ZP y los sueños de la voluntad

ZP y los sueños de la voluntad
EDUARDO SAN MARTÍNDECIMO Junio Juvenal podría pasar por el primer definidor del wishful thinking, ese término inglés ya común en muchas otras lenguas que designa la ilusión de confundir deseos con realidad. Víctima del brutal imperio de Domiciano, en el siglo primero de nuestra era, Juvenal se soltó el pelo cuando le sucedió el liberal español Trajano. La emprendió contra los poderosos y, de forma especial, contra sus mujeres. Su Sátira VI pasa por ser el Génesis de la misoginia que ha dominado la cultura cristiana y occidental durante tantos siglos, junto con algunos escritos de san Agustín. Pero ésa es otra historia. Ahora importa anotar que, precisamente, en esa sexta sátira se encuentra la sentencia que viene a nuestro caso: «Hoc volo, sic iubeo, sit pro ratione voluntas» (Lo que quiero lo ordeno; sea mi voluntad en lugar de la razón). Wishful thinking. Y algo más: quien confunde su voluntad con la realidad tiende a imponer aquélla por encima de la razón.
No sería difícil reconocer en el versículo de Juvenal a Bush y su nuevo plan para Irak. Pero los deseos del presidente español de hacer converger a todas las fuerzas políticas en un más que improbable «nuevo consenso antiterrorista» encajan también en el molde labrado por el «vigilante moral» del imperio de Trajano. El propio Zapatero lo refrendaba el miércoles: «Si se quiere, se puede». Depende. No siempre. Ni siquiera habitualmente.
La voluntad nada puede, por ejemplo, contra la química. El agua no se funde con el aceite por más que uno lo quiera. Y ahora mismo lo que hay en España en propuestas antiterroristas es agua y aceite: quienes propugnan la acción de los tribunales y de la Policía para derrotar (una vez más) a ETA antes de abrirle generosamente la puerta; y quienes, en cambio, quieren dejar esa puerta abierta para intentar convencer a ETA (una vez más) de algo que jamás ha aceptado hasta ahora: que deje voluntariamente las armas a cambio de nada, y después ya veremos.
Y no son tropecientos grupos parlamentarios contra el PP. Es el cincuenta y tantos por ciento de la cámara contra el cuarenta y tantos. Una fractura política profunda y no los vuelos de una mosca cojonera dispuesta a aguarles a los demás la fiesta de la unanimidad.
¿Cómo caben en un mismo consenso el PP y grupos que sostienen que «con bombas se puede seguir dialogando» (ERC), que el asunto se arregla «sólo» con la negociación (PNV) o que a Batasuna hay que legalizarla «ya» (BNG y los anteriores)?
.Se puede seguir hablando hasta la eternidad, pero me temo que ni siquiera la voluntad de Zapatero es capaz de conseguir que ligue tal mezcla. De momento, el PSOE tiene que elegir entre luchar contra ETA con el 80 por ciento del Congreso o con el 55. El veto al PP en el Congreso y la inmediata entrevista con Ibarretxe no dejan lugar a dudas sobre los deseos de Zapatero: prefiere al 55, como en casi todo lo demás.
Si el presidente atendiera antes a su ratione que a su voluntas modificaría el procedimiento para obtener el consenso que predica. No con todos al mismo tiempo y en el mismo nivel. El mensaje a ETA debe ser diáfano: ningún gobierno, del color que fuere, negociará nunca con violencia, ni convalidará a posteriori los objetivos por los que asesinó a más de ochocientas personas. Ese mensaje sólo lo pueden firmar quienes pueden ser alguna vez Gobierno en España. Procedería, pues, asegurar primero ese acuerdo básico entre ellos, con cualquiera de los instrumentos políticos del pasado o con uno nuevo, e inténtese después sumar a ese consenso al resto de las fuerzas. Un pacto entre todos es deseable; un pacto PSOE-PP es indispensable. Eso es lo que dicta la razón política. No los cálculos a corto plazo, ni las hipotecas parlamentarias de ocasión, por lo que es de temer que Zapatero siga anteponiendo su voluntad a la realidad. Hasta que, como el 30 de diciembre, vuelva a darse de bruces contra ella.




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