
Del cero al infinito
M. MARTÍN FERRANDEL intimismo de patio de vecindad, que dio de comer a varias generaciones de escritores costumbristas, resulta imposible en el Madrid de hoy. Las realidad escapa de las corralas y se convierte en épica. La capital de España tiene ya más manifestaciones callejeras que verbenas populares y el organillo ha cedido su puesto sonoro a la megafonía con las que amplifican sus vibrantes arengas quienes marcan el rumbo de tan abnegados trasatlánticos de la opinión pública. Los sábados madrileños son un intento, no municipal, para la peatonalización de las grandes vías. Sea cual fuere el argumento, la fórmula denuncia la ineficacia de los foros clásicos, tal que el Parlamento, para canalizar la voz de la calle y evidenciar la demanda de los ciudadanos.
Me gustaría acudir esta tarde a la manifestación que convoca el Foro de Ermua, a la que se ha unido un centenar de organizaciones cívicas. Las expresiones no equívocas confortan -no hay nada más perverso que lo anfibológico- y la pancarta con la que expresa sus intenciones la manifestación, a la que también se añade el PP, es clara y diáfana: «Por la libertad. Derrotemos juntos a ETA. No a la negociación». Hay en ella notables diferencias con la que, en curiosa coincidencia, ha convocado también para esta tarde el Obispado bilbaíno con un lema más vacuo y disperso: «Muévete por la paz».
Todos cuantos predican «la paz», sin matices, resultan sospechosos. ¿Hay alguien que la rechace? Es como proclamarse a favor de la circulación de la sangre en los animales mamíferos. La libertad es otra cosa. Muchos la niegan, de palabra o de obra, y tratan de esconderla en el fondo del desván, como un objeto valioso, pero prescindible. Moverse por la paz resulta más exótico. Es acercarla a la gimnasia. ¡Qué cosas se le ocurren al obispo de Bilbao y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez! Es la suya una propuesta saltarina, juguetona. Tan válida y absurda como cualquiera de sus contrarias, como, por ejemplo, échate una siesta por la paz. Todo depende de la situación en la escala de valores que cada cual quiera atribuirle a la paz, especialmente abundante en los cementerios, y a la libertad, tan escasa en el País Vasco.
La pancarta del Foro de Érmua -Dios les bendiga, ya que no lo hace monseñor Blázquez- es impecable. Además de por la libertad, que es lo primero y constituye el objetivo máximo de las democracias verdaderas, se trata de derrotar a ETA y de negar, en aras de la dignidad y la Justicia, cualquier negociación con una banda asesina. Salir a la calle y corear un eslogan, la moda capitalina, es algo, en principio, tan difuso que conviene dejar bien sentada la intención que lo promueve. En los casos que hoy concurren se enfrentan dos ideas de España: una la afirma y otra la niega. Están, para nuestro mal, entre el cero y el infinito.

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