
La inestabilidad de Pakistán afecta a toda Europa, y al Reino Unido y España, en particular, por razones policiales, militares, religiosas, incluso demográficas, con incidencia directa en Londres o Barcelona. Con 170 millones de habitantes, Pakistán es la segunda potencia demográfica musulmana, víctima de una histórica fragmentación religiosa, cultural, lingüística, social, atizando ensangrentados conflictos seculares. Su frontera con Afganistán, refugio y base de operaciones de Al Qaida, y sus migraciones masivas, hacia los EE.UU., Oriente Medio y Europa (un millón de paquistaníes en el Reino Unido; comunidades paquistaníes en Cataluña), exportan masivamente sus conflictos «nacionales» con inquietante rapidez.
Varias pistas del 7-J londinense conducían hasta Pakistán. Varios grupúsculos islamistas pakistaníes han sido identificados en la periferia barcelonesa. Las migraciones pakistaníes hacia EE.UU. son esencialmente económicas. Las migraciones hacia Oriente Medio y Europa tienen muchas otras dimensiones.
Arabia Saudí ha financiado muchas escuelas coránicas paquistaníes, donde no siempre es fácil distinguir la pacífica piedad musulmana y los llamamientos al proselitismo revolucionario. Muchos musulmanes ingleses han escuchado las sirenas de la purificación islamista, convencidos que el derramamiento de sangre infiel les permitirá ganar el Paraíso prometido a los mártires prestos a morir matando. Y están bien recogidas las declaraciones de figuras emblemáticas de Al Qaida, refugiadas entre Pakistán y Afganistán, recordando que, desde su óptica, Ceuta y Melilla son ciudades ocupadas por los cruzados.
El Gobierno español ha considerado oportuno negociar para los soldados españoles destacados en Afganistán las posiciones formalmente menos peligrosas. Tal posición, presentada como «humanitaria», no da una imagen gloriosa ante los aliados ni convence plenamente a quienes perciben España como una base de operaciones y un blanco potencial. La crisis de la Mezquita Roja nos recuerda el carácter inflamable de unos conflictos cuyos ensangrentados aldabonazos comienzan a golpear a la puerta de unas frágiles ciudades.

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