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domingo 28 de enero de 2007

Un enemigo del pueblo

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Un enemigo del pueblo
Aquella risa macabra IGNACIO CAMACHO

«El hombre más fuerte es el que más solo está»
(Henrik Ibsen)

COMO aquel doctor Thomas Stockmann de Ibsen, corajudamente enfrentado a la ceguera voluntaria de un vecindario envilecido por el egoísmo, el ex presidente Aznar ha denunciado en San Sebastián que el agua del balneario de la «pazzzzzzz» está contaminada de engaño y de miseria moral, infectada por una bacteria contagiosa de desesperanza y de renuncia. Su intenso, profundo, emotivo alegato en el Memorial Gregorio Ordóñez ha resonado en la escena pública española como la denuncia a contracorriente del «enemigo del pueblo» que Gerardo Vera acaba de reponer sobre las tablas del Centro Dramático Nacional. Una verdad odiosa e hiriente, antipática e hirsuta, que sitúa a la conciencia colectiva ante un incómodo desafío de autocrítica frente a la tentación de la ética indolora y del apaciguamiento táctico.

Al percutir sobre la sugestión de anestesia moral que envuelve la retórica pactista con el disfraz de un «acuerdo de mínimos» y sustituye el objetivo de la derrota del terrorismo por un evanescente «final dialogado de la violencia», Aznar no sólo ha interpelado de forma genérica a la ciudadanía española, sino que se dirige a su partido para enviarle, desde su indiscutible influencia, un mensaje de resistencia y aliento en un momento crítico de duda estratégica. Rodeado por las vestales de la memoria de las víctimas y en un escenario de gran carga simbólica, el ex presidente ha instado a los suyos a reafirmarse en la convicción de la firmeza antiterrorista como un compromiso ético antes que como una necesidad pragmática.

Descargado de responsabilidades electorales, puede permitirse concitar sobre sí la ira de una dirigencia política que, como en el drama de Ibsen, no está dispuesta a abandonar su ventajismo de conveniencia. Y levantar acta de las engorrosas certezas que subyacen detrás del «proceso» y sus avatares. Recordar las traiciones del nacionalismo vasco, la esencia criminal de ETA, el dolor soportado para mantener la lealtad a los valores democráticos, el éxito afanoso de las medidas adoptadas desde el abandonado Pacto de las Libertades. Bárbaras, terribles, amorosas verdades (Celaya) enterradas ahora bajo el manto de las vías blandas, de los paliativos casuísticos, de la reescritura oportunista de una voluntad común de entereza relegada por maniobras narcóticas y frágiles experimentos de aprendices de brujo.

Este discurso seco, rocoso, adusto, de una severidad ceñuda y grave, supone un reto de suma complejidad y alto coste político en medio de una sociedad acolchada por su propio confort y permeable a los mantras moralmente confortables del pensamiento débil. Y no es Aznar, sino la actual dirección del PP, quien debe administrar ante las urnas el capital cuya plusvalía moral reivindica el ex jefe del Gobierno. Como un doctor Stockmann colegiado, el partido de la oposición ha de decidir si arrostra el riesgo impopular de una soledad anclada en sus convicciones y se lanza a sí mismo el pulso de defender a contraviento el patrimonio de su coherencia.

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