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sábado 13 de enero de 2007

Zapatero-Chamberlain

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Zapatero-Chamberlain
Zapatero-Chamberlain Por Luis Peral Guerra
DESDE que José Luis Rodríguez Zapatero puso en marcha su «proceso de paz» con ETA -no incluido en su programa electoral que, según el, fue lo que le llevó a La Moncloa- tuve la desagradable sensación de que esta iniciativa terminaría tan mal como la política de apaciguamiento de Hitler que llevó a cabo el primer ministro conservador británico Neville Chamberlain, hace casi 70 años.

En su obra «La Segunda Guerra Mundial» dice Winston Churchill de Chamberlain: «Su omnipresente esperanza fue pasar a la historia como el gran Pacificador y para esto estaba dispuesto a luchar permanentemente contra la realidad de los hechos y a hacer frente a grandes riesgos para sí y para su país. Desgraciadamente se vio arrastrado por mareas cuya fuerza no supo medir y se encontró con huracanes ante los que no vaciló, pero que no pudo controlar».

De igual forma, despreciando a cuantos quisieron apartarle de su error, José Luis Rodríguez Zapatero se embarcó en una descabellada aventura de apaciguamiento de ETA. Una ETA que, gracias a la eficaz política antiterrorista de los gobiernos de José María Aznar y del Pacto Antiterrorista, propuesto por el propio Zapatero, atravesaba la peor situación de su historia, con su brazo político inutilizado y en medio de la repulsa generalizada en España y en el extranjero.

Sin querer comprender, ni aprender, la psicología de la banda terrorista, sus objetivos irrenunciables y la trayectoria de sangre y dolor que condiciona su futuro, Zapatero inició un mal llamado «proceso de paz» con ETA y con su entorno. Un «proceso» inadecuado (un Estado no tiene porqué buscar la paz con los terroristas, como no la busca con los narcotraficantes ni con los pederastas), ilegal (se ha vulnerado la ley de Partidos) y que supone una afrenta para las víctimas de ETA.

Y también ha cometido Zapatero un error político de primera magnitud, propio de una persona que a su inexperiencia en la gestión pública hasta 2004 añade una osadía sin límites: el ciudadano medio español, y también el votante socialista, no se sentía especialmente amenazado por una ETA que estaba contra las cuerdas a principios de 2004 y, en cambio, experimenta una infinita repulsión ante las actitudes desafiantes y amenazadoras -con desprecio a las leyes y a las víctimas- de que han hecho alarde en los últimos tiempos varios presos de ETA y destacados portavoces de Batasuna.

Esto tenía que acabar mal, como el intento de Chamberlain de aplacar a Hitler. En septiembre de 1938 Chamberlain subió a un avión, por primera vez en su vida, y voló a Alemania para intentar pactar con Hitler. Tres veces lo haría y al final, sin audiencia de los checos, se desmembró Checoslovaquia de los distritos sudetes, iniciándose un proceso de desintegración de ese estado que desequilibró totalmente la relación de fuerzas en Europa a favor de Hitler.

Nunca sabremos si el haber plantado cara a Hitler en 1938 hubiera impedido la Segunda Guerra Mundial, como nunca sabremos si los meses perdidos en el «proceso» de Zapatero hubieran podido resultar decisivos en la lucha contra una ETA ahora reforzada en medios y en moral.

Chamberlain fue aclamado a su retorno de Múnich y pronunció su famosa frase: «Creo que es la paz para nuestro tiempo». Antes de que transcurrieran doce meses, el Reino Unido estaba en guerra con Alemania.
Según cuenta Churchill, «Chamberlain pensaba que tenía una especial percepción del carácter de Hitler y el poder de medir con astucia los límites de la acción de Alemania». Tras Múnich, Hitler afirmó que los Sudetes eran su última reivindicación territorial en Europa. Por eso, cuando cinco meses después Hitler ocupó lo que quedaba de Bohemia y Moravia, mientras Eslovaquia se declaraba independiente, Chamberlain comprendió la magnitud de su error ante el engaño nazi y se comprometió a apoyar a Polonia en caso de agresión.

Es difícil no ver en estos hechos un precedente de las declaraciones de Zapatero augurando una mejora en la lucha por el fin de la violencia de ETA el día anterior al brutal atentado de la Terminal 4 de Barajas, donde se ha derramado de nuevo la sangre de ciudadanos inocentes.

Pero, al contrario que Chamberlain, Zapatero no se ha atrevido todavía a afirmar que el Estado no tiene nada que pactar con ETA y que él dedicará todas sus energías -las que le queden- a derrotar a la banda terrorista.
Empezó la Segunda Guerra Mundial e -incurable en su apreciación voluntarista de los hechos- Chamberlain declaró el 4 de abril de 1940 que Hitler «había perdido el autobús». Cuatro días después Alemania invadía Noruega y Dinamarca. La caída de estas naciones colmó la paciencia de muchos de los diputados que apoyaban al Gobierno de Chamberlain, al que negaron su voto tras el debate parlamentario del 8 de mayo. En esa sesión el ex primer ministro Lloyd George le dijo a Chamberlain que, ya que apelaba al sacrificio de los ciudadanos en esa hora decisiva, debía él dar un ejemplo de sacrificio presentando su dimisión. El gobierno consiguió, a pesar de las defecciones citadas, una mayoría de votos a su favor pero el propio Chamberlain comprendió que, para hacer frente al peligro letal que acechaba al Reino Unido, debía incorporar al gobierno a los laboristas. El Partido Laborista manifestó que no aceptaría formar parte de un gobierno presidido por Chamberlain y éste, consciente al fin de sus responsabilidades, presentó al Rey Jorge VI su dimisión. Winston Churchill, que había sido durante muchos años el principal crítico de la política de apaciguamiento con la Alemania nazi, formó un gobierno de coalición nacional que plantó cara a Hitler y unió a toda la nación en la lucha hasta la victoria final.

La Historia es maestra de la vida y de la política. José Luis Rodríguez Zapatero no es, por edad, una víctima de la Logse y debería conocer estos precedentes históricos tan similares a su desdichado intento de pactar con ETA.

Frente al terrorismo sólo hay un camino: la unión de los demócratas y especialmente de los que representan a la inmensa mayoría de los ciudadanos y no al nacionalismo excluyente. Y ese camino exige ideas claras (y no verborrea sin contenido), defensa de la legalidad, respeto a las víctimas y una firme decisión de derrotar al terrorismo en todos los frentes: político, económico, policial, judicial e internacional. Que así sea.

Consejero de Educación de la Comunidad de Madrid

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