parecidos Egibar. Pero como él también quiere «la paz», los terroristas podrán saltar de este borde del abismo al siguiente. Y sin despanzurrarse definitivamente. Tras cuarenta años.




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