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lunes 29 de enero de 2007

¿Para qué es necesario un proceso imposible?

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¿Para qué es necesario un proceso imposible?
¿Para qué es necesario un proceso imposible? GermánYanke


¿QUÉ está pasando? Por qué el Gobierno, y José Luis Rodríguez Zapatero a la cabeza, se empeña una y otra vez en mantener vivo -o en revivir- el «proceso» que se vino abajo el pasado 30 de diciembre? En el debate sobre política antiterrorista, el presidente reconoció un error -el optimismo mostrado públicamente el día anterior al atentado- y defendió el resto del guión con el que pretendía buscar el final de la violencia mediante el «diálogo». Su particular defensa tenía lógica, al menos porque los políticos saben, desde el discurso de Kruschev en 1956, que reconocer en público los errores -aunque sean los pasados de «los nuestros»- resulta, aunque sea un homenaje a la verdad, altamente peligroso. El polémico Slavoj Zizek, comentando ese famoso discurso, se refiere irónicamente a la paradoja de cómo, con estos gestos, se debilita el «dogma fundamental del liderazgo infalible».

Así que no se le puede pedir al presidente, al menos estratégicamente, que se suba a la tribuna del Congreso, sobre todo cuando el líder de la oposición lanza contra él todas las baterías, y reconozca errores de fondo y la existencia de un guión equivocado. Buena parte de la demanda de apoyo al «proceso» era, precisamente, que él sabía más que nosotros, a veces incluso más que Batasuna, sobre lo que realmente pasaba y, al mismo tiempo, que lo fundamental para el éxito era su valentía, su decisión, su entrega a la causa. El modo de enfrentarse a la depresión que ocasionaban los acontecimientos, y el consiguiente malestar de la opinión pública, no estaba exento, además, de una indudable habilidad: si no se podía seguir solicitando el apoyo incondicional al líder infalible, se podía reinventar la «unidad democrática», a apariencia de que la «verdad» sobre la política antiterrorista era desde ese momento fruto del consenso. Como era previsible que el PP -que hasta ese momento no se había equivocado sobre el contenido y las perspectivas del «proceso»- se resistiese a suscribir tal operación de cirugía estética política, el resultado podía terminar salvando la situación sin tener que reconocer el monumental fiasco.

Pero una cosa es sortear las dificultades del momento y otra muy distinta mantener el discurso como si, en el fondo, nada hubiera pasado. O, en todo caso, como si lo ocurrido -nada menos que un brutal atentado con dos muertos- fuese una molesta pero simple piedrecilla en un camino que es tan largo y complicado como inevitable. Las palabras que se usan son significativas. El presidente del Gobierno, con más o menos énfasis, viene insistiendo en que su empeño es buscar la paz, como si se tratase de un escenario que no se puede predecir desde ahora, como todo paraíso futuro (y lo que nos promete es un paraíso, sin violencia y sin riesgos, en el que todos -todos, insisto- se sientan confortablemente). Si eso es lo que busca, su afán es encontrar las circunstancias, evidentemente políticas, en las que los terroristas y sus colaboradores abandonen la violencia: «Antes o después, la conciencia mayoritaria en sectores radicales de la sociedad vasca va a imponerse en la dirección de que es absolutamente imprescindible que ETA acabe ya de una vez este drama histórico...»

Esta argumentación -en la que se insiste más allá de buscar una disculpa al fracaso-, no es otra cosa que la mimesis de la tradicional retórica nacionalista: el terrorismo de ETA no puede ser combatido sólo policial y judicialmente porque tiene «comprensión, apoyo, en cuanto al imaginario absolutamente fanático e irracional que puede representar» (cito a José Luis Rodríguez Zapatero, no a un dirigente del PNV). Por ello, es precisa una «pista de aterrizaje» (otra expresión nacionalista utilizada ahora por muchos socialistas), que es política, para que la comprensión y el sostén desaparezcan o se reduzcan sensiblemente. Eso era el «proceso» y eso es lo que ahora se nos propone, aunque no se le ponga, como se hizo antes, fecha de inicio y data del comienzo del paraíso.

Estamos, por utilizar una expresión de Laclau, ante un objetivo -la voluntaria desaparición de ETA- que es, al mismo tiempo, «imposible y necesario». La experiencia acumulada, incluso de los intentos negociadores con la banda, no enseña que las dificultades ambientales hayan llevado al fracaso del «diálogo», sino que ETA es un entramado que tiene la violencia en su invariable ideología totalitaria, es decir, que no tiene dentro de sí mecanismos de autodisolución. Imposible hasta en algunas reacciones espontáneas de rabia de representantes gubernamentales: «¿Cómo o de qué vamos a hablar con esta gente?». Imposible, pero «necesario» para el imaginario y el esquema intelectual de nuestro presidente. «Una nada que tiene efectos estructurales», diría Laclau.

Este imaginario y este esquema intelectual se mantienen a toda costa. Incluso más allá de lo razonable, aunque sólo sea desde una perspectiva estratégica. El presidente del PNV, Josu Jon Imaz, en un ramalazo de realismo que sólo sorprende por la actitud del Gobierno, está convencido de que «hay indicios preocupantes que apuntan más a la hipótesis de que ETA vuelva a los atentados con víctimas» (que, por cierto, ya las ha habido) y que, en estas circunstancias, «buscar ahora el final dialogado es puro voluntarismo». Hay, hoy, evidencias insoslayables sumadas a la experiencia acumulada: Batasuna es servil a ETA porque forma parte del entramado; ETA no modifica un ápice sus pretensiones totalitarias y antidemocráticas; tampoco quiere abandonar la violencia que ahora, como antes, reviste de «respuesta» a los «ataques del Estado». ¿Por qué mantener esa «nada» en el discurso oficial? ¿Cuáles son los efectos que manteniéndola se buscan?
El Gobierno debería pensar si la continuidad del discurso del «final dialogado», la marginación del PP -que le sirve para crear un ambiente político propicio- y la consecución con otros acuerdos de variado contenido pero con el estigma del Pacto del Tinell, puede volverse contra él. Y, lo que es más grave, contra los intereses generales. Debería reflexionar, también, sobre la modificación del lenguaje a la que le obliga sostener lo imposible: ya no se habla de libertad, de derechos individuales, de tolerancia cero con el terror; ahora la «nada» se disfraza de paz, de medidas políticas, de final dialogado...

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