domingo, 8 de julio de 2007


Viva mi dueño

Viva mi dueño
IGNACIO CAMACHO
LA propensión de algunos ministros a decir tonterías no significa que eso sea una perentoria obligación del cargo. Es frecuente que, ante la falta de las competencias transferidas a las comunidades autónomas, ciertos miembros del gabinete den en la logomaquia para aparentar actividad, y en su prescindible cháchara cometan numerosas pifias y profieran majaderías en serie, pero de ninguna manera debe confundirse la condición ministerial con la necesidad de decir en voz alta bobadas insignes, como parecen entender a veces ciertos recién llegados y «outsiders» de la política, a quienes la vanidad de verse proyectados al Gobierno obnubila la brillantez que supuestamente motiva su nombramiento.
Tal le ha ocurrido a Bernat Soria, reputado investigador y flamante ministro de Sanidad que, ante el primer micrófono que le pusieron delante, manifestó embriagado de sobrevenida euforia que a Zapatero habría que concederle el Nobel de la honestidad. Menos mal que es «independiente»; muchos «agradaores» flamencos tenían más pudor -y más gracia- para manejar la lisonja al señorito. Desde luego a él no le van a conceder el Nobel de la discreción, ni el de la prudencia; con semejante declaración de inmediato servilismo, de coba aduladora, de entusiástico y dócil vasallaje en plan «viva mi dueño», a lo más que podría aspirar es a figurar como uno de los destacados pelotas de la «Oficina Siniestra» del TBO.
Es curioso cómo personas de gran prestigio profesional están por el contrario perfectamente incapacitadas para el ejercicio serio de la política. Decía no hace mucho el filósofo Luc Ferry, efímero ministro de Educación en Francia, que lo primero que descubrió al llegar al poder es que no tenía poder, y que donde acababa de aterrizar era en el presupuesto. Esta clase de lucidez es lo que diferencia a los verdaderos sabios, que en seguida se dan cuenta de sus limitaciones y conocen cuándo han llegado a un sitio que no les corresponde. Por el contrario, ciertas presuntas lumbreras quedan en evidencia en cuanto se les arrima un palito para que se suban, como los gallos de corral: se suben, se abren de plumas y despliegan una fatuidad vacía, un engreimiento autocomplaciente o un sectarismo gratuito. La vanidad es un pozo sin fondo en el que se despeñan los tontos, y el poder un tránsito que deslumbra a los incautos, propicios a confundir la importancia con la apariencia, la autoridad con una escolta y la posteridad con un retrato.
Clonar células es asunto de mucho mérito, pero hay cualidades como la discreción, la sensatez, la capacidad de reflexión y el sentido de la medida, que no se pueden sintetizar en probetas ni fabricar en departamentos de investigación biomédica. Quizá si Bernat Soria es tan inteligente como parecía descubra pronto que no ha llegado al poder, sino al Gobierno, un sitio donde es más fácil hacer el ridículo que en un laboratorio, y donde además se da cuenta mucha más gente.