
Malos perdedores con la opa
LAS espadas siguen en todo lo alto de cara al resultado final de la opa sobre Endesa. EON, Acciona, Caja Madrid y, por supuesto, el consejo de la eléctrica que preside Manuel Pizarro juegan sus cartas en una partida, compleja, que todavía puede ofrecer sorpresas porque hay margen de maniobra para ello. Pero si la pregunta sobre quién será el ganador ofrece todavía una respuesta incierta, es evidente ya quiénes han sido los perdedores en este interminable proceso: el Gobierno es, sin duda, el gran derrotado. Apostó de forma inaceptable -en una economía de libre mercado- por impulsar una operación a la vieja usanza, más propia de los tiempos del intervencionismo en que las decisiones empresariales se tomaban e imponían desde los ministerios. La opinión pública tiene la sensación de que Endesa era una parte sustancial del precio que el Ejecutivo estaba dispuesto a pagar al tripartito catalán, una forma peculiar de concebir la España «plural» mediante la redistribución del poder económico.
José Montilla pretendió desde el Ministerio de Industria pilotar un proceso que le permitiera ganarse el favor de la clase empresarial catalana, reticente hacia un candidato poco convencional a la presidencia autonómica. No importaba dejar maltrecho el prestigio de los organismos reguladores, ni arriesgarse a sufrir una condena tras otra en las instancias de la Unión Europea. Montilla no consiguió su objetivo y, sin embargo, preside ahora la Generalitat, alterando los equilibrios políticos a escala nacional que tenía previstos Zapatero. Pero el ex ministro está demostrando que tiene un mal perder. Es lamentable recurrir al victimismo y denunciar una conjura imaginaria contra Cataluña para tapar su fracaso personal e institucional. Más le valdría dedicar sus esfuerzos a coordinar la acción de un Gobierno autonómico con muchos flancos débiles.
Ni Gas Natural ni la Caixa han tenido la habilidad estratégica suficiente para orientar su pretensión por los cauces apropiados. Cierta actitud de prepotencia y una oferta económica muy por debajo del valor de las acciones han dejado en evidencia las carencias de una operación mucho más complicada de lo que habían diseñado. En el mercado no se debe jugar con ventaja. La espectacular revalorarización bursátil de Endesa demuestra que sus gestores actuales han utilizado sus bazas mucho mejor que unos aspirantes con poca cintura, cuyo final previsible ha sido una retirada plagada de reproches injustos hacia los demás factores. Incluye, además, la amenaza de exigir daños y perjuicios a la eléctrica, una postura cuyas posibilidades de prosperar en vía judicial parecen remotas. Las reglas son iguales para todos, y si acaso alguien ha contado con el beneplácito del poder, no han sido ni Pizarro ni EON. Al final, la evidencia demuestra que mandan el mercado y el interés de unos accionistas que han visto cómo la cotización de sus acciones subía de forma espectacular como producto de una gestión inteligente. Queda tela que cortar en esta opa, pero algunos han abandonado ya la escena por la puerta lateral. El victimismo que practican los nacionalistas es una enfermedad contagiosa, pero no pasa de ser una cortina de humo para esconder el fiasco de una operación de nulos perfiles estartégicos.

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