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domingo 14 de enero de 2007

Ruido y furia

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Ruido y furia
Yo tampoco voy a ir IGNACIO CAMACHO

UN montón de miles de personas decentes se manifestaron ayer en las calles de Madrid. Otro montón de miles de personas no menos decentes decidieron quedarse en su casa. En ambos casos se trata de ciudadanos que ejercieron libremente su derecho, como cuando la convocatoria procedía de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, a respaldar o no un llamamiento de movilización pública. Nadie tiene la más mínima legitimidad para criticar la postura de los que fueron por convicción moral ni de los que dejaron -dejamos- de ir como repulsa al sesgo y la división de la convocatoria. En democracia, la gente se manifiesta, opina, habla y discute con libertad, y el respeto al adversario representa la esencia del sistema que nos ampara a todos bajo las reglas de la ley.

Provoca un poco de pereza recordar obviedades tan elementales, pero por lo visto hay personas que las han olvidado. El debate nacional se ha calentado de un modo inquietante a partir del atentado etarra de Barajas, y muchos compatriotas están volviéndose a confundir de enemigo, como ocurrió tras el 11-M. Gran parte de la responsabilidad de esta crispación corresponde a un Gobierno que, surgido de aquella convulsión gigantesca, en vez de aplicarse a la reconstitución de la concordia se ha dedicado a agravar la fractura, abrir zanjas de desencuentro y destrozar los consensos establecidos desde la Transición. Pero un Gobierno se puede cambiar en las urnas; lo que resulta difícil de recomponer es el clima de convivencia ciudadana.

Por debajo de la manifestación de ayer circularon campañas y eslóganes repugnantes de acoso a la oposición, a través de sms y correos electrónicos, y en la marcha se minimizó la repulsa contra ETA para sustituirla por un ambiguo, equidistante y melifluo anhelo de «paz». Junto a la cabecera había banderas republicanas, que no son precisamente un símbolo de concordia, y los convocantes manipularon contra el PP la legítima concurrencia de los asistentes. Como respuesta, en los foros de internet y en los corrillos y tertulias se decían verdaderas barbaridades contra los socialistas. La temperatura social está hirviendo y la dirigencia política se muestra renuente a rebajar la tensión, en la creencia de que esta calentura favorece la confrontación electoral. En medio de este circo de ruido y furia, mucha gente razonable se siente desamparada por una clase política cuyos intereses se alejan de los de la opinión pública.

Es menester que alguien frene esta deriva demencial. El Gobierno en primer lugar: su estrategia de aislar al PP para diluir su fracaso ante ETA es sencillamente inmoral. La oposición, en cuanto alternativa de poder, tiene que hacer también un esfuerzo para aflojar la tirantez, y si nada de eso ocurre tendremos que ser los ciudadanos quienes pongamos algo de cordura. O nos serenamos todos, o esto descarrila. Y al otro lado del terraplén nos están esperando, bombas en mano, los recogedores de las nueces que caen del árbol zarandeado de la convivencia. Ésos no tienen ningún anhelo de paz.

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