lunes, 31 de diciembre de 2007

EDITORIALES: La gran fiesta de la familia cristiana/ Separatistas fuera de juego/ De Pakistán a las primarias de Iowa/ Elecciones 2008: jugando a las


La gran fiesta de la familia cristiana

UNA multitud de personas acudió ayer en Madrid al gran encuentro convocado en favor de la familia cristiana. El ambiente festivo y participativo que precedió a la ceremonia es fiel reflejo de que la expresión vital de las creencias y sentimientos personales no pretende crear malestar ni crispación de ningún tipo, sino tan sólo reafirmar esa visión trascendente del mundo compartida por quienes otorgan a su propia vida una dimensión moral. La familia es una institución sólida, basada en valores permanentes que no pueden ser alterados mediante operaciones de ingeniería social. La actitud alegre y serena de los participantes, el magisterio de la palabra a cargo de los obispos intervinientes y el valioso testimonio de muchos fieles a partir de sus propias vivencias marcaron el desarrollo del acto en una abarrotada plaza de Colón. De hecho, uno de los más llamativos aciertos de la organización fue la conjugación del magisterio moral de los obispos con la intervención de personas procedentes de diversos movimientos religiosos e incluso de familias que aportan su visión cristiana de la convivencia. Frente al relativismo inconsecuente que proclama la posmodernidad, la gente demuestra con su conducta abierta y positiva que la familia es fuente natural de afectos y el ámbito más apropiado para la transmisión de valores que redundan luego en beneficio de la sociedad. He aquí una lección de civismo y de respeto que debería ser motivo de reflexión para el radicalismo laicista, que intenta crear una imagen tópica e interesada sobre un cristianismo «retrógrado» que sólo existe en su imaginación.
El mensaje de Benedicto XVI expresó con su rigor habitual la concepción cristiana de la familia, configurada a partir de la unión indisoluble entre varón y mujer y encaminada a educar a los hijos en la fe. El Papa introdujo también un motivo para la esperanza, producto de su profundo sentido humanista: «Vale la pena trabajar por la familia, porque vale la pena trabajar por el hombre». Muchos de los intervinientes recordaron la relación entre la institución familiar y la defensa de la vida, una referencia particularmente oportuna después de los hechos gravísimos que han saltado a la luz pública. Muchos católicos se han sentido agredidos por las leyes impulsadas por Rodríguez Zapatero y han demostrado de nuevo la vitalidad de una sociedad menos complaciente y hedonista de lo que algunos suponen. Las cuestiones de naturaleza ética no dependen de modas ni oportunismos, de manera que -como dijo ayer el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Blázquez- la familia tradicional no es algo anticuado ni está superada por los tiempos.
Vivimos en una situación «especialmente grave» para la familia, como ha reiterado el arzobispo de Madrid, monseñor Rouco, principal responsable de la organización, en línea con sus palabras de ayer en ABC, según las cuales la familia es la gran víctima de la sociedad contemporánea. Frente a ello, los centenares de miles de asistentes dieron un buen ejemplo de la vitalidad de una institución que los poderes públicos se empeñan en ignorar. La política familiar en España es una asignatura pendiente, porque faltan ayudas en el ámbito social y educativo, las desgravaciones fiscales se reducen al mínimo y las familias numerosas se sienten -con razón- desplazadas y desprotegidas. En cambio, se aprueban leyes sobre matrimonio homosexual y divorcio exprés que alteran las señas de identidad de la institución y se impone una asignatura innecesaria y confusa de Educación para la Ciudadanía, sin que nadie se ocupe de los problemas reales. La familia es fuente de solidaridad y escuela de sentimientos positivos. El fracaso de la convivencia en el hogar repercute negativamente en la vida personal con las naturales consecuencias sociales. Como siempre, los grandes perjudicados son los más débiles, niños y adolescentes obligados a enfrentarse a la vida sin la solidez que proporcionan los afectos más profundos. Estas y otras muchas consideraciones presidieron ayer en Madrid una emotiva fiesta multitudinaria cuyo éxito merece ser reconocido y destacado.


Separatistas fuera de juego

EL año nacionalista terminó en el estadio de San Mamés con una exhibición de separatismo reivindicativo, en su vertiente deportiva, con el partido que enfrentó a las selecciones de Cataluña y Euskal Herria. Previamente, los nacionalistas vascos habían calentado el ambiente en las calles de Bilbao con una manifestación encabezada con el lema del acontecimiento nacional-deportivo: «Una nación, una selección». También hubo acto político solemne en el césped del venerable campo bilbaíno con representantes de los gobiernos vasco, gallego y catalán -con el infalible Carod-Rovira al frente-, que suscribieron un acuerdo para fomentar las selecciones «nacionales» y los deportes «autóctonos» de sus respectivas comunidades. Curiosamente, no parece que el empeño soberanista en alcanzar el objetivo de la homologación internacional de las selecciones «nacionales» pase por etapas intermedias más modestas, como la de organizar ligas de fútbol limitadas a los equipos de los territorios autonómicos, como sucede en Gran Bretaña, ese espejo en el que se miran los abertzales del fútbol. Quizá sea porque el coste final pudiera no ser tan del agrado de patrocinadores, aficiones y clubes -sobre todo los que ahora disputan la primera división nacional-, pero, sin duda, sería mucho más coherente con el Estado confederal que propugnan los promotores de esta iniciativa.
En todo caso, la estrategia de radicalizar los ánimos a través del deporte y, especialmente, del fútbol, no es nueva: los totalitarismos y los nacionalismos de todas las épocas -por ejemplo, el nazi- lo han hecho, porque la crispación deportiva es una manera visceral de agrupar sentimientos y crear adversarios, algo esencial para el mantenimiento de la tensión separatista. Los nacionalismos vasco y catalán han insistido en el reconocimiento oficial de selecciones «nacionales», pero, en esta ocasión, aprovechando tanto el movimiento expansivo creado por el estatuto de Cataluña como la debilidad de respuestas del Gobierno central, han dado mayor contenido político a sus pretensiones. Lo de menos para ellos quizá sea conseguir realmente que existan tales selecciones con credenciales internacionales, pues los estatutos de las organizaciones deportivas no suelen permitir experimentos secesionistas. Lo importante vuelve a ser la agitación de agravios y la reivindicación victimista, aunque sea incongruente -¿por qué no piden una liga vasca o una catalana?- y la exacerbación de los sectores más radicales. Por eso, el sábado en San Mamés, el fútbol era el escenario para apoyar a los presos de ETA, para lanzar consignas separatistas, para quemar banderas españolas y para que los socios elegidos, cuidados y mantenidos por Rodríguez Zapatero -actuales, como el BNG y ERC, y potenciales, como el PNV- dejen claro que España no es su proyecto. Y eso que esta iba a ser la legislatura del apaciguamiento nacionalista.


De Pakistán a las primarias de Iowa

SE dice que las elecciones primarias que el Partido Demócrata celebrará este jueves, 3 de enero, son las más importantes, porque en una sociedad como la norteamericana, tan sometida a las costumbres de la mercadotecnia y al culto al vencedor, una victoria en este pequeño Estado puede marcar una tendencia que haga que un aspirante se ponga en cabeza. Naturalmente, hasta la elección del candidato demócrata falta mucho, y para la presidencial de noviembre todavía más, pero todo el mundo va a escrutar el voto emitido por los ciudadanos de Iowa con mucho cuidado.
En todas las elecciones presidenciales norteamericanas, la política exterior ha jugado un papel relevante. Muchas cosas han cambiado desde la primera elección del actual presidente George W. Bush -cuando precisamente la atmósfera internacional de la post-guerra fría era tan apacible que nadie previó el cataclismo que se avecinaba- a la situación que vivimos en estos momentos, en un mundo donde el extremismo yihadista amenaza a la civilización occidental. Y los cambios siguen produciéndose a una velocidad de vértigo, lo que obliga a los candidatos a adaptar su discurso a una realidad extremadamente voluble.
Hasta ahora, la guerra de Irak había sido el filón para algunos candidatos demócratas como Barack Obama, porque creían que ponía en aprietos a su principal contendiente, la senadora Hillary Clinton, que en su día apoyó la operación militar con su voto en la Cámara Alta. Si el mundo fuera tan simple como proclaman algunos dirigentes -y no sólo norteamericanos- que en su ingenuidad creen que una retirada de Irak será la receta mágica para pacificar el Medio Oriente, no tendrían que preocuparse de lo que sucede en una potencia nuclear como Pakistán, de donde no hay retirada posible, o de lo que pueda pasar en Irán, que pretende serlo.
El asesinato de Benazir Butho ha puesto sobre la mesa, y de una manera descarnada, que, independientemente de los errores de apreciación que se hayan podido cometer en el pasado, la amenaza que representa el extremismo islámico para nosotros, ciudadanos de las sociedades libres, no puede ser utilizada como mera artimaña electoral. En Pakistán no ha habido ninguna intervención militar, lo que prueba que las principales causas de la crisis en la que viven una parte de las sociedades musulmanas provienen de sus propias contradicciones, y no tanto de nuestra actitud para defendernos de sus consecuencias. Al lado de Pakistán está Afganistán, donde la OTAN se está jugando su capacidad de ser una alianza militar creíble y útil para la paz del mundo. Sería extraordinario que, ahora que los aliados europeos están empezando a revertir las consecuencias del periodo de divergencias con la política norteamericana, con Francia y Alemania a la cabeza, los candidatos demócratas estuvieran caminando en dirección opuesta.


La Tercera: Elecciones 2008: jugando a las siete y media

QUEDAN algo menos de tres meses para las elecciones generales. Las encuestas -con alguna llamativa excepción- muestran bastante igualdad entre los dos principales competidores, aunque invariablemente apuntan también a una ligera primacía del PSOE. En este trabajo me gustaría dibujar un cuadro de los elementos que operan sobre la estrategia de los dos grandes partidos y las paradojas en las que ambos se mueven.
Los analistas que se afanan en anticipar la clave del desenlace apuntan dos direcciones determinantes (y opuestas) en ese sentido. Una es la conquista del voto en el centro y entre los votantes «sin ideología», que se define como el territorio de disputa preferente entre PSOE y PP; esta es la tesis recientemente expuesta por Belén Barreiro en El País. La otra es la movilización de lo que César Molina ha definido gráficamente en ese mismo diario como la «izquierda volátil», susceptible de votar al PSOE, a IU o de abstenerse. Ambos autores presentan un argumento razonable, pero, a mi juicio, ambos pierden de vista otras dimensiones de la contienda, sin las cuales el cuadro no está completo.
En efecto, una mayoría de quienes van a votar tienen ya claro por quién lo harán. Son los ciudadanos más consistentes políticamente, bien porque tienen una identidad política fuerte (los más ideologizados), bien porque tienen una conciencia subjetiva de sus intereses que se corresponde claramente con un partido determinado (los más pragmáticos). Unos y otros definen el suelo electoral de las principales formaciones, suelo que, en este caso, arroja como mínimo cerca de 20 millones de votos, de los que 16 se los repartirán prácticamente por igual el PSOE y el PP.
Pero quedan entre 6 millones (si la participación alcanza el 75 por ciento, que considero el techo previsible de participación) y 4.5 millones (si la participación se queda en el suelo previsible, el 70 por ciento) cuya decisión de votar o abstenerse y, si optan por lo primero, el sentido de cuyo voto, están aun abiertos. Es sobre esta amplia franja de votantes sobre la que se decide la elección.
Sucede que esos contingentes de electores que convenimos -de forma no siempre precisa- en llamar indecisos son muy heterogéneos entre sí. Efectivamente hay entre ellos tanto electores que convencionalmente llamamos de centro (la mayor parte de los cuales están muy débilmente ideologizados), como electores de izquierdas (mucho más ideologizados). Las palancas que activan a unos y otros son distintas, pero ambos son muy tributarios de la definición social de la elección y el que prospere socialmente un relato determinado de aquella puede provocar tanto la movilización de unos como el retraimiento de otros.
Si aceptamos la noción minimalista de la democracia, a lo Popper, según la cual las elecciones no las gana la oposición, sino que las pierde el Gobierno, está claro el relato que en teoría conviene a cada cual. Para el PP se trataría de visibilizar el riesgo de una legislatura Zapatero II en torno a los ejes con los que ha desgastado al Gobierno en la actual: básicamente, la negociación política con ETA y el nuevo diseño territorial, con el añadido -no menor precisamente- de una situación económica mucho menos favorable que la de estos últimos años. El riesgo de esa estrategia no es menos claro: plantea la disputa electoral en base a argumentos negativos y, por así decirlo, le da la razón a quienes le acusan de haber practicado una política «noísta», de tierra quemada, restringiendo así las posibilidades de captar votos en la franja del centro. Esos votos sólo podría aspirar a conquistarlos con un mensaje más claramente propositivo, difícil de instalar a estas alturas, entre otras cosas porque su «raccord» con la imagen dominante -y la instalación de esa imagen es sin duda el mejor logro político del PSOE en la legislatura- es muy problemático.
Para el PSOE, en cambio, se trataría de poner en valor los aspectos menos polémicos de su gestión (esencialmente las cuestiones sociales), presentándolos como el fruto de una acción y una visión positivas (apalancándose en las fortalezas de la imagen de Zapatero) y descalificando implícitamente al PP. No son menos obvios los inconvenientes de este relato: en un cuadro de deterioro de las expectativas económicas, la credibilidad de la dadivosidad social -por cierto, escandalosamente publicitada con el dinero de todos en las últimas semanas- baja muchos enteros.
Pero, además, ese es un relato incompleto, desde el punto de vista de las necesidades del PSOE. Porque si bien puede ser funcional para el electorado más tradicional y consolidado así como para el más deferente (y menos ideologizado) no está claro que sea un mensaje suficientemente movilizador para una franja crítica de electores de izquierda, aquellos que fluctúan esencialmente entre IU, el PSOE y la abstención, pero sobre todo entre los dos últimos. Una parte de la incógnita sobre cómo se van a comportar estos electores es relativamente fácil de despejar: no creo en absoluto que IU pueda regresar a cotas como las que logró entre 1989 y 1996, bajo el liderazgo de Julio Anguita, en torno al 10 por ciento del voto. Mi hipótesis es que, en el mejor de los casos, retendrá el 5 por ciento de 2004. En cambio, la otra parte de esa incógnita, si habrá o no una movilización suficiente a la izquierda del PSOE como para proporcionarle el aporte crítico para la victoria, va a permanecer abierta hasta muy poco antes de la elección.
Pareciera por tanto que en el interés del PSOE está provocar más movilización, pero el riesgo de esa estrategia, esencialmente orientada hacia la izquierda, puede ser suscitar la desmovilización o el voto al PP de la franja centrista y/o desideologizada. El PP, a su vez, tiene a su vez que evitar la movilización reactiva de la franja más izquierdista que puede votar al PSOE «tapándose la nariz», para lo que debería suavizar los perfiles más ásperos de su propuesta, pero con ello corre el riesgo de desmovilizar a los «suyos» que no encuentren suficiente convicción y compromiso en sus propuestas.
Añádase a ello el factor verosimilitud para complicar aun más el panorama. Si se visualiza el triunfo del PSOE como una certeza, ello puede provocar un cierto retraimiento de la izquierda crítica, que no considerará necesario acudir a las urnas no tanto a salvar a Zapatero como a condenar a Rajoy. Pero también el PP puede verse perjudicado por esa certeza social, que desincentivaría el voto de la franja central. Sin embargo, paradójicamente, para el PP podría incluso ser más perjudicial la creencia mayoritaria de la verosimilitud de su triunfo. Hoy no cabe duda de que la clave esencial de la movilización electoral en 1993, que permitió al PSOE retener el Gobierno in extremis, no fue otra que la «pre-visualización» por parte de la izquierda de un posible triunfo del PP, tras el éxito de Aznar en su primer debate con González.
Nos encontramos por tanto ante un dibujo estratégico que, ahora que está tan en boga la teoría de juegos para explicar el comportamiento de los actores políticos, evoca a uno de los más castizos juegos de naipes de nuestra cultura: las siete y media. El PSOE no puede pasarse, ni por el centro ni por la izquierda, so pena de alienar más de lo que conquiste, pero al tiempo debe mantener encendida la llama de la esperanza (o la del temor) para que no se queden en casa sus potenciales votantes en ambos márgenes. El PP no puede repetir el perfil plano de 2004, pero tampoco le conviene convertirse a los ojos de la izquierda más o menos volátil en una amenaza creíble. Entre las respectivas Scillas y Caribdis de la desmesura y la escasez, ambos se ven obligados a recordar los jocundos versos de Muñoz Seca: «Y el no llegar da dolor/Pues indica que mal tasas/Y eres del otro deudor/Mas ¡ay de ti si te pasas!/¡Si te pasas es peor!».
JOSÉ IGNACIO WERT
Sociólogo

FIRMAS:


Familia y tradición
JUAN MANUEL DE PRADA


LA celebración de la fiesta de las familias cristianas les ha dejado el cuerpo a los progres como a la niña de «El exorcista». El progre, que es analfabeto y se vanagloria de serlo, cuando se refiere a la familia le añade desdeñosamente el calificativo de «tradicional»; pero decir «familia tradicional» es como decir «cigüeña ovípara». El progre es ese tío que está dispuesto a defender la existencia de cigüeñas que se reproducen al modo mamífero, o por esporas; y, del mismo modo, pretende vendernos la moto de que existen familias no tradicionales. Al decir «familia tradicional», el progre revela dos rasgos constitutivos de su idiosincrasia: su incultura supina (ignora el muy zoquete que traditio significa «entrega», «transmisión»; y huelga explicar que no puede existir familia si no existe transmisión de vida, afectos y valores) y su odio atávico, inveterado, insomne a la tradición.
Y es que la razón vital del progre no es otra que acabar con la tradición, romper los vínculos que unen a unas generaciones con otras. La tradición es una larga cadena viviente en la que cada generación absorbe el acervo moral y cultural que la precede y lo entrega a la generación siguiente; y en ese proceso de transmisión, que no es inerte ni fosilizado como pretende el progre, cada generación enriquece el legado recibido mediante aportaciones propias. Así ha ocurrido desde que el mundo es mundo, en el arte y en la vida; y la civilización humana ha crecido de este modo, sobre el humus fecundo de los tesoros que las generaciones anteriores se han encargado de preservar y ceder en herencia a quienes venían después. El progre sabe que, mientras esta cadena no se quiebre, no logrará imponer sus designios; de ahí que quiera destruir el mundo heredado de nuestros antepasados y sustituirlo por otro nuevo en el que ya no existan vínculos entre generaciones. Por supuesto, este afán destructivo no es inocente: el progre sabe que el hombre desvinculado deja de ser hombre para degenerar en monicaco; sabe que, desamparado de la tradición, el hombre se convierte en carne de ingeniería social. Por eso, el progre abomina de las fiestas y ritos que nos vinculan al pasado, por eso destierra de sus planes educativos el Latín y lo sustituye por Educación para la Ciudadanía, por eso trata de matar los afectos que sólo en el seno de la familia adquieren sentido. Pero el progre no puede completar su designio destructivo sin ofrecer algo a cambio, una pacotilla que anestesie el desvalimiento humano. Y así, aprovechándose de ese desasosiego que deja en el corazón del hombre la falta de asideros, le vende progreso y modernidad como lenitivos de su terrible desvalimiento; y se los vende a través de la propaganda de los medios de adoctrinamiento de masas, logrando que el hombre alienado de su naturaleza (de la tradición que lo constituye) crea que esos lenitivos son más atractivos, logrando arrasar esa silenciosa y pensativa conversación de generaciones que a lo largo de los siglos había garantizado la transmisión de afectos y valores morales.
El progre sabe que para llevar a cabo su misión necesita destrozar el tejido celular de la sociedad, los vínculos que unos hombres entablan con otros según un impulso cordial y sagrado. También sabe que la primera sociedad natural es la familia: destruida ésta, será mucho más sencillo llevar a cabo sus designios. Y disfruta orgiásticamente contemplando los efectos de su devastadora acción: matrimonios deshechos porque sí a velocidad exprés, hogares desbaratados con el menor pretexto o sin pretexto alguno, hijos desparramados y convertidos en carne de psiquiatra, abortos a mansalva, nuevas fórmulas combinatorias humanas negadas a la transmisión de la vida, etcétera. Cuando, por el contrario, descubre que aún hay familias que se resisten a su ingeniería social; cuando descubre que aún queda gente con sueños comunes, con ideales compartidos, con afectos heredados de sus mayores que se renuevan en sus hijos; cuando descubre la fidelidad y la perseverancia de los buenos en medio de una generación que ya creía pervertida; cuando descubre que, además, toda esa resistencia numantina se funda en Dios... bueno, es natural que se le ponga el cuerpo como a la niña de «El exorcista».

El año del Rey
IGNACIOCAMACHO


PODÍA haber sido su annus horribilis, como aquel que su prima Isabel II definió en una expresión ya tópica, pero ha sabido darle la vuelta a la adversidad con enorme, poderosa intuición política. Ha sufrido el desgarro de la separación de una hija, ha sentido en la cercanía familiar el bombardeo inesperado de la muerte prematura, ha visto cómo quemaban sus fotos y notado a su alrededor el cruel vacío de las deserciones silenciosas, ha oído cómo le pedían la abdicación, ha contemplado cómo retornaban los peligrosos devaneos cíclicos del cambio de régimen. Y sin embargo, ha salido más fuerte, más popular, más respetado que casi nunca, con el prestigio intacto y la estima alzada como en aquellas jornadas cruciales y dramáticas de un gélido y ya lejano febrero del 81. Mucho se lo ha debido a una sola frase, a una salida certera, oportuna y feliz que el pueblo hizo suya para convertirla en un eslogan universal y de amplio espectro. Pero detrás de ese relámpago pertinente, preciso y eficaz hay un fondo de densa perspicacia, un sustrato de clarividencia y oficio, un consumado ejercicio de dominio de los resortes que activan los perfiles del liderazgo y del carisma.
De un año que podía haber resultado letal para la Corona española, el Rey ha extraído el modo de reforzar una autoridad moral que le eleva varios cuerpos por encima del resto de personas e instituciones de nuestra vida pública. Hay que ser depositario de una larga herencia histórica, trufada de contratiempos, riesgos y turbulencias, para salir indemne de un atolladero semejante y sacar además el rédito de un prestigio incrementado. Hay que dominar el manejo de las situaciones difíciles, conocer los secretos del temple y la oportunidad, y pisar sin miedo los territorios del compromiso. El lance con el «gorila rojo» podía haber salido bien o mal, porque llevaba dentro el peligro de un boomerang reversible, pero Don Juan Carlos tiene el oficio de quien lleva décadas ejerciendo de líder sin más poder que el del arbitraje moral, sin más arsenal que la gestualidad simbólica ni más recurso que la capacidad de convicción. Su experto olfato intuyó el momento y la necesidad. No fue humo de pajas: Chávez acabó perdiendo su propia parodia de referéndum y el Rey ganó la autoridad que necesitaba para levantar de nuevo su referencia en un momento de enorme vacío nacional, en medio de la crispación, el desencuentro y la atonía de una política enquistada hasta el agotamiento.
La Historia tiene a veces estos guiños. Venían todas las coordenadas torcidas y todas las bitácoras descuadradas. Cundía un clima levantisco y revisionista, flameaban las banderas tricolores en un viento propicio de debilidad institucional, crujían las cuadernas del Estado y se desesperezaba ese demonio de agitación que a veces recorre nuestra médula colectiva. De repente, un gesto, un fogonazo de dignidad en el sitio preciso y en el instante exacto, vuelca las circunstancias y devuelve el sosiego y la estabilidad ante el desequilibrio y la zozobra. Podrá no haber dirigencia, pero hay rumbo. Podrá no haber Gobierno, pero hay Corona. Y los que se tenían que callar, se han callado.

Un faro de luz en la sociedad

La gran concentración de familias que acabamos de vivir en la plaza de Colón evidencia, al menos, tres grandes ideas. En primer lugar, ha supuesto un faro de luz para la sociedad española, una apuesta por la libertad de todos, también de las familias cristianas, para decidir quiénes quieren ser, y pedir a nuestros gobernantes que al menos acepten nuestra propuesta por la vida y el matrimonio fundado en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer orientada a la vida.
En segundo lugar, destacar la gran respuesta de las familias españolas, que ha superado nuestras previsiones. Hay que dar gracias a Dios por el impulso de las familias españolas, por la voz que han alzado en la plaza de Colón en defensa de su derecho a existir.
En tercer lugar, pero no por ello menos importante, los retos que se nos plantean, a los obispos y a la Iglesia en su totalidad, en el futuro.
Es bueno que el conjunto de la sociedad española, y esto incluye al Gobierno, y también a la propia Iglesia, reflexione sobre la vigencia del modelo cristiano de matrimonio y de familia.
Porque, y esto conviene resaltarlo, no hay mayor bien para la sociedad que las familias. Ellas representan el presente y el futuro de la humanidad. No hay nada sin ellas, y todo es posible con las familias. Apostemos decididamente por la familia. Apostemos decididamente por la vida y por el futuro de la sociedad.

La familia sí importa

Una vez más hemos podido comprobar en las calles de Madrid que a los españoles «la familia sí nos importa», ¡y mucho! Sólo la familia y el derecho a la vida son capaces de convocar a una multitud como la que ayer ocupó, en una marea de alegría, el centro de Madrid. La Iglesia Católica ha vuelto a prestar en España, con esta convocatoria, un gran servicio a la causa de la humanidad y es de justicia agradecérselo.
Todavía impresionado por esos cientos de miles de personas que dan la cara con naturalidad exhibiéndose en familia, creo que la reflexión obligatoria exige preguntarse: si los españoles vivimos mayoritariamente en familia y nos sentimos muy satisfechos de ello, si la inmensa mayoría estamos dispuestos a dar la cara por la familia como vimos ayer en Colón, ¿por qué las leyes se empeñan en atacar el matrimonio , como hacen la ley que suprimió el matrimonio al equipararlo a las uniones de personas del mismo sexo o la del divorcio exprés que banaliza el contrato matrimonial hasta el ridículo?; ¿por qué la legislación educativa se empeña, a través de Educación para la Ciudadanía, en expropiarnos a los padres el derecho a educar a nuestros hijos en libertad?; ¿por qué la legislación sobre aborto y embriones se esfuerza cada vez más por cosificar la vida humana naciente, despreciando abiertamente la gran aportación de la familia a la sociedad que es precisamente las nuevas vidas?; ¿por qué se nos quiere imponer a todos la sectaria e inhumana ideología de género?
La respuesta es clara: nos gobierna una ideología minoritaria que no representa el sentir mayoritario de la sociedad española respecto a la familia; y lo mismo sucede en gran parte de la «opinión publicada» que no coincide con lo que piensa la «opinión pública». Y muchos otros -por cobardía, miedo a lo «políticamente correcto», complejos históricos difíciles de racionalizar, etc...- ocultan sus convicciones más íntimas, no despliegan con audacia sus presupuestos antropológicos y se pliegan a la dictadura de los presuntos «progresistas» que representan ideologías rancias y ya probadas con consecuencias desastrosas, como es el caso del «feminismo de género» que es la mortecina expresión en el siglo XXI de lo peor del siglo XX.
La solución nos la indicaron ayer con naturalidad las familias españolas: miremos a la calle, a la realidad de la vida de nuestros conciudadanos que es profundamente familiar. Defendamos en público lo que valoramos en privado: la familia. Votemos en las elecciones por lo que amamos de verdad: la familia. Elijamos los medios de comunicación que hablan bien de lo que nosotros apreciamos: la familia. Eduquemos a nuestros hijos en el aprecio a lo que merece la pena: la familia. Hablemos bien de lo que se lo merece: la familia...
Es la hora de la responsabilidad de la familia: para construir la propia con dedicación y mimo y para defender la de todos en la sociedad pluralista en que vivimos.

Las identidades muertas

Tras las identidades asesinas, de las que hablara Amin Maalouf, están las identidades muertas, las que se extinguen lentamente bajo la presión de las pistolas o de la exclusión social. El paisaje humano que ofrecía Bilbao el sábado en lo que este periódico tituló acertadamente «el aquelarre nacionalista» evocaba las identidades muertas, las de los españoles temerosos, callados, difuminados, perdidos entre las ikurriñas y senyeras agresivas, vociferantes, intransigentes, los gritos contra España y los petardos que explotaban como bombas en mitad de los transeúntes.
Me hubiera gustado interrogar en aquel ambiente al presidente Zapatero y a esa ristra de asesores que se ríen de que España se rompa. No hay duda de que hubieran negado que España pueda romperse dada su cuota de responsabilidad en éste y otros muchos sábados comparables de ilegalidad y llamadas a la ruptura con España. Los socialistas catalanes y gallegos han dado su visto bueno a este nuevo desafío independentista de las selecciones deportivas. Y el resto de socialistas españoles ni siquiera ha rechistado. Pero el rictus de la cara de Zapatero negando la ruptura de España en la Gran Vía bilbaína este sábado habría delatado su incomodidad interior. España aparecía rota y perdida en aquel lugar. No sólo en el País Vasco rural, también en el último resquicio de cosmopolitismo, tolerancia y pluralidad.
El lado cada día más relevante del desafío independentista en el País Vasco, y lo supongo comparable en Cataluña, es la muerte de la identidad española. Muerte en forma de silencio, de resignación, de adiós. «Hay que irse de aquí», «ya no hay nada que hacer», dicen los españoles silenciosos de la Gran Vía bilbaína cuando se refugian en sus casas o en las cafeterías y restaurantes donde el lamento por la tierra que están perdiendo es el último de sus derechos.
Y es que las identidades no pueden sobrevivir sin la protección de un Estado cuando otro Estado, lo que de facto es otro Estado, el Estado nacionalista vasco, les presiona para el silencio y la desaparición. Y el Estado español, ni está ni se le espera ya por esas tierras.

Santa Rita y San Mamés

Los alegres y combativos cargos electos de Acción Nacionalista Vasca (ANV), salvados del «Guantánamo electoral» de la ilegalización por el Fiscal General del Estado, Cándido Conde Pumpido, se reunieron ayer en Pamplona para recordar solemnemente a sus benefactores, -el «togamanchada» y su jefe Z-, el dicho aquél de «Santa Rita, Rita». Dicen, y no les falta razón, que ellos no han cambiado en nada en los últimos años y meses y que quienes han de explicar por qué ahora arremeten contra ellos después de haber tenido tantas fiestas en paz son quienes ahora descubren y airean por los cauces habituales unos hechos que conocían perfectamente y acordaron ocultar para mayor gloria del proceso de beatificación de ANV y pacificación de las conciencias del equipo consentidor habitual del presidente y su Fouché cántabro de andar por casa.
ANV se presenta a las elecciones generales y desafía al Gobierno a impedirlo. Aunque el Gobierno saque ahora de bajo la alfombra todo lo que escondió allí hace menos de un año, ETA -es decir, Batasuna, ANV, PCTV y demás aditamentos a la sopa de letras- sabe que la situación generada por el proceso hace virtualmente imposible evitar que la banda terrorista y sus seguidores tengan una lista de candidatos que votar al Congreso de los Diputados. Toda la prisa que quieran tener «bermejos» y «pumpidos» en hacer ahora lo que rechazaban por antidemocrático y entre insultos a la oposición del PP, no servirá para evitar que el nacionalsocialismo vasco tenga diputados, quizás incluso integrados en listas de partidos ya presentes en Madrid
Los quinientos cargos electos de ANV -a los que ustedes queridos lectores pagan centenares de miles de euros por decisión de su más o menos querido Gobierno- han añadido por tanto otra frase popular a su mensaje. Es esa tan coreada de «todos queremos más y más y más y mucho más». Pamplona es un buen sitio para hacer peña aunque sea durante el solsticio de invierno.
También lo es Elorrio, gran feudo abertzale en el que tocó la Lotería Nacional de España y nadie acaba de devolver un décimo premiado alegando repugnancia a su origen. La Lotería Nacional, miren por dónde, una de las pocas instituciones que aún nos deja intactas el Atila sin caballo llegado de León. En Elorrio, los mismos perros con los mismos collares, hacían el sábado otra parte de esa labor de desafío al Estado de Derecho que hace cuatro años parecía ya ser irreversiblemente parte del pasado. En Pamplona anunciaban su lucha por la presencia en Madrid y hacer así fracasar los esfuerzos del Gobierno de España en intentar revertir e incluso hacer olvidar las consecuencias de sus actos durante la legislatura que concluye. En Elorrio lanzaban su órdago al nacionalismo mayoritario y otrora moderado pero ya muy cerca de la órbita del mensaje radical independentista. Algún cínico podría atribuir el proceso de desprestigio vertiginoso de los defensores del autonomismo a los «esfuerzos integradores» desplegados por socialistas vascos cuyo único enemigo es el PP. Lo cierto es que la acción del «Gobierno de España» primero legitimó al submundo de ETA, después lanzó al nacionalismo a buscar su espacio en la radicalidad ante la deriva «post-constitucional» y «post-estatutaria» del PSE y finalmente ha dinamitado la confianza en el Estado y la constitución en sectores que jamás pensaron adoptar esta opción. Porque cuando Karmele Aierbe decía en Elorrio que «el derecho a decidir» del pueblo vasco es una conquista ya irreversible, en realidad solo repetía palabras del presidente del Gobierno. Si lo dijo Moncloa, podrá ETA estar de acuerdo. ¿O no?
Finalmente tenemos, como otro gran alarde del éxito de la política de cohesión de que alardea con dinero público el Gobierno de Z, el aquelarre contra España que fue el partido de las selecciones vasca y catalana en San Mamés. Allí se unieron en feliz hermandad los antisistema con el «establishment», la «kale borroka» con la corbata Hermés, la herriko taberna y las estrellas Michelín. Estaban gobernantes de dos regímenes que han erigido los nacionalismos para arrebatar la libertad a los españoles que allí discrepen. Con dinero de todos los españoles y con la imprescindible ayuda del «Gobierno de España».


De nuevo la paz

COMO todos los años, el día 1 de enero la Iglesia celebra la Jornada Mundial de la Paz. Hace muchos años que se viene celebrando. Los Papas, con acentos diferentes, dirigen al mundo un mensaje especial para esta jornada.
Quiero recordar el acento que ponía el gran Papa Pablo VI en este día. La Iglesia y el mundo aguardaban con expectación su mensaje animando a todos a buscar la Paz. Ya en los primeros tiempos se vio necesario dar a esta Jornada un sentido celebrativo y muy práctico: por eso se comenzó por invitar a todos, autoridades y pueblos del mundo, a implicarse personal y colectivamente en el tema. Había que conseguir la paz, y para ello nada mejor que un compromiso serio y personal por ella. Era tan impelente esta llamada que recuerdo la invitación expresa del Papa y de los organismos de la Iglesia (sobre todo las nunciaturas) en esta tarea.
A este propósito recuerdo el trabajo y la llamada personal a las autoridades, sin distinción de religión, de credo político, de circunstancias geográficas, por la consecución de la Paz. En aquellos tiempos, la Secretaría de Estado del Vaticano hacía las correspondientes evaluaciones sobre estos temas importantes y recogía multitud de anécdotas sobre la implicación de personas, comunidades y pueblos en el empeño: visitas de reconciliación entre pueblos de distintas etnias, reconciliaciones puntuales y gestos de paz, empeños personales y colectivos de perdón y de reconciliación por todo el mundo. Resultaba llamativa esta multiplicación de gestos, desde lugares de la selva hasta los grandes salones de las cancillerías. Esta actividad, que puede verificarse con facilidad en las publicaciones de la época, constituía una acción de no escasa eficacia en el tema de la paz. Esta movilización era llamativa y conseguía una auténtica dinamización de la Jornada de la Paz. Probablemente el tiempo desgasta las acciones emprendidas con tanto fervor y entusiasmo, pero continúa en las personas y en los pueblos el anhelo por la deseada Paz que tan recientemente nos ha traído Jesús, el auténtico Príncipe de la Paz.
En esta Jornada de la Paz de 2008, el Papa Benedicto XVI ha propuesto a la familia como centro de esta paz: «Los pueblos de la tierra están llamados a establecer entre sí relaciones de solidaridad y colaboración, como corresponde a los miembros de la única familia humana». El Papa comienza describiendo los lazos que vinculan a la familia humana, en cuya vida, dice, «se experimentan algunos elementos esenciales de la paz, la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectivo a los miembros más débiles -pequeños, ancianos y enfermos-, la ayuda mutua, la disponibilidad para acoger al otro y también para perdonarlo». Precisamente por constituir un lugar dónde se experimenta la paz , «la familia es la primera e insustituible educadora de la paz. No ha de sorprender, pues, que se considere particularmente intolerable la violencia cometida dentro de la familia».
Con la claridad y profundidad que caracteriza el pensamiento de Benedicto XVI, éste advierte que «todo lo que contribuye a debilitar la familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, lo que directa o indirectamente dificulta su disponibilidad para la acogida responsable de una nueva vida, lo que se opone a su derecho de ser la primera responsable de la educación de los hijos, es un impedimento objetivo para el camino de la paz».
Después del Día de la Familia que se celebró ayer en Madrid con un encuentro masivo, conviene recordar e incluso meditar el Mensaje de Benedicto XVI en esta Jornada Mundial de la Paz. Ambos objetivos, la Familia y la Paz, se entrelazan: si verdaderamente queremos la paz, debemos trabajar todos por la firmeza de la institución familiar en el mundo. Paz y familia se unen y se llaman una a la otra para salvar a la humanidad, como lo hizo Jesús al nacer como hombre en Belén de Judá.
(*) Carmelo Borobia Isasa, además de Obispo Auxiliar de Toledo es oficial de la Secretaría de Estado del Vaticano durante el Pontificado de Pablo VI
EL primer interesado en conducir la campaña electoral hacia un plebiscito nacional sobre el fantasma de «las dos Españas» de antaño, bajo cuya sábana se esconde el fracaso de la legislatura que se acaba y la intentona de una reforma territorial y encubierta del Estado, hacia un modelo confederal, no es otro que el presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero.
Un político que recibió un país económicamente fuerte y políticamente dividido, por la masacre madrileña del 11-M y que concluye su mandato con un preocupante horizonte económico y social, sin haber curado la fractura abierta en el conjunto de la sociedad española. La que él mismo empeoró hurgando en la herida recibida y abriendo otras que parecían cicatrizadas, como las de la Guerra Civil y el modelo territorial del Estado, al mismo tiempo que, presentándose como «Príncipe de la Paz», ofrecía a ETA una negociación política sobre la soberanía nacional. La que ha dado pie a nacionalistas vascos y catalanes para reclamar la autodeterminación, mientras arropan a Batasuna con desprecio de la legalidad y articulan un frentismo vasco, gallego y catalán en la senda ya abierta por el Estatuto de Cataluña, y aprovechando la crisis del Tribunal Constitucional.
Aunque en el seno del Partido Socialista impera el disfrute del poder y la unidad del partido, por encima incluso del interés nacional, no son pocos, ni de escaso nivel, los dirigentes de esta formación política que declaran su preocupación por el balance de la legislatura y que temen el deterioro y la incertidumbre que provocará una nueva e insuficiente victoria de Zapatero que ponga en manos de los nacionalistas la llave de la gobernabilidad.
Algo que, seguramente, comparten muchos militantes y en mayor medida ciertas capas de su electorado, en las que se había detectado, en los últimos meses, la tendencia a un «voto de castigo» a Zapatero, bien cambiando de partido, bien por el camino de la abstención. Y no sólo preocupados por las consecuencias que, para España, tendría en el futuro la deriva confederal planteada, sino también por la incidencia que todo ello produce dentro del PSOE, donde dirigentes como Maragall y Montilla, en Cataluña, o Elorza y Eguiguren, en el País Vasco, entraron en competencia con el nacionalismo radical, asumiendo sus reivindicaciones.
Ahora bien, si la campaña electoral inminente abandona su natural función de balance de legislatura y análisis de los programas y personas del futuro gobierno y se adentra por el laberinto de un aparente plebiscito nacional, entre izquierda y derecha, lo laico y lo confesional, entre los vencedores y los perdedores de la Guerra Civil, entre atlantismo y europeísmo, pacifistas y belicistas, que es lo que busca Zapatero para ocultar el claro fracaso de su mandato. Si vamos a esta burda simplificación, con cierto tremendismo y la ventaja de los grandes medios de comunicación audiovisual al servicio del Gobierno, entonces el citado «voto de castigo» que planeaba sobre las urnas del PSOE se diluirá a favor de la permanencia de los socialistas en el poder.
Y en ese caso puede que, incluso, muchos votantes del centro político se vayan a la abstención en menoscabo de los intereses del Partido Popular. Un partido al que la Conferencia Episcopal pareció haber investido con los hábitos de «los cruzados» a lo largo de los discursos que los más notorios prelados españoles hicieron públicos en Madrid en defensa de la familia, pero también con dramáticas advertencias políticas en las que se afirmó que «nos dirigimos a la disolución de la democracia», que hay «marcha atrás en los Derechos Humanos», «ataques al futuro de la Sociedad» y «cultura de laicismo» (mientras otros obispos, como Uriarte y Setién, han equiparado a víctimas y a verdugos del terrorismo). La Conferencia Episcopal habla y actúa, en ejercicio de su libertad de expresión y magisterio, pero su pregón, en el umbral de la campaña electoral, tiene una natural lectura política.
Si añadimos, en esta reciente actualidad, las palabras de un político como Manuel Fraga -que tanto ha hecho por la transición y la reconciliación-, en las que, a estas alturas, declara que «el franquismo sentó las bases para una España con mas orden», y «placidez», como lo añadió tiempo atrás Mayor Oreja, pues veremos que no van a tener que hacer muchos esfuerzos los del PSOE para articular su discurso del plebiscito nacional y disfrazar al PP de «nacional catolicón» -ya lo están haciendo-, utilizando todo esto en los debates anunciados en televisión entre el presidente y Mariano Rajoy. El líder del PP, que guarda, celosamente, el secreto de su lista de candidatos ilustres y ministrables, si es que los tiene, y que se encontrará, en los careos televisivos, la fallida conspiración del 11-M, a la que permaneció amarrado el PP, la guerra de Irak como un error no reconocido y las luchas de poder entre barones del PP, como base para el argumento de cómo va a gobernar España quien no manda en su partido.
Y, sobre todo, el riesgo del citado plebiscito, que, por una parte, ocultará el mal gobierno de Zapatero y, por la otra, otorgará al vencedor el veredicto de las urnas sobre asuntos de Estado que no estaban, como tales, sometidos a votación nacional, como la reforma territorial del Estado y el final de la transición. Y también la negociación política con ETA, que se retomará si Zapatero renueva el poder, con la ayuda inestimable y sorprendente de no pocos dirigentes y aliados naturales del PP.
LA CRÓNICA DEL LUNES


Las raíces del miedo

La próxima semana, las elecciones estadounidenses darán el pistoletazo de salida con las primarias en Iowa y en New Hampshire. Con el terrible asesinato de Benazir Bhutto todavía reciente, Newsweek realiza un profundo reportaje sobre el poder del miedo y su influencia sobre los ciudadanos. Por supuesto, tragedias como la vivida en Pakistán días antes de una cita electoral condiciona enormemente el voto de las personas y, cómo no, los terribles atentados del 11 de marzo en nuestro país fueron prueba evidente de ello. La revista estadounidense toma como ejemplo nuestro país para demostrar cómo el miedo y la rabia pueden dar un vuelco electoral en el último segundo. Revolviendo fantasmas del pasado, Newsweek pone de manifiesto cómo un atentado «pone de nuevo los pies en la tierra psicológicamente», pero lo que no especifica es si eso es realmente bueno o malo. Ustedes deben juzgar.
Hablando de fantasmas, «El orfanato», la película dirigida por Juan Antonio Bayona, ha colmado titulares en buena parte de los medios estadounidenses. En el mismo Newsweek, el crítico David Ansen elogia la labor de este director español, asegurando que «la visita a este orfanato da mucho miedo».
¿Burbuja inmobiliaria?, ¿hecatombe para las constructoras? El Financial Times destaca cómo la semana pasada España lideraba las caídas europeas en los mercados debido a la crisis que vive la constructora Colonial. La sustitución de Luis Portillo en la presidencia de la compañía por Mariano Miguel, hasta ahora consejero delegado, incrementa el pánico entre las constructoras ante una posible desaceleración del sector. ¿sálvese quién pueda?
En Alemania, Handelsblatt analizaba la cobertura del holandés ABN Amro y el Santander y, tras hablar con analistas, despejaba cualquier efecto directo de la crisis subprime desatada en Estados Unidos; tampoco se prevén problemas de liquidez. Por último, en Suiza, La Liberte se hacía eco de la reciente decisión del Consejo General del Poder Judicial de ofrecer escoltas de seguridad privada a las víctimas de la violencia de género.

Afganistán, hacia una estrategia regional

El año 2008 será un año decisivo para Afganistán. Por un lado, la comunidad internacional se verá obligada a replantearse su estrategia tras seis años en los que la situación en el país no ha hecho más que empeorar. Por otro, en 2008 se celebrarán elecciones en los dos países que más influencia tienen sobre el futuro de Afganistán: Estados Unidos y Pakistán. El trágico asesinato esta semana de Benazir Bhutto -la única candidata mínimamente esperanzadora para el futuro de Pakistán- también oscurece las perspectivas para Afganistán.
Los días del presidente Musharraf están contados. A pesar de obtener cerca de 7.000 millones de euros de ayuda norteamericana a Pakistán desde el 11-S como aliado en la «guerra contra el terror», el general ha perdido el apoyo tanto de sus bases políticas internas como de la comunidad internacional. Uno de los mayores obstáculos para el progreso en Afganistán ha sido la política conciliadora de Musharraf con los mulás del noroeste de Pakistán donde se refugia la resistencia talibán y probablemente Osama Bin Laden. Sólo se ha enfrentado a ellos -y con considerables resultados- cuando Estados Unidos ha subido la presión.
Una de las razones por las que su principal rival, Nawaz Sharif, no entra en los planes de Estados Unidos es que se le considera demasiado cercano al fundamentalismo islámico; el mismo fundamentalismo islámico que probablemente es responsable del asesinato de Benazir Bhutto y de las presentes condiciones en las que no se puede descartar la posibilidad de un golpe militar. En cualquier caso, ninguna opción parece alentadora para que una política antiterrorista más eficaz en Pakistán y Afganistán vea la luz.
En Estados Unidos, con independencia del partido que gane, el próximo (o la próxima) presidente deberá decidir qué hacer con las 165.000 tropas que actualmente luchan en Irak (en Afganistán hay 27.000). Con la crisis en Pakistán latente, está por ver hasta qué punto Irak seguirá centrando las miras de Washington. La nueva estrategia de la Casa Blanca para Irak tendrá gran repercusión en cuanto a los recursos que queden disponibles para Afganistán y Pakistán.
En Afganistán, donde se celebrarán elecciones en 2009, el proyecto occidental de construcción de Estado está en grave peligro de fracasar. Tras unos primeros años excesivamente triunfalistas en los que se celebraron elecciones y se crearon instituciones locales, Afganistán ha vuelto a caer en el abismo: la violencia se extiende a zonas antes seguras, el cultivo de opio ha subido un 59% en el 2006 y el gobierno de Hamid Karzai no consigue hacer llegar servicios básicos a sus ciudadanos.
Aparte del santuario talibán en Pakistán y el flujo logístico terrorista que éste permite, la principal razón que explica la situación actual en Afganistán es la descoordinación flagrante entre los 39 países ahí presentes. Por un lado, ciertos países se resisten a aceptar unas normas de juego comunes para enfrentarse al resurgimiento talibán, al igual que en 2001 cuando se tardó más de dos años en lograr que las fuerzas de la OTAN-ISAF ampliaran su zona de despliegue más allá de Kabul. Y por otro lado, Washington insiste en llevar a cabo políticas ineficaces como la erradicación de la amapola que sólo consiguen acercar la población local hacia la insurgencia.
Ha llegado la hora de que la comunidad internacional desarrolle una nueva estrategia para Afganistán. El enfoque de esta estrategia debe ser asegurar el apoyo de la población contra la insurgencia talibán. Esto significa invertir más recursos en las zonas más inestables del país y elaborar una estrategia regional con Pakistán en el punto de mira
Bush, también. Pero no ha sido el único. Durante treinta años Occidente ha confiado en que los militares convertirían a Pakistán en un país fiable. Y tras todo este tiempo, Pakistán se ha convertido en el país más peligroso del mundo. Todo lo que decía de Irak antes de la invasión era perfectamente aplicable a Pakistán: armas de destrucción masiva, santuarios terroristas y escuelas de Al Qaida incluidos.
Desde el golpe del general Zia Ul Haq, coronado por el ahorcamiento del presidente Zulfikar Alí Bhutto, padre de Benazir, los militares paquistaníes han gobernado en alianza con los islamistas que, desde entonces, no han dejado de radicalizarse. En la guerra fría, los militares se presentaron como aliados de EE.UU. Pero ellos siempre tuvieron su propia agenda. No era la caída del comunismo ni el restablecimiento de la democracia lo que les interesaba, sino la transformación de Pakistán en una superpotencia. Su obsesión ha sido Cachemira; sus aliados, los fundamentalistas; y su único enemigo, la India. En la dinámica de su propio juego -tan olvidados por todos nosotros- el control militar directo de Afganistán les parece esencial para dotar a su país de «profundidad estratégica». El Ejército ha sido el único dueño del juego por más que, de vez en cuando, cediera parte del poder a algún partido. Benazir gobernó en 1988 y 1993, pero ni se le pasó por la imaginación recortar el poder del Ejército, que seguía a lo suyo entre Afganistán y Cachemira. Los militares protegieron a los talibán con Benazir en el poder y Bill Clinton mirando hacia otro lado. Apenas veinticuatro horas antes del asesinato de la mujer que decía que ahora sí se iba a acabar con ese peligroso juego, «The New York Times» contaba que los 5.000 millones de dólares de ayuda militar concedida por EE.UU. a Musharraf para combatir a Al Qaida y los talibán se habían gastado íntegramente en hacer frente a la India. Musharraf, sí, ha sido un aliado de EE.UU., pero ha gobernado con el apoyo de islamistas radicales y ha mantenido incólume la agenda política del Ejército paquistaní, a la que nadie quiere echar un vistazo. Por puro pánico, probablemente.
El año 2007 deja, aparentemente, una herencia muy agradable. Por un lado, nuestro PIB por habitante, en paridad de poder de compra (PPP), ha superado al de Italia, una nación que se sienta en el muy influyente G-7. Por otro lado, llevamos ya años con un PIB global superior, también en PPP, mayor que el de Canadá, otro miembro del G-7. Por tanto, reunimos todas las condiciones, como país industrial, para sentarnos en un grupo de importancia grandísima. Si no se logra, se debe a una defectuosa política internacional. Por otro lado, España supera ampliamente los 45 millones de habitantes. De los treinta miembros de ese club de las naciones económicas más importantes del mundo que es la OCDE, España ocupa por su volumen demográfico, el puesto noveno.
Sin embargo, ya a inicios de 2007, la OCDE hizo severas advertencias sobre la necesidad de que se cambiase nuestra política económica, en su Informe sobre España (Mundi Prensa, 2007). No se hizo el menor caso, y eso ha motivado que en el panorama económico hayan aparecido, encadenados, los siguientes episodios, dentro de una situación que en álgebra se denomina de función implícita: 1) Una caída en la competitividad de nuestra economía; 2) Como consecuencia, un más que alarmante déficit por cuenta corriente; 3) Derivado, un fuerte endeudamiento exterior, que 4) es amenazado por incrementos notables en los tipos de interés; 5) Un crecimiento muy fuerte de los precios coadyuva a empeorar lo anterior; 6) Así se genera una distribución más desigual de la renta; 7) Para rebajar el malestar social que esto provoca, se busca amparo en un aumento del gasto público; 8) Pero para que esto no origine déficit, se aumenta la presión tributaria; 9) La subida de los precios energéticos oscurece aun más el panorama; 10) La ausencia de una buena realidad en I+D+i empeora la productividad total de los factores; 11) La rigidez del mercado del trabajo y, adicionalmente, la repercusión de la inflación en salarios y pensiones tiende a crear una inflación inercial que complica aun más la competitividad y ayuda a hacer más desigual la distribución de la renta; 12) La subida de los tipos de interés provoca, además, una crisis en la industria de la construcción, mientras declinan, al no ser competitivas, ramas importantes de la industria transformadora; 13) Una fuerte inmigración, sobre la que se va a proyectar una creciente tasa de desempleo, tendrá fuertes tentaciones para conseguir fondos gracias a acciones criminales; 14) La crisis del Estado del Bienestar, avanza con celeridad tanto en pensiones como en asistencia sanitaria y en desempleo.
2007 fue, pues, un año que ha dejado una herencia escalofriantemente peligrosa. Deshacer ese auténtico «nudo de víboras» exige energía, paciencia y suerte, porque en el enmarañado panorama económico internacional, una crisis general -y nadie serio niega esta credibilidad- puede complicarnos aun mucho más las cosas.
No me refiero a ese programa soporífero en el que Punset, auxiliado por un catedrático de astrofísica de una remota universidad australiana o un meteorólogo de Groenlandia, divaga sobre las «evidentes» conexiones entre la mecánica cuántica, el amor cortés y la alopecia galopante que tienen como sustrato incontrovertible los kacras y el tantrismo posmoderno.
Con lo que sueño, desde mi lejana y tierna infancia, es con la red de la canasta. En mi colegio, el Alfonso VIII de Plasencia, no teníamos ese preciado suplemento, sin embargo en La Salle, uno de nuestros más temibles rivales, si disponían de redes y, así, jugar en su campo era, al mismo tiempo, un reto y una fiesta. No es lo mismo (parece un estribillo de Alejandro Sanz) meterla, valga esta palabra tan erotizada, en un aro mondo y lirondo que en otro que acoge el esférico con mimo y elegancia, tanto visual cuanto sonora. Porque las redes son tanto un punto de referencia óptico cuanto uno de las mayores fuentes de placer acústico que he experimentado jamás. Mi hermano Javier habló, en su maravilloso libro El clavo solitario, del sonido de la cinta de embalar que para un galerista de arte es la pura panacea; para un jugador el suave «tras» de la red es la cima del éxtasis. Luego todo es epilepsia y bailoteo, felicidad sin explicaciones. Todos los que hayan jugado en una portería desnuda de redes conocen la frustración y, sobre todo, las discusiones post-metafísicas de si entró o no entró la bola. Yo he jugado al voleibol e incluso al tenis con una deprimente cuerda, ansiando que llegara el día del partido oficial para que los nudos y la trama aportaran toda la belleza y solemnidad que el deporte requiere. Aparecían unos ancianos con cara de pocos amigos y colocaban tan preciado material en las porterías o las canastas y las retiraban con idéntico mimo para guardarlas, eso me imaginaba, en un cofre con siete llaves.
Descubrí, hace años, un sitio mágico: la Cordelera Manchega, situada en la Calle Maratines, una cuesta por la que paso con mucha frecuencia sobre todo camino del Reina Sofía. A través de un ventanal contemplo, casi hechizado, a un sujeto que, con una paciencia infinita, anuda redes con un único instrumento: la llama de una vela. Es, no exagero, una de las experiencias estéticas más intensas que esta ciudad perforada regala sin ninguna pretensión. Tan mágico es el «acontecimiento» que mi enfermiza curiosidad ha sido refrenada. No me he atrevido a entrar en ese espacio que adquiere, para mí, una dimensión mítica. ¿Este hombre solitario y tenaz hace una red para cada partido o repara las que han sido mancilladas?¿Es acaso el resto poético de una práctica artesanal que algún nostálgico subvenciona para que el misterio no se pierda? En cualquier caso lo que está trenzándose ahí es parte de los anhelos de todos, tanto de los nerviosos jugadores cuanto del público vehemente. Ni siquiera la red podrá recoger el júbilo cuando el balón penetre ahí. La inmensidad del deseo deportivo tiene un límite que es un dibujo geométrico y aéreo.
Un revés. La bola da en la red y cae, milagrosamente, muerta en el campo del contrincante. Punto y perdón. Un trallazo entra por la escuadra, el cuerpo del arquero dibuja una filigrana inútil mientras las redes se tensan. El triple vuela en busca de su hermoso destino. Es normal que los jugadores de baloncesto victoriosos decidan, a la manera aborigen, cortar las redes y convertirlas en el más estrafalario de los collares. Seguro que algún delantero se ha llegado a arropar con ese horizonte de sus obsesiones. Para el portero es, ciertamente, el espacio de las pesadillas donde solamente se entra cabizbajo a cumplir el penoso rito de recuperar la pelota. Abro las Variaciones sobre el pájaro y la red de José Ángel Valente y me encuentro con un relato del Mohadara: reclinó un hombre su cabeza sobre una almohada y se puso a componer mentalmente unos versos cuando fue despertado por Abdalá el de Morón que le recriminó que no dormía sino que componía versos. «Levanté yo entonces mi cabeza y le dijo: «Y ¿de dónde te has sacado eso?». El me respondió: «Porque te he visto en sueños anudar una red». Las palabras son la precaria red de los deseos, el límite de ese desvelo que, en ocasiones, se llama deporte.

domingo, 30 de diciembre de 2007

EDITORIALES: Mucho más que un error de Zapatero/ En defensa de la familia/ La Bolsa, en el escenario de la crisis/ La fe de nuestros padres(Lectura


Mucho más que un error de Zapatero

UNO de los dos errores que reconoció Zapatero en su comparecencia del pasado viernes fue el pronóstico que hace un año hizo sobre la evolución del «proceso de paz» con ETA, vaticinando que 2007 sería mucho mejor que 2006. Más que un error de percepción, aquella opinión voluntarista expresaba el fracaso absoluto de la principal apuesta política de Rodríguez Zapatero para la legislatura, pues al día siguiente -hoy hace exactamente un año-, ETA reventaba la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas y asesinaba a dos ciudadanos ecuatorianos, Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate. Sin embargo, aquel atentado estaba incluido en la lista de riesgos o «accidentes», así los calificó el propio presidente del Gobierno, del proceso de negociación, por lo que ni fue una «deslealtad» de los terroristas ni canceló el diálogo con ETA.
En efecto, para ETA el proceso de diálogo con el Gobierno tenía un contenido político que había sido preparado en las conversaciones iniciadas desde 2002 por el Partido Socialista de Euskadi con Batasuna y formalizadas entre ETA y el Gobierno desde 2005. Nunca fue un verdadero proceso de abandono de las armas, sino de transacción política, que también tuvo sus contrapartidas por parte del Gobierno. Si, como dijo Zapatero después de la revocación de la tregua, el diálogo con ETA terminó cuando los terroristas plantearon objetivos políticos, los contactos con los terroristas no debieron haber durado ni un minuto, en vez de los cinco años que ocuparon, pues en el mismo comunicado de anuncio del alto el fuego -el 22 de marzo de 2006- ya advertían de que su tregua debía desembocar en un proceso de autodeterminación. Por tanto, el error de Zapatero no fue sólo el pronóstico del 29 de diciembre de 2006, sino toda su apuesta por un final negociado -más que dialogado- de la violencia de ETA, a caballo de una permanente tergiversación de los hechos para confundir a la opinión pública sobre la realidad de lo que estaba sucediendo. El Gobierno minusvaloró el rearme de ETA, llegó a negar la relación de la «kale borroka» con la organización terrorista, discutía hasta el matasellos de las cartas de extorsión, calificaba como «consumo interno» actos públicos de intimidación y parecía no reparar en la gravedad de las amenazas que ETA iba acumulando en sus comunicados.
El atentado de Barajas tampoco supuso el cierre del proceso de negociación, lo que permitió a ETA saber que, con muertos sobre la mesa, también era posible el diálogo. Un diálogo que incluyó, a pocas semanas de las elecciones autonómicas, un «consenso» para colar parte de las listas de la izquierda proetarra, mediante una aplicación mutilada de la ley de Partidos Políticos con la que el Gobierno pretendía cubrir el expediente ante la opinión pública y no romper el «proceso» con ETA. Ahora se explican, guste o no al Gobierno oírlo, las presencias del PCTV en el Parlamento de Vitoria desde 2005, y de ANV en los ayuntamientos vascos y navarros desde mayo de 2007. Al final, en efecto, ETA rompió la tregua, pero no porque el Gobierno no hubiera hecho cesiones, sino porque éstas eran insuficientes y porque a ETA le parecía el momento oportuno para reanudar su estrategia puramente violenta, después de haber cosechado suficientes estragos entre los demócratas y el Estado de Derecho -blindaje de Otegui, excarcelación de De Juana-, de haber vuelto a las instituciones y de haber radicalizado al nacionalismo vasco en su conjunto. De anunciarnos un 2007 mucho mejor que 2006, hemos pasado a un horizonte de terrorismo a largo plazo.
El atentado de Barajas no fue el punto de inflexión que habría merecido la democracia española en la lucha contra ETA. El Gobierno no recuperó el consenso con el PP, ni volcó el Estado de Derecho contra la izquierda proetarra; siguió especulando con la negociación y ocultando a la opinión pública lo que estaba haciendo. Por eso, Rodríguez Zapatero no tiene derecho a culpar al PP por no haberle apoyado, pues todo lo hizo al margen y con desconocimiento de la oposición y, además, con la intención de hacerle imposible al PP el respaldo por el que ahora se lamenta. Lamentablemente ya no es suficiente la palabra del presidente del Gobierno para convencer a los ciudadanos de que, si gana en 2008, no habrá más diálogo con ETA.


En defensa de la familia

ESTÁ previsto que centenares de miles de personas asistan hoy en la plaza de Colón al gran encuentro en defensa de la familia cristiana, convocada por el Arzobispado de Madrid. La movilización de múltiples sectores de la Iglesia y la notable repercusión social de los actos programados hacen prever un gran éxito para una convocatoria abierta a todos. La familia es el núcleo moral de la sociedad, y no es extraño por ello que aparezca una y otra vez como la institución más valorada por los españoles, según todas las encuestas. En el ámbito familiar tienen su sede principal los afectos más profundos y la solidaridad que dignifican la condición humana. Es lógico, por tanto, que las políticas laicistas tengan como objetivo básico relativizar el significado de una institución que mantiene por su propia naturaleza unos principios ajenos al egoísmo individualista y a la confusión interesada de valores. La convocatoria de hoy no va dirigida contra nada, ni contra nadie, sino a favor de una realidad multisecular que necesita ser reafirmada en nuestro tiempo. Es notorio que la legislatura que ahora termina está marcada por una doctrina laicista que ni siquiera comparten todos los sectores de la izquierda. La ley del matrimonio homosexual y el llamado «divorcio exprés», así como la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía, no suponen -como pretende el presidente del Gobierno- la ampliación de supuestos «derechos sociales», sino que ofrecen una versión ideológica de la vida que rechazan sin rodeos muchos millones de ciudadanos. Las recientes investigaciones sobre prácticas infames en materia de interrupción voluntaria del embarazo han roto también el tabú sobre el aborto, en el marco de una nueva llamada a valorar como merece el derecho a la vida desde su origen, indudablemente anterior al nacimiento.
ABC, entre cuyas señas de identidad figura de forma inequívoca el humanismo cristiano, ofrece hoy un despliegue informativo sobre los actos previstos en la capital de España. En una larga entrevista , monseñor Rouco Varela manifiesta con razón que la familia es «la gran explotada, la gran víctima de la sociedad». Prudente en las formas, pero con toda firmeza en el plano doctrinal, el arzobispo de Madrid deja bien claro cuál es el mensaje de la Iglesia sobre estas materias, fundamentales para la conciencia individual y colectiva. Existe una gran expectación ante las palabras del Papa Benedicto XVI, que constituirán el momento culminante de la jornada. Gracias a esta convocatoria, miles de personas podrán dejar constancia de su firme convicción en que la familia, sin adjetivos ni matices, es la forma de convivencia que expresa los valores humanos en su más alto nivel moral.

La Bolsa, en el escenario de la crisis

LA Bolsa española concluye 2007 año con una subida en su índice más representativo, el Ibex-35, del 7,4 por ciento, una de las más apreciables del continente, sólo superada por la Bolsa alemana, que partía de mínimos tras años de estancamiento, acumulando cinco años consecutivos de crecimiento que han corrido en paralelo a una larga etapa de crecimiento y de aún mejores resultados empresariales. Ha sido 2007 un año complejo para los inversores, sacudidos por la crisis inmobiliaria desde antes del verano y por la crisis de liquidez desatada el pasado mes de agosto como consecuencia de las «hipotecas basura» norteamericanas, que han contaminado el conjunto del sistema crediticio y paralizado los mercados interbancarios. Pese a estos factores restrictivos, los volúmenes de negocio y las operaciones corporativas (opas y salidas a Bolsa) han sido constantes y relevantes. Ocho opas -entre ellas dos tan polémicas como las de Endesa y Metrovacesa- y diez salidas, algunas tan destacadas como las de Criteria e Iberdrola Renovables, revelan vitalidad e interés por los mercados organizados de capitales, pero detrás de tantos intercambios hay luces y sombras, oportunidades y decepciones. De los 35 valores del Ibex, más de la mitad han registrado pérdidas en su cotización respecto a 2006, ya que la subida del índice se debe al comportamiento de Telefónica, un título perezoso durante los pasados ejercicios y poco apreciado por los inversores profesionales, pero que se ha convertido en la estrella del sector en todo el mundo y del parqué español. Con una revalorización del 42 por ciento, Telefónica se echó a la espalda todo el índice y permite un cierre en positivo, pero, descontado el «efecto Telefónica», el año no ha sido bueno y la tendencia para el próximo ejercicio tampoco lo es. A favor están unos resultados empresariales excelentes: los 35 del IBEX tienen beneficios apreciables, con la única excepción de Sogecable, que anda ahora inmersa en una opa, y todas han repartido dividendos, con una rentabilidad media por ese concepto del 3,4 por ciento, unas décimas por encima del año anterior.
Pero uno de los indicadores más relevantes es el PER, que mide la relación entre el valor de las compañías y sus beneficios: la media del Ibex anda por un multiplicador 14, que no habilita grandes expectativas de futuro, dado el actual nivel de tipos de interés. La Bolsa del año 2008 tiene pendientes dos incertidumbres aún mayores: la primera se llama sector constructor e inmobiliario, y la segunda, más importante, se refiere al sector financiero, cuya crisis de liquidez aún no ha tocado fondo y puede deparar sorpresas de magnitud imprevisible. Los efectos de desconfianza en el sector financiero son contagiosos y desalentadores. La etapa del dinero fácil, barato y abundante ha concluido y el nuevo paradigma financiero, aún por concretarse, no traslada las mejores vibraciones a los inversores, que, al menos durante los primeros compases del nuevo año, actuarán con prudencia y con preferencia por la liquidez.

La Tercera: La fe de nuestros padres (Lectura para agnósticos)

VASILI Grossman en su monumental «Vida y destino» escribe que «nada hay más duro que ser hijastro del tiempo. No hay destino más duro que sentir que uno no pertenece a su tiempo». Este sentimiento de bastardía lo padecen muchas personas que se sienten descolgadas por sus creencias y pulsiones confesionales de las grandes corrientes de opinión que hegemonizan la sociedad occidental y que propugnan el relativismo moral, la negación de la trascendencia y nuevas idolatrías que arrumban la fe religiosa otrora vertebradora de los hábitos y usos colectivos. Por esa razón, tiene un enorme valor testimonial y efectivo el reciente libro de Valentí Puig -escritor, periodista e insigne colaborador de ABC- en el que relata lo que él denomina «un retorno». Bajo el título «La fe de nuestros padres. Una reflexión católica para el siglo XXI» (Editorial Península), Puig elabora un relato breve e intenso en el que cuenta cómo abandonó la fe de sus padres -la católica- y de qué modo la recuperó. Pero nada se entenderá de la historia de Valentí Puig si, previamente, no se tienen en cuenta sus perfiles temperamentales y culturales. Para él, «la fe católica y la joie de vivre suman» afirmación que, desde el principio, sitúa su experiencia espiritual en un plano alegre y vital, alejado de la umbría semántica tan al uso en los relatos de esta naturaleza.
A Valentí Puig -que vive en la plena madurez vital, equidistante de la juventud y de la senectud- le ocurrió como a muchos: «En la adolescencia me alejé de Dios y de la Iglesia por un acto de oscura rebeldía. Puse en duda la Iglesia, la fe y, de repente, decidí que Dios no existía. Tomaba un café en un bar de Palma. Encendí un cigarrillo. Había alcanzado una ilusoria independencia radical, frente a la familia, a la educación religiosa, a las formas de sociedad. Por tanto, Dios no existía (...) Me negué a apadrinar sobrinos en la pila bautismal. No fui a misa. No rezaba. Fui, en suma, un conformista cuando todo había comenzado por una inconformidad». Estas sencillas palabras -lineales, sin adornos- dan cuenta de un abandono -conformista según el autor- a partir del que fue dándose cuenta de la certeza de la conclusión de Henri de Lubac en «El drama del humanismo ateo» según el cual «no es verdad que el hombre, aunque parezca decirlo algunas veces, no puede organizar su vida sin Dios. Lo cierto es que sin Dios no puede, a fin de cuentas, más que organizarla contra el hombre». Puig asume este apotegma de Lubac y sostiene con una sinceridad desgarradora y natural que «yo deserté de Dios cómodamente, con una impunidad vergonzante. Volvía a la irresponsabilidad del punto cero y sin sentimiento alguno de culpa».
No desvelaré con más citas el contenido extraordinario de este libro que es, sin duda, un texto que, aunque en la naturalidad de un relato personal, ha debido producir al autor no pocas dudas y confusiones y, seguramente, un acto de valentía personal al plantarse desde su joie de vivre -Puig es escritor, pero también gastrónomo respetadísimo, viajero infatigable, culto de modo exhaustivo y sin amaneramientos, liberal y conservador sin afectación y moderado por naturaleza- con una religión que establece todo aquello que el siglo XXI quisiera clausurar: la exigencia en el vivir, la asunción de interdicciones morales y éticas y que permite -Valentí Puig lo demuestra- un margen amplio para el debate y la crítica, sin vincular la fe al fetichismo pedestre de algunos sectores, ni a la militancia religiosa en una especie de beligerancia ideológica que se encona en lo político y en la política.
Puig regresa a su pasado recordando con una frase entrañable a sus progenitores: «Mi madre vivía en un mundo de amor y mi padre aspiraba a ser justo», para añadir, quizás como corolario de esa expresiva descripción, que «hacer experimentos con la familia altera y debilita la naturaleza de las sociedades abiertas». El autor, al desgranar en ocho capítulos los avatares de su conversión, exuda libertad intelectual, no hay en sus proposiciones rigidez dogmática de ningún género y, en una revolera brillante y oportuna, desafiando así «el duro destino de no pertenecer a su tiempo», lanza la cita de Chesterton: el catolicismo «salva al hombre de la degradante esclavitud de ser un hijo de su época». Y esta es la cuestión: creer, creer religiosamente, en la fe católica ¿es liberador u opresor? ¿atrapa la conciencia o la libera? La respuesta de Valentí Puig es evidente: piensa, con Chesterton, que la fe -aquella que nos trasmitieron nuestros padres, deshabitada de ornamentos y cachivaches- emancipa al hombre y lo libra de lo que Miquel Porta Perales, en la recensión del libro de Puig (ABCD de las Artes y las Letras. Del 22 al 28 de diciembre de 2007), denomina «discursos emancipatorios».
Para el crítico catalán estos discursos emancipatorios «ensangrentaron el mundo durante el siglo XX ante la irrelevancia y el bajo perfil de lo posmoderno que nos rodea, ante la falta de valores sólidos y la dictadura ideológicamente correcta del soi-disant progresismo que nos invade, ante el rebrote de viejas y el rebrote de nuevas sectas que aspiran a convertirse en la fe del futuro, ante el vacío que se percibe cuando lo sólido se desvanece (...)». Concluye Porta Perales -y le secundo en la sugerencia- que «este es un libro de provecho no sólo para los creyentes sino también para los agnósticos». Quizá no es el momento de la agonía unamuniana -esa pelea interior entre la fe y la increencia que hace gemir al autor bilbaíno-; tampoco el de oponer la fe católica -con lo que conlleva de moralidad distintiva- con actitudes defensivas y victimistas. Es el tiempo de recuperar el discurso sereno del relato de Valentí Puig que es el de la naturalidad, el que contiene todos los elementos que hacen humana la fe y la convierten en una energía expansiva. Todo ello desde -tengo que insistir- ese «gozo de vivir» (esta vida no sería necesariamente una «mala noche en una mala posada» como advertía Santa Teresa que veía a Dios «entre los pucheros») que provoca una satisfacción íntima, profunda, en los intersticios del alma que alcanza un más allá tranquilizador y generoso.
Hoy en Madrid se celebra una concentración multitudinaria en defensa de la familia, convocado por la Iglesia española. La jerarquía eclesiástica y las diversas organizaciones que apadrinan este acto no precisan -lo comprobaremos- de apoyos políticos ni de acompañamientos partidistas. Se trata, desde luego, de un encuentro público confesional, católico, pero abierto -así debe ser- a tantos cuantos se sienten «hijastros de su tiempo», desplazados porque determinados valores en los que se cree padecen de un desgaste social, cultural e ideológico que los está deteriorando y, sobre todo, desacreditando como vigente para ésta contemporaneidad. Leer en esta tesitura a Valentí Puig procura un sosiego moral sustantivo porque su «La fe de nuestros padres» contiene cuanto precisa el discurso confesional al día de hoy -sencillo, abierto, natural- y explica la compatibilidad radical de creer, ser coherente con la fe y el disfrute de una vida feliz, solidaria y con sentido de la trascendencia. Puig ha ofrecido, en definitiva, una lección de semiótica a una Iglesia cuyo relato ha perdido la lozanía querecupera este mallorquín irónico, culto e hijo de su tiempo que es nuestro autor.
JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS
Director de ABC

FIRMAS:


Mi SMS que no recibirán
ANTONIOBURGOS

CONVIENE de vez en cuando ir contra corriente, como el salmón. Si el salmón no fuera contra corriente, río arriba, tendría el interés de un jurel o una pijota, ninguno, y no estaría estos días en las mejores mesas, con sus alcaparritas y su huevo duro troceadito. Pregúntenme lo que quieran de ir contra corriente, que tengo hecho un máster contra el aborregamiento general. Y aplicando sus enseñanzas, como me declaré enemigo en su día de los zapatos de rejilla y de los calcetines blancos, o de los platos cuadrados en los restaurantes, o de los camareros vestidos de negro, o de la tomadura de pelo de la nueva cocina, ahora soy objetor de todas las cosas absolutamente inservibles que vienen en el teléfono portátil que nos costó carísimo y que valen para todo, menos para hablar de viva voz con la gente. Nos compramos u obtenemos por acumulación de puntos unos teléfonos («terminales» dicen los cursis) que, menos café, hacen de todo.
-Pues no desespere usted, que creo que Telefónica tiene en estudio un nuevo móvil que no sólo hace café, sino que el hijo de la gran puta te pregunta si lo quieres solo o con leche; teléfono que, ya lo verá usted, es estrictamente la leche.
Venía diciendo que soy de los raritos que usan el teléfono sólo para hablar por teléfono, no para sacar fotos de la nieta y dar con ellas el coñazo al prójimo como quien le obliga a ver el vídeo de su último crucero por las islas griegas. Soy de los raritos que no usan el teléfono como cámara, ni como agenda, ni como magnetófono, ni como almanaque. Y mucho menos como máquina de expedir ese horror de las presentes Pascuas de Navidad y Reyes que es el SMS. En mi vida he puesto un SMS. Estoy hasta por ponerlo en mi curriculum y en la solapa de mis libros: «Es hijo adoptivo de Cádiz y en su vida ha puesto un SMS». Y no lo crean mérito. Es torpeza. Admiro la destreza de los chavales que con una sola mano te escriben El Quijote y la Epístola Moral a Fabio con las teclillas como lentejitas del teléfono portátil.
-¡Qué optimista es usted! Los chavales no pueden hacer esas cosas...
-¿Porque no dominan bien las teclitas como lentejas?
-No, hijo mío; porque no tienen ni zorra idea del Quijote y mucho menos de la Epístola Moral. ¿Pues no que uno de ellos, en un examen, preguntado por Quevedo, ha contestado que es el personaje de una novela de espadachines de Arturo Pérez Reverte?
Pues aunque no sepan que el tiempo muere en nuestros brazos, y ellos se lo pierden, admiro a los chavales su destreza en escribir tonterías y enviarlas a los amigos mediante SMS en las presentes Pascuas y Nochevieja. Y bien que me gustaría, la verdad, aguzar el ingenio y tener destreza en estos trabajos manuales de los mensajes cortos sobre los tacones y el conejo, para desearles a todos mis lectores, pero de un modo personalizado, muy Felices Pascuas de Navidad y Reyes y un 2008 completamente Virgen de Fátima...
-¿Cómo un 2008 completamente Virgen de Fátima, qué es eso?
-Sí, de «por lo menos como estaba, Virgen de Fátima».
Y me encantaría poner en esos textos todas las contradicciones del sistema, con la brevedad de los anónimos redactores de estos grafiti de las nuevas tecnologías. Decirles, por ejemplo, que cómo es posible que el Gobierno proclame continuamente que la economía va de cine y que nuestro bolsillo esté cada día más de película de terror, entre las hipotecas y el subidón de los precios. Que cómo es posible que una televisión privada, a la hora de celebrar los 70 años de Su Majestad el Rey, le haya obsequiado en vez de con una tarta de 70 velas, con 70 malas puñalás te den con las insidias sobre su biografía. Que cómo es posible que en esta sociedad, cada vez más antinorteamericana y más proislámica, el que esté en alza sea Papá Noel, más yanqui que la Coca Cola, y que los Reyes Magos de Oriente, que son puritita Alianza de Civilizaciones, anden de capa de armiño caída. Den, pues, por recibido esos SMS que nunca escribiré. Mensajes tan proliferados y atosigantes que hasta me hacen creer que los Reyes Magos no son Melchor, Gaspar y Baltasar, sino Movistar, Vodafone y Orange.



El último destrozo
IGNACIOCAMACHO


ES como Demolition Man. No deja en pie nada que funcione. Destruye consensos políticos, estabilidades territoriales, armonías sociales, pactos de convivencia, arquitecturas de Estado. Pero hasta ahora mantenía a salvo ciertas infraestructuras básicas; aunque no construía otras nuevas, al menos no se cargaba las existentes. Pues bien, como digno colofón a su mandato liquidacionista, Zapatero está a punto de destruir uno de los pocos elementos de vertebración estructural que quedaban a salvo de contingencias: el prestigio y la eficacia del AVE, orgullo de las comunicaciones españolas y, oh casualidad, la obra magna del legado felipista.
Cuenta para la tarea con la colaboración preciosa e inestimable de Magdalena Álvarez, esa ministra-bulldozer capaz de devastar cualquier cosa en la que ponga las manos. No hay equilibrio que se le resista ni sistema que soporte su ímpetu destructor. Conoce todos los modos y resortes para extender el caos, no sólo a los proyectos de nueva planta, sino incluso a cualquier mecanismo u organización que marche razonablemente. Fracasa en lo que hace y arruina lo que ya está hecho. Nunca falla: su potencial aniquilador, su vigor descacharrante y su energía zapadora son universales, íntegros, ecuménicos e incontestables.
Juntos, Zapatero y Magdalena están logrando lo que parecía incluso fuera de su alcance. En quince años de funcionamiento, el AVE se ha comportado de manera absolutamente fiable. Puntual, rápido, seguro, infalible, ejemplar. Pues bien, en pocos días, y mediante esfuerzos de precisión demoledora, el Gobierno ha conseguido abatir el pájaro de acero a perdigonazos de ineficacia, y convertirlo en un albur de estropicios, retrasos y averías. Lo asombroso es que no sólo han sembrado el desorden y la confusión en las nuevas líneas de Málaga y Valladolid, inauguradas con manifiesta precipitación y sin respetar los preceptivos períodos de prueba, sino que han extendido los fallos al impecable servicio entre Madrid y Sevilla, que llevaba tres lustros sin registrar el más mínimo problema. Un récord.
No deja de resultar significativo que la última gestión (?) de este Gobierno haya sido la puesta en cuestión del más preclaro símbolo de la etapa felipista. Zapatero ha desarmado a conciencia todo el entramado institucional urdido por González para cerrar la Transición mediante pactos de Estado. Ha quebrantado los consensos básicos de política antiterrorista, asuntos exteriores, memoria histórica y solidad territorial. Y ahora, como broche final, desbarata el crédito del AVE, hundiendo su contrastada fama de solvencia y efectividad en una precipitada aventura de improvisaciones y urgencias. El presidente ha cerrado el mandato como lo empezó, con un empeño concienzudo de revisionismo estéril. Su mandato ha sido el de un anti-Midas de la democracia: todo lo que ha tocado lo ha echado a perder. El mal lo ha hecho bien y el bien lo ha hecho mal; por eso acaba solo, como un niño rodeado de los juguetes que él mismo ha roto.

Demandas
JONJUARISTI

HACE ocho años, tras la ruptura de la penúltima tregua/trampa de ETA, un señor llamado Gerardo Markuleta Gutiérrez -de profesión, al parecer, escritor eusquérico- publicó un artículo en la edición vasca de un diario de tirada nacional, insinuando que podía caber cierta responsabilidad en dicha ruptura a algunos intelectuales vascos caracterizados por su intolerancia al nacionalismo. El único nombre que mencionaba de ese supuesto grupo era el mío, y me atribuía de paso ofensas al eusquera, que se guardaba de concretar.
Era uno más entre los numerosos ataques que, en idéntico sentido, se me dirigieron esos días desde el ámbito nacionalista. ¿Motivo? Haber sostenido que la tregua era un engaño y haber predicho con bastante aproximación cuándo la romperían. Gerardo Markuleta no pecaba de original. Lo que me preocupaba del artículo no era tanto su contenido -se limitaba a señalar, como los demás, una posible cabeza de turco, supongo que para que alguien la incluyera en su agenda-, sino el medio en el que había aparecido. Las otras denuncias venían, como era de temer, de emisoras y publicaciones abertzales. El artículo de Markuleta había sido publicado por un respetable diario en cuya sección (nacional) de opinión yo solía colaborar. Llamé al director de la edición vasca para comunicarle que ejercería mi derecho de réplica. Este, con quien me unía una antigua amistad, admitió que le habían colado un gol, y me pidió encarecidamente que no contestara a la provocación. Accedí al ruego, pero decidí en ese mismo momento marcharme para siempre del País Vasco, en vista del apoyo que podía esperar de los que se decían mis amigos.
Poco después tuve un pequeño rifirrafe con un periodista del nacionalismo que algunos califican de moderado. Durante la tregua había publicado varias columnas contra mí. Lo más suave que me imputaba era deplorar el fin de ETA, porque me hundiría el chiringuito (sic). Aguanté una larga sucesión de insidias semejantes, hasta que no pude seguir callado y, además de acusarle de señalarme como objetivo a la banda -pues qué otra finalidad podían tener afirmaciones como que yo era parte de un plan ZEN-, le llame «basura», de lo que me arrepiento, porque me parece casi un halago. No perdió un minuto para ponernos una demanda, a mí y a Fernando Savater, que había secundado mi acusación. Nos pedía un millón de euros de indemnización por barba. Perdió la demanda y el recurso, y además, según escribió, la confianza en la justicia española, lo que es mucho perder para un nacionalista vasco.
Años después conté el episodio de Markuleta en un libro de memorias. Seguía sin saber quién estaba detrás de ese nombre. El único Marculeta escritor que me sonaba era un pornógrafo antisemita, pero, sin duda, no era el mismo: escribía bien en castellano. Me permití un pequeño chiste -obviamente, de mal gusto- a propósito del apellido, del que dije que era «quizá un seudónimo de Marc Culet, pederasta de Gandesa». Diente de leche por ojo, en todo caso. Don Gerardo Markuleta me demandó por injurias ante un Juzgado de Vitoria, exigiéndome una indemnización de sesenta y pico mil euros. En principio, me alivió que el sentido nacionalista del honor herido hubiera bajado tanto de precio. Me sorprendió, sin embargo, que don Gerardo Markuleta hubiese eludido la posibilidad de demandarme por alinearlo con la banda mediática abertzale que pedía mi testa a quien pueden ustedes figurarse, en noviembre de 1999, y se agarrase, en cambio, a una sospecha de injuria tan improbable. Me recordó, en fin, aquel chiste argentino que recoge Borges (cito de memoria): «Sepa usted que su esposa, con el pretexto de trabajar en un burdel, hace contrabando de género».
Los pleitos son largos y enojosos («tengas pleitos y los ganes», dice la maldición popular), pero terminan. Esta semana me ha llegado la sentencia, que desestima la demanda de Markuleta y le impone los costes. El año no termina mal, aunque, para cierto tipo de valoraciones, el 29 y 30 de diciembre sean fechas gafadas por quien yo me sé. Toco madera.

Réplicas con éxito

¿Se acuerdan del museo Guggenheim de Bilbao? Bien, esta magnífica obra de la arquitectura moderna se ha convertido en la fórmula perfecta para atraer turistas y visitantes. Por eso, el New York Times recogía entre sus páginas cómo la ciudad de Roanoke, en el Estado de Virginia, ha decidido emular la vistosa fachada de la ciudad del País Vasco en su recién inaugurado Museo del Arte del Oeste, valorado en 66 millones de dólares. Según explicaba el filántropo Jim Hackney, «Bilbao ha abierto realmente los ojos de todo el mundo gracias al Guggenheim». Como ven, no sólo a los chinos les da por replicar maravillas arquitectónicas.
Al otro lado del Atlántico, The Guardian recoge la noticia sobre el seminario «para curar la homosexualidad» llevado a cabo por el sacerdote protestante Marcos Zapata. La cabecera inglesa, que atendió a uno de los cursos impartidos por Zapata, pone de manifiesto cómo el Gobierno regional gallego investiga actualmente al cura, mientras organizaciones en defensa de los homosexuales planean acciones legales.
Dejando las salidas del armario a un lado, parece que nuestros primos italianos también podrían comenzar a contagiarse del «poliamor», es decir, un nuevo concepto que anima a mantener relaciones afectivas con varias personas a la vez pero sin casarse. Al menos así lo recogía Il Corriere Della Sera, que además hacía una encuesta al respecto. De momento, cierta cordura sigue reinando entre los italianos, a los que, de momento, eso de compartir pareja no parece convencerles: un 65 por ciento votó en contra de este nuevo concepto amoroso.
En Francia, Le Monde se hacía eco de la polémica sobre las clínicas de abortos ilegales en nuestro país y titulaba: «Los adversarios del aborto se movilizan de cara a las elecciones españolas». El rotativo galo hablaba sobre la movilización convocada para hoy en Madrid y destacaba que el 97 por ciento de los abortos en nuestro país se realizan en clínicas privadas. Por supuesto, la cabecera también aseguraba que los centros privados acusan al Gobierno de «haberles abandonado a su suerte» en lo que a este delicado tema se refiere.


Puertas al campo

Concluye el año ominosamente. Fuera de España, el asesinato de Benazir Bhutto anticipa borrascas terribles, cuya naturaleza no sabemos todavía estimar. Es obvio que ha cambiado la lógica por la que se rige el mundo y que andamos a ciegas, como queriendo medir, con los pulpejos, el tamaño de algo que es enorme y que no se parece en absoluto a las cosas que con las que estábamos acostumbrados a rozarnos. Al tiempo permanece vívida, obstinada, una sensación, o mejor, el sentimiento de un contraste. Yo enunciaría ese sentimiento así: mientras el mundo se pone serio, nosotros nos ponemos lelos, tontos de capirote.
Resulta imposible repasar el sainete nacional, sin que a uno se le suba el pavo, como en esos sueños en que se pasea en cueros frente a una multitud. Los trenes de alta velocidad se atascan, porque se han puesto a rodar antes de tiempo; un juez estrella invierte sus criterios procesales sin que medie una explicación; el PNV prepara la independencia del País Vasco, mientras Cataluña la amaga y exige, a modo de reparación temporal, sólo temporal, el lenitivo de más inversiones. Parece que nos hubiera picado un tábano, y que, excitados por la punzada, no se nos ocurriera nada más inteligente, ni más decoroso, que bailar el claqué. Bailarlo hasta la extenuación, con un canotié festivo encajado en lo alto de la cabeza.
El espectáculo es tan grotesco, que alguna gente sesuda ha decidido decretar que se trata de un espejismo. Intentaré reproducir el laborioso ejercicio mental que desemboca en este diagnóstico. Se constata, correctamente, que la democracia viene durando en España más de un cuarto de siglo. Se advierte, correctamente también, que hemos ganado posiciones en lo económico, al extremo de adelantar a Italia en renta per cápita. De ahí se deduce que hemos conseguido ser un país serio. Y por tanto, que no es posible que nos estén ocurriendo los accidentes que nos descalifican como eso, como país serio.
Pero los accidentes, ¡ay!, son reales. En consecuencia, no somos un país serio. Comprobaremos, pronto, lo que nos va a suceder por no serlo.
Padecemos cuatro debilidades altamente preocupantes. En primer lugar, se han venido abajo las instituciones. Lo demuestra, dramáticamente, el trance que a la sazón atraviesa el Tribunal Constitucional. Las imperdonables ligerezas del presidente han acelerado la ruina de un órgano muy deteriorado por la presión de los partidos y prácticas políticas poco recomendables, y en absoluto recientes. Se ha ingresado, finalmente, en una fase que cabe tildar de terminal. El Gobierno necesita que el Tribunal condone sus errores. La oposición quiere usarlo para derribar al Gobierno, que no es lo mismo que valerse de él para reestructurar el Estado. Los magistrados, asaeteados desde ambos flancos, son los que con más furia bailan claqué. No anda el patio más arreglado en otros departamentos de la Administración.
La índole territorial de la disidencia pone bajo gravísima amenaza la unidad del país. Y quien dice «país», ha de decir también «economía», y no sólo economía. Será interesante observar, por cierto, lo que le sucede al partido que no forme gobierno.
A todo esto sucede -y entramos en el tercer capítulo- que tanto el PSOE como el PP se han encasquillado, en la acepción que recoge el DRAE. Se dice que un arma se ha encasquillado, cuando no funciona por haberse salido de su sitio un cartucho. La ruptura del consenso, desorbitada por la alianza contra natura del Gobierno con fuerzas secesionistas, ha suspendido, de modo indefinido, cualquier política que merezca el adjetivo de «nacional». Sin horizontes ni recorrido, los partidos se están dedicando a lo que el macho de la mantis religiosa, después de que la hembra le haya devorado la cabeza: a ejecutar, ciegamente, el actor procreador, que vale en este caso por ganar las elecciones. Culminar la tarea es importantísimo para los interesados. Pero está por ver qué utilidad va a reportar a los votantes.
Llegamos así a lo más doloroso de todo: la inopia de los ciudadanos. Se nos está preparando un futuro que nadie quiere sin que, al parecer, el personal termine de darse por aludido. Los historiadores indagarán las causas de esta irregularidad en hechos acaso remotos. Yo tengo que ser aquí más prosaico. Zapatero rehusó asumir responsabilidades políticas tras el naufragio de las negociaciones, y no se levantó un clamor exigiéndole que se comportara como lo que es: el presidente del Gobierno. ¿Cómo poner ahora puertas al campo?

La furcia estaba en celo

No hace un mes todavía desde que Hugo Chávez fue derrotado en referendo por los venezolanos y fuimos muchos los que nos alegramos del tropiezo del tirano. Nos precipitamos. Antes de su derrota Chávez había recibido dos duros golpes desde fuera de Venezuela. La bien sabida frase del Rey de España y el revés del presidente colombiano, Álvaro Uribe, que lo dejó sin papel en Colombia, donde intentaba alzarse como libertador de numerosos secuestrados -por razones políticas- en aquel país. Uribe apostó y ha perdido a pesar de tener razón para intentar cortar la intervención de Chávez. Porque Chávez no es un mediador entre las FARC y el Estado colombiano. Chávez es un aliado de la guerrilla que comercia con los secuestrados e intenta hacer avanzar su causa política bolivariana en Colombia.
En este mes se ha gestado una gran tragedia política en Colombia. Porque lo que se ha producido es un cambio dramático por el cual el Gobierno de Uribe se ha visto deslegitimado por otros gobiernos americanos que han apoyado la injerencia de Venezuela en la política doméstica colombiana. La presencia de Néstor Kirchner y los delegados de otros presidentes amigos de la revolución bolivariana en este proceso de entrega de secuestrados, que se ha ido demorando en el tiempo a mayor gloria de su protagonista, es uno de los ejemplos más vergonzosos de manipulación de la opinión pública internacional. Y quizá una de las cosas más graves sea que junto a Gobiernos previsibles en esas materias, como el de los Kirchner en Argentina, el de Ortega en Nicaragua, el de Morales en Bolivia o el de Correa en Ecuador, esté el de Nicolás Sarkozy. Que el presidente de la República francesa esté legitimando la actuación de Chávez es trágico.
La única lección verdaderamente práctica que podemos sacar de esto, una vez más, es que con Chávez toda alegría es prematura. Para el futuro nos conviene a todos recordar los versos de Bertolt Brecht en los que advertía que debíamos contener la alegría ante la muerte del tirano porque la furcia que lo había engendrado estaba de nuevo en celo. Aplíquese la metáfora al caso que nos ocupa.

El Ibex se apunta al negro

El Ibex es uno de esos clubes exclusivos que sólo admite socios que cumplen requisitos exigentes. Cuenta con una treintena de miembros fijos y una decena que entran y salen. Y de todos ellos hay media docena que acumulan dos tercios del volumen del conjunto, de manera que tenemos un Ibex6, otro Ibex25 y un tercero, casi irrelevante, Ibex de 4 a 8.
Todas son empresas de cabecera en sus respectivos sectores que marcan pauta y tiran de las demás o son punto final del trabajo de otras muchas compañías. Del desempeño de Telefónica, de los grandes bancos o de las energéticas con dimensión o de las grandes constructoras y concesionarias, dependen, aguas abajo, muchos otros negocios y empleos. Durante los últimos cinco años las cuentas de las empresas de ese selecto club han sido entre buenas y muy buenas. Sólo un aguafiestas, Sogecable, ha sido tenaz en presentar resultados negativos en esa última y determinante línea de la cuenta de resultados que se apellida beneficio. Resultados crecientes en todos los epígrafes: ventas, generación de fondos, inversión y beneficios finales. Y también en dividendos.
Año tras año los crecimientos de estas grandes empresas han sido de dos dígitos, por sus negocios locales y especialmente por su expansión al exterior, por una internacionalización que ha convertido a bancos, constructoras, eléctricas... en multinacionales competitivas en América y en Europa y, pasito a pasito, en Asia.
Y el próximo año no será peor que los anteriores, salvo catástrofes por llegar que no son previsibles. Aunque alguna prensa británica tenga dificultades para entender la competencia de la banca española, superior, tecnológicamente y en gestión de riesgos a la británica, especialmente en banca comercial, esa es la realidad. Y lo mismo sirve para algunos otros sectores, como demuestra, por ejemplo, Iberdrola en Escocia.
Que las tres principales escuelas de negocios de matriz española cuenten entre las diez más importantes de Europa no es casual ni deja de tener consecuencias en la capacidad gerencial y de gobierno corporativo de las empresas españolas. Y eso se traduce en capacidad para adaptarse a entornos más o menos favorables, para gestionar costes y riesgos y para defender buenos resultados.Probablemente lo mejor de la España actual es la capacidad empresarial, la solvencia de sus grandes empresas, insuficientemente acompañadas por una influencia política, académica y cultural que no está a la misma altura. Felipe González se quejaba, años después de la incorporación de España al proyecto de la Europa unida, de que la realidad social y empresarial no acompañaba, ni reforzaba la posición política. Ahora ocurre lo contrario, la posición política no refuerza las estrategias empresariales. Lo demuestra el caso Endesa, tan mal gestionada por el Gobierno, y también el caso Repsol, insuficientemente apoyado en sus posiciones americanas, lo cual obliga a sus gestores a negociar apoyos foráneos para defender su independencia e integridad.
En cualquier caso, lo probable es que los resultados de las grandes empresas en 2008 sean tan brillantes como en 2007.

No es una tasa, es un impuesto

La verdad es que este año los Reyes le van a dejar un buen regalo a algunos. Ya sabe que cuando usted compre un teléfono móvil, un ordenador, o un lector MP3 pagando con dinero suyo de su propiedad, por el que ya ha cotizado sus correspondientes tributos, tendrá que pagar también el IVA, lo cual es algo a lo que estábamos acostumbrados, y ahora además el nuevo impuesto de la Sociedad General de Autores de España, el impuesto SGAE. Lo quieren llamar tasa y tal vez fue una cosa así cuando solamente afectaba a una gama de productos limitada y especializada, como la máquina fotocopiadora, pero ahora ya se ha convertido en algo masivo, porque los productos a los que afecta son de uso universal. El teléfono móvil, por ejemplo, (se les ha olvidado el fijo, por el que discurre la línea ADSL, a través de la que pueden llegar eventualmente descargas ilegales) es ya de un uso tan generalizado que ya no se puede llamar tasa. Eso sólo puede considerarse como un impuesto con todas las letras. Creo que lo que ha propuesto el Partido Popular de retirar este impuesto es lo correcto y si no, deberían hacerlo los tribunales, porque el Estado no puede establecer un impuesto del que se benefician entidades privadas. A mi me suena que eso es poco consistente desde el punto de vista legal.
Ya sé que se ha escrito mucho y mucho mejor que en esta columneja sobre el particular, pero no quisiera dejar de contar una pequeña anécdota familiar: desde tiempos inmemoriales y hasta mi abuelo materno, don Francisco Gabás Mora, mi familia se había dedicado a la cría de animales de trabajo, caballos y mulas. Un buen día llegó el tractor a los campos de Huesca, y mi abuelo perdió su negocio. ¿Debería haber reclamado una tasa de compensación a los compradores de tractores o debería haberse dedicado él mismo a la nueva tecnología? Pues que se apliquen el cuento. Hay artistas de talento que han mandado al cuerno a las disqueras, gestionan sus creaciones a través de le red y se prodigan en conciertos en directo. Otros, más ingeniosos, dan su nombre a una colonia y la venden a buen precio. Y no veo que les vaya tan mal.

ZP, ¡el cambio ya está aquí!

AHORA sí que sí. Se ponga como se ponga la ministra de Vivienda, Carme Chacón. Y, por supuesto, el presidente del Gobierno. El cambio de ciclo ya está aquí. Ya se siente. Al menos eso es lo que deducen los expertos inmobiliarios ante la cantidad de cifras del sector que están haciéndose públicas a ultimísima hora del año.
Allá van algunos de estos datos, aún calentitos, de esta misma semana. Uno: El Euribor, tipo al que se conceden la mayoría de las hipotecas en España, cerrará previsiblemente diciembre alrededor del 4,8%, con lo que retoma la tendencia al alza, interrumpida por los descensos de octubre y noviembre, después de acumular dos años de continuas subidas. Dos: Los visados de viviendas nuevas cayeron un 23% en los diez primeros meses del año, según los datos del Colegio de Arquitectos que publica el Ministerio de Fomento, que atribuye este descenso a la fuerte caída de los visados para viviendas unifamiliares, que casi llega el 40%. Y, tres: El precio de la vivienda usada registró un descenso del 2% en Barcelona y del 0,3% en Madrid durante 2007, la primera caída desde 2000, según el informe anual del portal «idealista.com», que analiza una muestra de 43.255 viviendas de segunda mano en Barcelona, Madrid y Valencia, y que indica que la ralentización del sector iniciada en el segundo semestre de 2006 ha dado paso en 2007 a las primeras caídas de precios que «confirman el fin de un ciclo».
Y ante estos datos concluyentes, ¿qué dice la ministra del sector? El caso es que, mientras para la mayoría de los entendidos, de aterrizaje suave de los precios de la vivienda, nada de nada, la ministra Chacón sigue en sus trece y afirma, por ejemplo, que las caídas de más del 23% en el volumen de visados de obra nueva en los últimos meses «tienen que ver», al igual que el menor crecimiento de los precios, con un «ajuste suave y moderado» en el mercado residencial. Cada uno a lo suyo. ¿A quién creer entonces? Yo, de momento, como creo en los Reyes, en este caso concreto en los «Magos», pues voy a ver si en mi carta de este año les pido un cambio de Gobierno. Sí, así, por si cuela. Por cierto, ¡Feliz 2008 a todos!


Alierta y Botín ya lo saben
POR CRESO
La incorporación de Manuel Pizarro y Javier de Paz al consejo de administración de Telefónica ha tenido numerosas lecturas, casi todas en la misma dirección: la política (cuestión de blindajes ante las próximas elecciones y cosas así). A muy pocos se les ha ocurrido pensar que el presidente de la operadora, César Alierta, esté buscando auténticos «cerebros grises» para elaborar la hoja de ruta de la compañía para el año que viene. Los analistas empiezan a coincidir en una idea: 2008 va a ser, por fin, el año de las fusiones transfronterizas. La situación de los mercados -con muchos de los «actores» notablemente infravalorados por culpa de un castigo bursátil excesivo debido a la crisis «subprime»- hace que la oportunidad la pinten calva. Las acciones de Telefónica han subido más del 42% en 2007, con lo que se supone que su papel debería ser el de comprador. En el proceloso mundo de las ofertas de compra, sin embargo, no existen las verdades absolutas; ningún presidente puede estar seguro, al cien por cien, de que no se va a encontrar un día, encima de su mesa, una opa hostil. Ante esta posibilidad, Alierta ha fichado al mejor defensa central que había en estos momentos en el mercado de invierno. Es probable que no tenga que recurrir a la experiencia que Pizarro ha acumulado en Endesa durante la que ya constituye «la madre de todas las opas». Pero por si acaso, no está de más tener preparada la artillería.
La jugada del «killer» También andan en el Santander dando vueltas a próximos movimientos corporativos. La crisis «subprime» ha puesto a tiro a bancos que hasta ahora parecían inalcanzables. Emilio Botín, que es un «killer» de las finanzas, ni siquiera se plantea la posibilidad de dejar pasar la ocasión. Sólo le falta fijar el objetivo y dar el salto hacia una nueva galaxia financiera formada por no más de cinco bancos internacionales.
Caixa solidaria La Caixa está teniendo un final de año muy movidito, pero, sobre todo, solidario. Al acuerdo pactado recientemente con los sindicatos sobre conciliación laboral y personal para sus ya más de 24.000 empleados, ha añadido su oferta de productos sociales con el lanzamiento de un innovador depósito de ahorro a plazo que permite a los clientes financiar con los intereses de sus ahorros la acción concreta que escoja de entre cuatro proyectos sociales de diferentes ONGs. En concreto, los intereses que se generan se destinan a cuatro proyectos solidarios de ayuda en Zinbawe, Mozambique, Chad y Bolivia.
Así, el actual presidente de la caja catalana, Isidro Fainé, continúa con el mismo espíritu conciliador y solidario que mantuvo durante años su predecesor, Ricardo Fornesa, al frente de La Caixa. Finalmente, Fainé ha logrado alcanzar un protocolo de conciliación muy favorable para sus empleados, que además fomenta el principio de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres, un asunto que siempre ha preocupado, y mucho, en La Caixa. De hecho, en 2005, Fornesa había solicitado la acreditación de la entidad y su Obra Social en el Programa Óptima del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, una iniciativa que viene desarrollando el Instituto de la Mujer con el objetivo de impulsar la Igualdad de Oportunidades entre mujeres y hombres en las empresas a través del desarrollo de Planes de Acciones Positivas.
Por tanto, los empleados de la caja catalana disfrutarán, entre otros nuevos derechos, de flexibilidad en los horarios de entrada y salida; ampliación de los permisos de maternidad, paternidad y lactancia y de otros permisos retribuidos, y la mejora y ampliación de los supuestos de excedencia, así como del establecimiento del derecho a la «reserva de cargo» para el cuidado de personas dependientes.
Como dato significativo, recordar que desde 2003, aún con Fornesa al frente de la entidad, la plantilla se ha incrementado en más de 2.000 empleados, de los que alrededor de un 60% son mujeres, lo que posiciona la entidad como una de las empresas que ha generado más lugares de trabajo estable en España. Y creciendo... no olviden que tiene pendiente la oferta de compra por la división de banca privada «retail» de Morgan Stanley, lo que engordaría en breve la plantilla. Unos empleados que obtendrían los mismos derechos conseguidos por los que ya están. Si los empleados «en venta» de Morgan entran a formar parte o no de la plantilla de La Caixa se sabrá el 7 de enero, un día después de la llegada de los Reyes Magos... ¡menudo regalito para algunos si así fuera!
Premios a los abogados Hace tiempo, cuando aún no se sabía quién iba finalmente a quedarse con Altadis -dos eran los principales candidatos: Imperial o CVC- me contaban que Gareth Davis, consejero delegado de Imperial, siempre había sabido rodearse de buenos abogados para hacer buenas operaciones. Para sacar adelante esta oferta sobre la hispano-francesa, Davis llamó a unos expertos en opas: Allen & Overy (A&O). Un despacho en el que los abogados no son precisamente unos auténticos desconocidos, sino todo lo contrario. Íñigo Gómez-Jordana, que dirige el equipo de A&O Madrid, junto a Juan Barona, además de haber asesorado a Imperial Tobacco en todos los aspectos de esta opa ha participado en otras operaciones de igual o mayor calado. De hecho, intervino en la adquisición de Scottish Power realizada por Iberdrola (17.235 millones de euros); asesoró también a Iberia en su venta y reinversión en Amadeus (4.000 millones de euros); a Mediobanca en la adquisición de un importante número de acciones en Endesa; a 3i en la anunciada adquisición de Acciona Airport Services; a JP Morgan en su inversión junto con Doughty Hanson y Mercapital en Continental Auto; a Mercapital en la venta de United Surgical Partners. Como ven experiencia no le falta, y tampoco en el sector que nos ocupa, ya que asesoró en la compra de Commonwealth Brands (cuarto fabricante de cigarrillos de EE.UU.) por valor de 1.470 millones.
No es de extrañar pues que el despacho de abogados haya acaparado recientemente el protagonismo en la celebración anual de las mejores prácticas jurídicas organizado por la revista británica Legal Week, al recibir tres premios: «Firma Internacional de Abogados del año»; «Equipo de Derecho Financiero del año»; y Alan Paul, socio de Allen & Overy como «Abogado del año».


2008, un año de oportunidades

Si atendemos a los pronósticos, todos coinciden en que en el 2008 se verá confirmada la desaceleración de la economía española. Y casi todos subrayan que puede ser mayor de la prevista por la incertidumbre de no saber aún el calado real de la crisis «subprime» y sus consecuencias. Y que aún así las mayoría de las empresas seguirán presentado buenos resultados; y que la Bolsa subirá, selectivamente por supuesto, como este año; y que la inflación seguirá alta; el petróleo por las nubes; el dólar débil y los tipos inciertos. Un panorama que dibuja a 2008 como un año lleno de oportunidades para los mejores y repleto de trampas para los débiles. Porque el mundo empresarial sigue vivo y pide movimientos. A unos, por la heridas de la crisis; a los otros, porque en tiempos de turbulencias es cuando afloran oportunidades claras.
Larga lista de movimientos
La lista de los movimientos corporativos en España para este agitado 2008 es larga. Compras,absorciones, fusiones, ventas parciales para tapar agujeros... Los protagonistas más señalados son la BME de Antonio Zoido -candidata clara a una fusión transfronteriza-; Antena 3, con renovados rumores de nuevos socios; Abertis, de compras; Acerinox, objeto claro de deseo; Criteria, de compras; la Caja Madrid de Miguel Blesa amarrando Iberia; REE y Enagas, una pareja posible para una boda anunciada; Gas Natural y Unión Fenosa, una unión natural, con el permiso de ACS y La Caixa; Telefónica, lista para seguir creciendo, eso sí, al estilo Alierta.
Inmobiliarias a precio de saldo
Movimientos obligados en una atribulada Colonial, hundida en Bolsa y necesitada de aire fresco, más allá del precipitado relevo de Luis Portillo por Miguel Velasco en la presidencia; ACS, con Florentino Pérez y sus socios los March y los Albertos dispuestos, como una piña, a cumplir todos sus planes; Indra, posible presa; Gamesa, lo mismo; Iberdrola, con Ignacio Galán en plan figura; Endesa, en la que se nota la poca química entre José Manuel Entrecanales y Enel y con Rafael Miranda desaprovechado; FCC, que busca compras y algún socio de postín tras aumentar Esther Koplowitz su participación; el BBVA de Francisco González, presa o cazador; Bankinter, con Société bien sujeta por los Botín ; Popular, eterno cortejado, pero con Ángel Ron dispuesto a que sea comprador; NH, posible opado, Telecinco, con cambio de socios; Sacyr, con Luis del Rivero convencido de ganar en Eiffage, pase lo que pase; Repsol, con buenos socios pero necesitado de nuevos aires, y ahora puede; el Santander de Emilio Botín, siempre comprando y que puede dar otro buen bocado a algún gigante herido por la crisis de las «subprime».
Buen pronóstico para la Bolsa
Mientras la Bolsa española cierra al alza por quinto año consecutivo, aunque con mucho menos brío que en los años pasados. Para el próximo año muchos analistas vaticinan subidas en torno al 10%, aunque recomiendan ser muy selectivos. Apuntan a los valores y sectores con posibles movimientos corporativos y a banca, energía y construcción-inmobiliarias, algunas duramente castigadas. En banca pronostican movimientos propiciados por una inconclusa reorganización doméstica y transfronteriza, impulsada por la crisis «subprime» que ha dejado muchos tocados, incluidos algunos gigantes -Citigruop, UBS, RBS, HSHC- que ahora también pueden ser presas.
Mayores incertidumbres
Y para la economía española todos los pronósticos rebajan el crecimiento, con cifras que oscilan entre el 2,5 y el 3,3 % de aumento del PIB. Los precios seguirán desbocados, en el entorno del 4% hasta al menos el tercer trimestre; el Euribor se moverá en niveles similares al actual, con los tipos de interés con ligeras variaciones, con un BCE lleno de dudas. El dólar se moverá en el entorno de 1,4-1,5 por euro; el petróleo en una horquilla entre 70 y 100 dólares/barril. Pronósticos para 2008 que coinciden en las tendencias, aunque con matices. Lo que si está claro es que en tiempos de incertidumbre es cuando los mejores se distinguen de los mediocres y malos. Y como se decía antiguamente: Próspero año. Para todos.

La droga, los «guays» y los «estupendos»

Sensibilización. Esa es la clave que acaba de dar el Congreso de los diputados, tras dos años de estudio, para luchar contra la lacra de las drogas en España, que tantas voluntades anula, tantas vidas se cobra y tantas familias destroza. A buenas horas, mangas verdes. Hasta los años sesenta, la droga era poco menos que patrimonio de artistas e intelectuales de éxito, fundamentalmente extranjeros, aunque el marcado nacional también daba algún que otro espécimen.
La incipiente progresía universitaria de la época, modelo «estupendo», que siempre ha ido de intelectual y de artista, tomó la bandera de «socializar» la cultura y en el paquete incluyó la droga como símbolo de libertad. Empezaron con aquellas festividades casi clandestinas de San Canuto, de exaltación del porro, hasta que llegaron a promocionarlo desde las propias instituciones que se decían progresistas, con aquella «boutade» de Tierno de «a colocarse y al loro». Y luego el caballo se desbocó. De aquellos porros vinieron esos loros y de aquellos polvos, estos lodos. España es una de las principales puertas de entrada de drogas en Europa, además de uno de los países con más consumidores, y con el agravante de que la clientela cada vez se engancha más joven, casi de niños. Ha alcanzado a todas las clases sociales y se ha «etiquetado» por categorías. El porro casi se ha universalizado, las pastillas, junto con el alcohol, se han generalizado como cursillo de iniciación entre una adolescencia y una juventud que flojea en educación, formación y valores; la cocaína sigue siendo el maná de los que ejercen de estupendos y la heroína se ha quedado, para los muertos vivientes, meta de muchísimos de los que empezaron probando un porro por aquello de la modernidad y el loro.
Ahí están las estadísticas: más del 90 por ciento de los «zombis», comenzaron su suicidio a plazos con el hachís. En estos tiempos de demonización del tabaco, se da la paradoja de una creciente «divinización» del hachís, cuando está más que probado que contiene un centenar de sustancias, incluso, más tóxicas que las del tabaco. No nos engañemos, las drogas son, fundamentalmente, un gran negocio de multinacionales mafiosas, en torno a las cuales se mueven billonarias cantidades de dinero en divisiones de productores, elaboradores, transportistas, distribuidores y blanqueadores, con una importante y peligrosa delincuencia asociada en todos los niveles. Macabro capitalismo puro y duro, que además no paga impuestos. Ni un atisbo de progresía.
Ante este panorama, parece que sólo quedan dos soluciones. Legalizarla y abordar el asunto como un auténtico problema de salud pública, integrando todo el proceso -desde la producción hasta la dispensación por prescripción facultativa- en un sistema riguroso y controlado por la Administración. Este modelo arruinaría el negocio de las mafias, y, muerto el perro, se iría acabando la rabia, dicen algunos. El problema está en quién le pone ese collar al perro, porque el Sistema Nacional de Salud, que invocan sus señorías, está para sanar y salvar vidas, no para enfermar y matar usuarios, consecuencia final del consumo de estupefacientes.
La otra solución parece que pasa ineludiblemente por invertir mucho más en Policía y, sobre todo, en educación. Y, desde luego, endureciendo las condenas por esos y penalizando con rigor la apología de la droga. De poco valen las costosas campañas de «sensibilización», si luego, en medio minuto, cualquier comediante de un famoso «club» televisivo tira con insistencia -para regocijo de imbéciles- de la recurrente y siempre simplona gracieta del porro y la «rayita». O desde la propia Radio pública se premia el «divertido» epitafio de un fulano que se había muerto contento, feliz y risueño gracias a la marihuana. ¡Jo, que guays!

La voluntad de Hillary

AL contemplar a Hillary Clinton en el inicio de la dura y larga batalla de las primarias que decidirán si será la candidata de su partido a la Casa Blanca, no puede uno menos que recordar los últimos sesenta años -que es la edad que tiene la aspirante demócrata- de la historia aquel país, seis decenios que, en cierto modo, se someterán al veredicto de los ciudadanos en las elecciones presidenciales.
Hillary Clinton nació (1947) en una de las etapas más eufóricas de la vida de aquel país, los años que siguieron al final de la segunda guerra mundial, para algunos «el momento más grande de embriaguez colectiva que haya conocido la historia de los Estados Unidos». Sueño efímero, porque pronto empezaron los riesgos apocalípticos de la guerra fría y la locura nuclear. A partir de ahí, medio siglo que iba a desembocar en la mayor masacre terrorista de la historia, la de las Torres Gemelas, con aterradoras perspectivas hacia el futuro.
Y entre los días de vino y rosas de la victoria sobre el totalitarismo en Europa y Asia, y los del demoledor golpe del fundamentalismo islámico, la humillación de Vietnam, el asesinato del presidente Kennedy y el de su hermano Robert, el asesinato de Martin Luther King y la sangrienta batalla por los derechos civiles, la explosión de la protesta, de la revolución sexual y la escalada de las drogas de los años sesenta, la conmoción moral del Watergate que le costó la presidencia a Nixon, el derrumbamiento del comunismo como un castillo de naipes sin que nadie lo hubiera previsto, una guerra en Irak y, como colofón, una guerra en Afganistán y otra en Irak, que han oscurecido aún más el futuro.
Hillary Clinton quiere ser la primera presidenta de los Estados Unidos en doscientos dieciocho años de historia, y para ello afronta esa institución peculiar de la democracia norteamericana que son las primarias, en las que las bases de los partidos eligen al candidato al margen de las camarillas que los dirigen. Es como si aquí dijéramos ni Ferraz, ni Génova, sino la voluntad popular. La candidata ha demostrado ya un claro sentido de la realidad al recabar la ayuda de su marido, Bill Clinton, quien un día la humilló con una relación sexual «inapropiada» (fue la expresión utilizada por el presidente en su confesión final).
Clinton ha sido uno de los mejores presidentes norteamericanos, cuya gestión política fue aprobada por el setenta por ciento de la población aún en los peores días, los que coincidieron con el proceso abierto por el fiscal Kenneth Starr para destituirle.
El error de Al Gore fue, por puritanismo y sentido moral frente a un compulsivo mujeriego, rechazar la ayuda de Clinton, gran estratega electoral, en su campaña, y eso le costó la derrota ante George Bush, por quinientos treinta y siete votos en Florida, en las elecciones de 2000.
El apoyo de su marido puede ser decisivo para la senadora por Nueva York a la hora de conseguir la nominación de su marido frente a Barack Obama, un fenómeno en alza.
La batalla de las primarias, en las que sólo pueden votar los miembros registrados de cada partido, va a ser apasionante.
En las elecciones de 1992 Bill Clinton puso fin a doce años de hegemonía republicana. Ahora se trata de neutralizar los ocho años de Bush, al que ni Gore, ni Kerry, supieron frenar. Casos como el de Ángela Merkel, Michelle Bachelet o Cristina Fernández reafirman la voluntad de la mujer en llegar a las cimas del poder. Hasta ahora, la Casa Blanca ha estado cerrada para ellas, y sólo hace diez años que Madeleine Albright consiguió ser, por designación de Bill Clinton, la primera mujer que llegara a gestionar la política exterior del país desde el Departamento de Estado.
Lo que ahora está en juego es la presidencia de los Estados Unidos, el mayor foco de poder del mundo.

Estas fiestas...

UN año más llega la Navidad. A mi mente acude ese villancico exacto, precursor de nuestro destino: «La Nochebuena se viene, la nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más...» Por más que digan las teorías de la reencarnación no, no volveremos más, al menos en este cuerpo que me conoce como ser adulto y la tristeza dejada en el aire por el villancico, tiene algo que ver con esta derrota final del cuerpo, por más que creamos en la otra vida.
Como siempre al menos aquí, en Madrid, hace frío, mucho frío, también sol, y las calles engalanadas y con sus luces, multicolores, o al menos encendidas, al caer la tarde, conocen un trasiego inusual de gentes que van y viene desaforadas, en tropel, recorriendo las vías urbanas, llenando los comercios, taponando las entradas por carretera a la capital, como todos los años por estas fechas. Igualito que si regalaran algo. Pero no sólo no regalan, sino que los precios se han disparados en alimentos típicos de la época como mariscos, cochinillo o cordero. También y esto es lo preocupante suben productos básicos como el pollo o la leche...
Tengo que poner el misterio, para pedirle directamente, aquí en casa, al niño Dios, que la vida no siga encareciéndose, no sólo el euribor de las hipotecas que de nuevo va hacia arriba, al alza, amenazando las economías medias familiares, cuando no la bolsa de la compra.
Anoche pensaba en los seres queridos que se me han muerto: mi madre, mi tía, María Angeles, y unas lágrimas de soledad e impotencia cayeron por mi cara. No es que llore sólo estos días, no es que los recuerdos afloren sólo en Navidad, es que en Navidad el recuerdo se afianza, la orfandad se hace más orfandad y la soledad en forma de infinita melancolía... muerde tu alma.
Si fuera posible verlos, charlar con ellos unos minutos, pero no, tienes su cara aún esculpida en ti, eso te salva, y si no está la fotografía para traerte los contornos de ese paisaje tan amado, que es su efigie, su cuerpo, su sonrisa, su boca, sus ojos. Y el páramo frío de la Navidad se va cubriendo de rostros amados, y los interiorizas de nuevo y están en ti, como siempre, y parece que no ha pasado el tiempo, el año, los años... y vences a la densa niebla de la muerte con el recuerdo alado de sus vidas, de sus caras, con su solo recuerdo.
Navidad, mesa más y más vacía en la Nochebuena, pero no, yo haré que este año, como siempre, estemos todos juntos, como si no hubieseis partido, como si aún estuvieseis aquí, a mi lado, para pasar unidos la noche luminosa del Nacimiento del Redentor, vosotros también habréis nacido y así todos juntos cantar, con una media sonrisa los villancicos sabidos, especialmente uno, sí, ese con el que comenzábamos el artículo, no sin cierta ironía y que, a pesar de todos los pesares, nos ayuda a sobrevivir: «La Nochebuena se viene, la nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más...».

La voz de su amo

La que se montó el otro día, en el Congreso, por el tema del canon, ha sido lo más parecido a un castillo de fuegos artificiales con más petardo que bengalas. El petardeo lo pusieron los de siempre. Con la cabeza embotada de leyes, y la corbata por espíritu, animaron la carga de un impuesto con el que van a seguir trincando. Además de sumar ceros, a la derecha y a cuenta del prójimo, el propósito del citado impuesto es despertar el mercado negro que por otro lado persiguen, dándole así trabajo al policía que duerme bajo su piel. Aquí todo el mundo es sospechoso aunque se demuestre lo contrario. De seguir con tales cuidados, pronto subirán la gasolina alegando que es posible que se coja el coche para ir a comprar los cedés.
El argumento que desenvainan a la hora de aplicar el citado impuesto es tan flojo como la batuta que lleva uno de los recaudadores. Parece ser que, por culpa de los adelantos de la ciencia, el artista se arruina. Tócate esa que anda por ahí abajo. Ahora resulta que los espejos no multiplican las imágenes y que el invento de la Internet es un atraso para que circule la expresión artística. Y sólo pagando impuestos, los espejos dejan de restar y los artistas abandonan la sordidez biliosa de los cuartos de alquiler para entrar en los Selectos Cielos del Arte. Y cuando el calor apriete, se sumergirán en una piscina con forma de riñón donde una sirena les dará de mamar la espuma de su bendita leche. Chúpate esa.
Fue Marx el profeta de barba blanca que vino a llamar plusvalía al trabajo no remunerado. La cosa tuvo su mérito, pues agarró a ese tal Ricardo y le dio una vuelta de guante, convirtiendo así el currelo en el verdadero valor de la cadena productiva. Desde esta imagen, la clase trabajadora se ha ido dejando el pellejo en una montonera de luchas. Y ahora, unos renacuajos hinchados como sapos a punto de irse de varilla nos vuelven a dejar el guante como estaba, y utilizan el estropajo que tienen por seso para borrar el concepto de plusvalía que dejó el profeta, el mismo por el que la disidencia ha luchado durante años. Ahora el trabajo no remunerado ya no es asunto de los que trabajan, ahora es asunto aplicable a unas sociedades de gestión, que llaman, alimentadas por sociedades anónimas que mastican todo lo que se echan al diente. Ahora resulta que la plusvalía es la remuneración por lo no trabajado. Y todo esto lo aporta una mal llamada izquierda que con su trasero envejece el cuero del Congreso y que, en los tiempos del Isidoro, abandonó la disidencia para inspirarse en ese tal Ricardo que postula la economía clásica. Y como muestra el mojón del mandato que favorece la subida del precio de los cacharritos. Parece redactado por el que hizo el manual de la Santa Inquisición a pachas con ese otro que lleva la batuta como si fuera un atizador de castañas, el mismo que cuando joven se dedicó a profanar al maestro Chueca a ritmo de bacalao. Sí, hombre. Y luego está la oposición, más corta que un percebe chico, oponiéndose a destiempo, y por conveniencia más que por convicciones. Hasta el otro día estaban a favor y ahora suman votos con el regalo.
A título personal, servidor, que también es artista pues hace circulitos cuando orina, servidor está encantado de que sus libros se fotocopien, se armen en tapa blanda y así, de baratura, se vendan en los semáforos del Perú y más lejos todavía. Uno escribe para ser leído. Y, ya que ahora la censura no prohíbe los libros y es el precio el que se encarga de ello, un servidor pide que roben los suyos. Cada vez que un escritor pone un manuscrito sobre la mesa del editor, está pagando un precio por anticipado. Y a cuenta de ese precio se pide un líquido, mal llamado «adelanto», pues no le sigue más dinero. Igual pasa con la música. Hay que tener pensamientos más propios de la London Stock Exchange, y hay que ser más reptil que persona para, en nombre de los artistas, echar mano de la equivalencia ricardiana y subir el precio de los cacharritos.
En resumidas, que no hay que respetar la subida, en todo caso tolerarla hasta que llegue la hora de comprar más barato, fuera de España o donde los chinos. De esta forma, el del bacalao con castañas y la cuerda de chorizos embutidos con leyes y estropajo, seguirán con la monserga, utilizando a los soperones como argumento a cambio de una calderilla que no llega ni para esnifarse las rayas del jersey del Evo Morales. Y los que cantan eso de contamíname, mézclate conmigo, podrán despertar al policía que llevan dentro, suscribiendo decretos para perseguir al negrito que no venda sus discos.


Bhutto elige morir

En su autobiografía, reeditada este mismo año, Benazir Bhutto aseguraba: «No elegí esta vida. Ella me eligió a mí». Esa vida incluía el riesgo de morir de forma violenta en un país como Pakistán, donde la dictadura militar y el fundamentalismo islámico, mano a mano, han tejido la red que atrapa a los paquistaníes. Solía decir que «el terrorismo se alimenta de la dictadura, y a su vez el dictador necesita a los terroristas como pretexto para mantenerse en el poder». Bhutto regresó del exilio para romper ese círculo vicioso, con la ayuda de Estados Unidos, para quien Musharraf es ya más tonto que útil. Del plan concebido para llevar algo de estabilidad a la potencia nuclear más volátil, sólo queda un mal agüero: los zapatos blancos de Benazir Bhutto junto al asiento ensangrentado de su coche.
Sabía que tenía numerosos enemigos. Unos, dispuestos a matarla; otros, a dejar que la asesinaran. «Arriesgué mi vida y vine aquí porque siento que este país está en peligro», dijo a sus seguidores poco antes de morir. Había pedido mayor protección policial para sus actos políticos de estos días. Podía haber renunciado a los mítines, o haberse rodeado de una muralla de guardaespaldas, de un cristal blindado. El jueves, al concluir su discurso en Rawalpindi, podía haberse refugiado en el interior de su coche, saludar por la ventanilla. Pero era de esas personas que cuando toman una decisión, asumen las consecuencias hasta el final; era de las que creen que las propias convicciones merecen el riesgo de asomar medio cuerpo fuera del coche. Eso, por más que ella dijera lo contrario, no es un destino, sino una elección. Benazir Bhutto eligió vivir como creía. Por eso ha muerto sin miedo.

Un necio de reglamento
M. MARTÍNFERRAND

SI todavía conserva usted, amigo lector, un ejemplar del ABC de ayer, corra a buscarlo. Ábralo por la página diez y, si es afecto a las emociones fuertes, pásmese con la extraordinaria fotografía obtenida por Jaime García durante la conferencia de prensa que siguió al último Consejo de Ministros de 2007. Es una pieza singular que habla por sí sola. Una de esas instantáneas que el talento de los redactores gráficos, reforzado con la ayuda de los dioses del periodismo, consigue en raras ocasiones. Más que un magnífico retrato de José Luis Rodríguez Zapatero es un diagnóstico político de hondura. La plasmación de la más hueca vaciedad. Si mi admirado García consiguiera una imagen tan expresiva y didáctica todos los días, los plumillas que emborronamos estas páginas con nuestras opiniones engrosaríamos las listas del paro. Esas que, según el CIS, constituyen el primero de los epígrafes en la tabla de las inquietudes que compartimos como ciudadanos.
Dicho sea con todo el respeto que merece un primer ministro y con el rigor léxico que obliga a la crítica política, Zapatero es un necio. Un necio solemne y de reglamento. Lo es, además, en las tres acepciones que el DRAE le reserva al adjetivo. No sabe lo que debiera hacer, es terco y porfiado en lo que hace y dice y actúa con imprudencia y presunción. Todo eso se sintetiza y resume, con la elocuencia apabullante de la imagen, en la fotografía que comento y que muy bien podría merecer el próximo Premio Mingote.
Esa expresión perdida, machihembrada con una sonrisa autocomplaciente y fofa, es el rostro de una política que, con asombrosa aceptación popular, ha fracasado en todas sus líneas maestras -desde el «proceso de paz» al desbordamiento autonómico- y que, únicamente en lo macroeconómico, tiene valor y admite defensa. El punto en el que, paradójicamente, los ciudadanos se sienten más a disgusto y preocupados. El paro (40%), como apuntaba más arriba, la vivienda (32,9%) y los problemas económicos cotidianos (29,4%) son las tres patas del taburete en que se sientan la incertidumbre y el desasosiego que nos afligen colectivamente. Van por detrás el terrorismo, la inmigración y la creciente inseguridad ciudadana.
La necedad pública suele viajar acompañada del narcisismo político. El necio, siempre distante de la autocrítica, se complace y regocija con sus propias obras y eso le convierte en peligroso. Ya el maestro Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española, naciendo el XVII, nos prevenía, con una cita de Erasmo, que «quanto es mayor el poder, tanto es más dañoso si cae en hombre necio o malo». Malo no se puede decir que sea el hombre, pero necio lo es en tal dimensión que la fotografía de García podría servir para ilustrar el concepto en todas las enciclopedias que reseñen el término. Es necísimo.