viernes, 15 de febrero de 2008

FIRMAS: Ignacio Camacho, Hermann Tertsch, Carlos Herrera, Edurne Uriarte, César Alonso de los Ríos, Antonio Burgos, Jon Juaristi, Valenti Puig,


Con el cartón al aire
IGNACIO CAMACHO

APUNTO de embocar la recta final de la campaña, cuando iniciaban el sprint perfilados con ventaja, los socialistas han pisado a la vez dos cáscaras de plátano y el resbalón les ha dejado maltrechos sobre la pista. Dos patinazos de libro, dos deslices de manual, dos traspiés de pardillo de los que no saben cómo levantarse, porque son de esa clase de errores garrafales que ni siquiera necesitan que el adversario se detenga a amplificarlos. Un micrófono delator y la factura volatinera de un suntuoso despilfarro; parece mentira que a estas alturas, y con tantos tiros dados, dos tipos correosos como Zapatero y Bermejo sean capaces de enredarse en unos tropiezos tan elementales.
Los flamantes asesores del presidente -como no le bastan los 636 de Moncloa ni los siete sabios extranjeros ha contratado a unos gurús nuevos- le pueden ir haciendo escribir cien veces en la moleskine de campaña que los micros cerrados no existen: siempre hay alguien a la escucha. Quizá confiado por la blandura amigable de la charla con Gabilondo, o acaso relajado por su propio soporífero discurso, ZP se relajó a la hora de la confidencia para confesar su propósito de inyectarle más tensión a un debate ya bastante crispado. Ayer, ante Carlos Herrera -hay entrevistas-gimnasia, como hay entrevistas-masaje-, intentó maquillar las magulladuras del resbalón con peteneras retóricas y un diccionario de sinónimos, pero la estrategia de dramatismo sobreactuado ha quedado con el cartón al aire. Ha sido como un gol en propia meta, porque la declaración venía de la mismísima parte contratante.
Claro que para parte contratante, el ministro Bermejo, que licita y ejecuta las reformas de su piso oficial con bastante más celeridad y generosidad que los juzgados de nueva planta. La Casa Pasarela de la Plaza de España debería salir en la portada de alguna revista de decoración, acompañada de las fotos en sepia de la vivienda antes de la dispendiosa turborreforma ministerial. Este reportaje lo guarda, en defensa propia, la anterior inquilina, María Antonia Trujillo, a la que su colega ha tratado como si fuese una okupa cochambrosa y destrozona. El asunto no tiene un pase: no hay código ético o de austeridad que resista un gasto de 250.000 euros en goteras, jardineras de terraza y tapicerías de lujo, y menos en un contexto de hipotecas disparadas y nóminas tiritando. Por eso el locuaz azote de la oposición, tipo duro donde los haya, está insólitamente callado: el tropezón le ha dejado en postura comprometida, y encima ha cometido, torpeza sobre torpeza, el error suplementario de herir la dignidad de una compañera ya resentida por el cese. ZP le envió ayer un mensaje envenenado, tras una estéril defensa tan tibia como imposible: no hay cargo, dijo, más interino que el de ministro. Sobre todo el de ministro descuidado, le faltó añadir; Bermejo no pagará en metálico su derroche, pero puede que el presidente le acabe pasando la factura del apuro en que lo ha metido.
Aunque él no necesite a nadie para ponerse a sí mismo la zancadilla. Es la tónica de esta legislatura y de esta campaña, en las que para buscarse líos no hacen falta los rivales.
Siempre me ha parecido un error de bulto considerar «buenista» a este consumado estratega de la tensión que es Zapatero y que lo es de forma tan abierta. Desde que se hizo con la dirección del partido socialista, nunca ha dejado de cabalgar sobre la provocación, al tiempo que trataba de atribuírsela al «enemigo». ¿Por qué, entonces, algunos se han empeñado en pintarnos un «buenista»? ¿Tal cosa podría haberse predicado de él si hubiera tratado de ocultar su vocación por la confrontación? Porque la verdad es que él ha sido el dirigente que pasó de la teoría de «las dos orillas» de la izquierda a la del frente popular. González nunca salió a la calle de la mano de Carrillo o de Anguita. Él, sin embargo, colocó a su lado a Llamazares desde el comienzo de su mandato y, por supuesto, a comunistas, republicanos y separatistas vascos, gallegos y catalanes... El bloque de 1936. Él tuvo la idea de excavar en las fosas comunes para actualizar los odios de la guerra civil y él ha sido el que ha denunciado la «reconciliación nacional» que permitió la transición para reclamar una segunda versión de esta. Ha reivindicado la paz en Irak para hacer la guerra en casa. Así consiguió ir calentando los ánimos hasta el 11 de marzo. Hay testimonios gráficos y literarios de los doscientos asaltos a sedes del PP y las agresiones físicas a dirigentes «populares». La violencia desatada el miércoles contra María San Gil, justificada por la dirección del PS de Galicia, nos ha remitido a aquellos días terribles de 2004. Los comecuras de hoy se ampararon en los mensajes de paz del Papa para calificar de «asesinos» a los diputados del PP. Son los «ilustrados», agnósticos y laicistas que ahora reclaman la normalización de la eutanasia y el aborto...
¿Cómo se ha podido llamar «buenista» al conductor de tanto energumenismo?
Es lógico que los seguidores de Zapatero nunca hayan querido rebatir la versión «buenista» de Zapatero. Les ha venido bien. ¿Por qué podría perjudicarles que se tomara a Zapatero por una Alicia socialdemócrata? De este modo se disimulaba la figura de este terrible estratega de la tensión.
Recordemos un mitin famoso de la última campaña del actual presidente Bush. No era ni multitudinario ni definitivo, al aire libre, sobre un entarimado provisional, pero fácil de recordar porque las imágenes fueron emitidas una y otra vez por las televisiones españolas y los comentarios en la prensa repetidos hasta la saciedad. Bush vio, allí, detrás de sus seguidores, a un periodista del New York Times y no pudo aguantarse un comentario a quien le acompañaba en el estrado que resultó fácilmente reconocible: «Mira, allí está el cabrón este...». Dios santo, lo que se pudo escuchar y leer sobre el poco respeto del presidente a la prensa. «En España sería impensable», se escribió también. Si el norteamericano tiene mal genio, el comentarista español era un ingenuo a la vista de cómo son y en qué han derivado buena parte de las relaciones del poder con la prensa. Y si queremos juzgar al comentarista español con menos severidad, sólo se podría añadir que, en realidad, aquí no es necesario un exabrupto como el de Bush. En España, el acompañante del gobernante, un tanto despistado, sí podría comentar: «Cuidado con lo que dices que allí está el cabrón este...», pero el gobernante -más experimentado- podría responderle: «Tranquilo, tranquilo, acércate y recuérdale que estamos pendientes de decidir las licencias de radio y televisión... y que es muy complicado todo esto de la publicidad institucional. O, mejor, déjale en paz y recuérdaselo a su jefe».
La regulación española de radio y televisión y la arbitrariedad de las relaciones del poder con los medios de comunicación son una traba a la libertad de prensa que soportamos en la medida en que somos pusilánimes en la defensa de la democracia, que lo somos mucho.
Escuché el otro día la broma de un escritor: «Antes había que afiliarse a un partido; ahora hay que hacerlo a un medio de comunicación». Visto desde dentro, el riesgo -junto al de la falta de educación- es que se borren las fronteras entre el periodismo y la política. No ha habido presidente del Gobierno en España en los últimos decenios que, directa o indirectamente, no haya querido crear o potenciar desde el poder «su» grupo mediático. Ahora se suman los presidentes autonómicos.
La prensa tiene, sin embargo, la posibilidad de zafarse de muchas presiones y cortapisas para ejercer su papel vigilante. No hay dioses al otro lado de las páginas, de los micrófonos o de las cámaras, y a nadie se le puede pedir la utopía absurda de ser «objetivo». Pero sí se puede reclamar, en medio de una maraña política en la que las denuncias tienen más peso que las propuestas, en las que la tensión juega un mayor papel que la pedagogía de las ofertas, la necesaria cuota de honradez. Si hay que elegir entre salirse con la suya (y con los intereses coyunturales) y ser razonable, dice el filósofo alemán Robert Spaemann, la ética del debate público, y de la información, exige elegir el intento de ser razonable. Es decir, huir del dogmatismo y del grito, contemplar las cuestiones candentes con la cuota necesaria de escepticismo e ironía que evita la ceguera, saber que hay cosas sencillas («una noticia es lo que sabemos hoy y no sabíamos ayer», como dicen en la redacción del Washington Post) y otras complicadas que no se pueden obviar: que a veces faltan noticias porque hay quien desea ocultarlas, que a menudo hay noticias que «no nos convienen», que el periodista es depositario de un derecho que es de los ciudadanos, el que tienen a la información y no representa, sin embargo, partidos y políticos.
En 1972, un congreso internacional de periodistas en Roma recordaba otra frase famosa, la de Walter Williams, el decano de la primera escuela de periodismo en Estados Unidos: «no escribas como periodista lo que no dirías como caballero». Cuando no hay caballerosidad en el debate ni en la voracidad pública, no estaría de más que lo hubiera en la prensa.
Cada día estoy más sorprendida de lo listos que son estos señores del Partido Socialista y cómo son capaces de utilizar todos los mecanismos a su alcance para arañar un puñado de votos, desprestigiar al Partido Popular y hasta para darle la vuelta a la tortilla y convertir los malos datos en positivos o, al menos, en menos malos. Si hubieran utilizado esta misma inteligencia para gobernar España estos cuatro años, otro gallo nos hubiera cantado.
El pasado martes, el presidente del Gobierno le confesó a Iñaki Gabilondo, pensando que el micrófono estaba cerrado, que la tensión interesa al PSOE para movilizar a su electorado, e incluso anunció que este fin de semana «iba a dramatizar un poco». De modo que a estas alturas de la película descubrimos que eso de la crispación que tanto se le ha criticado al PP, estaba inducida por el propio PSOE.
Ayer supimos, además, que se han introducido unas modificaciones técnicas en la metodología que se utiliza para medir el paro que sacará de las listas a un número de desempleados todavía sin determinar, pero que sin lugar a dudas servirá para que los datos de febrero, que se conocerán cinco días antes de las elecciones, no sean tan malos. Y no niego que sea una mejora, que la hayan propuesto los técnicos y que las comunidades no se hayan opuesto a su aplicación, pero la realidad es que se pone en marcha en el momento en el que mejor le viene al Gobierno. ¿Es casualidad?
¿Y qué me dicen de cómo utilizan todos los medios a su alcance para hacer publicidad de la gestión del Gobierno socialista y desprestigiar la de los populares? Tras la avalancha de anuncios publicitarios del «Gobierno de España», que ya se ha reducido ligeramente, ahora si viajamos en el AVE, antes y después de la película, nos ponen unos estupendos publirreportajes contando lo bien que lo ha hecho el Ministerio de Fomento de la señora Álvarez, comparándolo además con las irrisorias cantidades invertidas por sus predecesores. Desde luego, los populares en esto de las manipulaciones no les llegan ni a la altura de los zapatos a los «socialistos».

El micrófono maldito
CARLOS HERRERA
UNA de las grandes mentiras de la radio -hay muchas, evidentemente- es la que hace referencia a los micrófonos desconectados. Cuando alguien te dice «no te preocupes, el micro está apagado», te está diciendo una mentira involuntaria: siempre hay alguien que escucha. Bien sea por «previo», bien por «inducción», bien por lo que sea: alguien en el control o en el pasillo se entera de lo verde que estás poniendo a cualquiera. Si ese alguien es discreto la cosa no pasa a mayores. Si es un cabrito, se entera medio país. Los técnicos de radio y televisión podrían escribir libros con los testimonios recogidos de locutores, actores, actrices, presentadores, artistas e invitados en general que, creyendo estar en confidencia con el interlocutor, han soltado por esa boca la sinceridad que han disimulado con la bombilla roja encendida. Afortunadamente, los de la clavija son prudentes, discretos, y dejan para la confidencialidad familiar lo que unos piensan de otros. He contado hasta la saciedad el día en que, siendo yo novato, un técnico tan novato como yo me hizo la señal de tijera -«está cortado el micrófono»- en plena transmisión de una feria local en la que habíamos instalado una pequeña cabina de radio. Animado por el hecho de que nadie me estaba escuchando, este columnista que suscribe empezó a soltar por esa boca improperios de todo tipo sobre la insoportable y/o discutible calidad de la convocatoria, ciscándose en todo bicho viviente y lamentando el tiempo perdido en tan abominable población. Como pueden sospechar, el micrófono no estaba del todo cerrado y tan sólo escucharon mi vómito unas tres cuartas partes de la ciudad, incluidas autoridades. Ya no se trataba de asesinar al técnico: la imprudencia había sido mía. Afortunadamente salí vivo de aquella. Costó, pero salí vivo. Iñaki Gabilondo, que tiene mucha más mili que yo, concluyó su entrevista en televisión al presidente del Gobierno y, una vez desconectado el operativo, coloquialmente le preguntó por sus impresiones personales. Éste, como ya es sabido, respondió con una frase también coloquial -«nos conviene que haya tensión»- que puede no tener trascendencia ninguna pero que también puede tenerla y mucha. Las frases «Off the record» no dejan de ser comentarios no asumibles por quienes creemos en la oficialidad de las declaraciones, pero, sin embargo, traslucen estados de ánimo que a los más comunes les clarifican ímpetus personales. Cuando Rodríguez Zapatero significaba la necesidad de crear tensión, los proclives a creer en su infinita bondad interpretaron que no estaba evidenciando otra cosa que la necesidad de darle emoción a la campaña, tono muscular a su electorado, movilización a sus seguidores. No deja de ser esa la gran preocupación del PSOE, como sabemos: si los mismos votantes que se movilizaron en 2004 -por extraordinarias razones de todos conocidas- se quedan en casa, las posibilidades de volver a ser elegidos menguan notablemente, siendo el primer caso en democracia en que un presidente tiene problemas para renovar su mandato tras su primera legislatura. Por otra parte, quienes más desconfían del supuesto talante de ZP y ven en él a una fiera corrupia -que no digo que no lo sea-, interpretan esa llamada a la tensión como un grito en la selva reclamando crispación, leña, juego sucio, dobermans por doquier y demagogia sin freno. Todo puede ser, no digo que no. Conociendo las prácticas de los socialistas en las muchas campañas que llevamos vividas, sabemos a ciencia cierta que la crispación, aunque sea artificial, les beneficia. Por otra parte, de ser obligatorio el voto en España el PP lo tendría ciertamente mal para gobernar, de ahí que a los estrategas de Ferraz les convenga que no se quede nadie en casa el próximo día nueve. Esa estrategia conocida por todos se hace evidente, mira por dónde, merced a un micrófono maldito que se ha quedado prendido y a una conversación aparentemente sin importancia que mantienen entrevistado y entrevistador. Démosle la importancia justa. Evidentemente, es clarificadora, pero ¿cuántas confidencias dichas por políticos no serían escandalosas si un micrófono inoportuno hubiera estado conectado en nuestras inmediaciones?
¡Ay, la baja frecuencia, qué peligrosa es!
DEBE de sentirse muy impotente la política cuando hace constantes alardes sobre su potencial. ¿Para transformar qué? ¿Para cambiar en qué sentido? Da igual. El precandidato demócrata estadounidense Barack Obama proclama: «Yes, we can» (sí, podemos), mientras Walter Veltroni, ex alcalde de Roma y nueva esperanza del centro-izquierda italiano, asegura que «si può fare» (se puede hacer). Veremos qué pasa, en Estados Unidos los políticos necesitan dinero y en Italia les suele faltar tiempo. En cuanto a España, ya en las elecciones autonómicas del año pasado Izquierda Unida se apuntó al discurso incapaz con su lema «Con IU es posible», el mismo elegido por el PP para su precampaña: «Con Rajoy es posible».
Es sabido que uno suele propalar a los cuatro vientos sus virtudes cuando sospecha que no se infieren de sus actos: se pregona con más ahínco lo que menos se practica. Si los viejos anarquistas creían en «la propaganda por el hecho», los actuales líderes prefieren eludir aquello que su comportamiento pone al descubierto y confiar en que la propaganda lo encubra.
Al difundir con tanta insistencia que «pueden», nos incitan a ponerlo en duda. ¿Hay mayor redundancia que proclamar que se quiere obtener el poder para poder? ¿No debería ser obvio que el poder es capacidad? ¿No afirma el viejo adagio que la política es el arte de lo posible? Dábamos por sentado que si Obama, Veltroni, Rajoy o Llamazares (ejem) llegaran al poder, dispondrían de los medios para llevar a cabo su proyecto político. El proceso lo expuso en su día con llaneza Alfonso Guerra, si la cita no es apócrifa: el poder consiste en dar una orden y que se publique en el BOE. Pues bien, esperamos de los aspirantes al poder que expliquen sus proyectos, aquellos que van a plasmar en el BOE, no un anuncio constante de que el BOE va a seguir saliendo. Importa el acto y no la potencia, por decirlo con altura aristotélica, pero si siguen refiriéndose constantemente a la potencia, no vamos a tener otro remedio que certificar su impotencia.
Quizá hayan dejado de ser evidentes las cualidades del BOE para transformar la realidad, y por eso nos recitan su tragedia, entonada con energía de campaña: puedo escribir los decretos más tristes esta noche. Tal vez estemos ante la característica definitoria de la nueva política: no es lo que quieren, es lo que pueden. Si en el 68 los realistas pedían lo imposible, hoy parece que el no va más de las utopías consiste en propugnar lo posible. Ya la aspiración del gobernante no es el ejercicio del poder, sino la posición de poder. ¿Para qué? Para lo que le dejen, a sabiendas de que encontrará cortapisas mucho más allá de las benditas limitaciones clásicas: el reparto del poder, la vigilancia mutua, los controles y equilibrios.
No se trata de impedimentos establecidos y aquilatados para que funcionen como tales, sino de que las fuerzas ingobernables parecen gozar de mayor pujanza -como ha puesto crudamente de manifiesto la crisis financiera de las hipotecas basura-, a la vez que los gobiernos nacionales se encuentran desbordados por los problemas más acuciantes, inmigración, terrorismo, cambio climático, imposibles de afrontar desde un solo país.
No es casual que fueran los movimientos antiglobalización los primeros en percatarse de ello y admitir su nulidad con el lema que los hizo célebres: «Otro mundo es posible». Les corresponde el mérito de haber hecho llegar al gran público esa teoría de los mundos posibles según la cual el mundo real es sólo uno, pero existe un mundo posible por cada manera en que las cosas podrían ser. Ejemplo para el altar de la pedagogía: la afirmación «Obama es presidente de los Estados Unidos» es falsa en el mundo real, pero es cierta en un mundo posible.
El empeño en pujar por esos otros mundos posibles, gobernados por quienes «podrán», pasa de puntillas por la dramática verdad de que se parecen demasiado a este mundo real desgobernado, en el que poco puede la política gongorina, convertida en humo, en polvo, en sombra, en nada.
EN lo que lleva el «New Flame» varado, las golondrinas han ido y han vuelto de África.
Hoy está previsto que amaine algo el temporal de levante, pero volverá a soplar fuerte el sábado y el domingo, por lo que quizá las golondrinas que esperan en Ceuta para cruzar, se atrevan entonces a partir del lunes a sobrevolar el Estrecho.
Las golondrinas le tienen pánico al mar y a los temporales, y llegan tan cansadas que entran volando muy bajas por las playas, casi a ras de mar y de arena. En ocasiones, es tal el esfuerzo del aleteo, que se detienen a descansar en los buques que encuentran como islas por su ruta, y no es raro que crucen el Estrecho de Gibraltar navegando, posadas en las cumbres de los barcos, o llenando la cubierta del puente donde dicen que no se oye nada aunque haya cientos de golondrinas a bordo. Es probable que más de una de esas golondrinas que vuelan hoy por Badajoz, y que cruzaron el Estrecho antes del temporal, se posaran en la cubierta semihundida del «New Flame», creyendo que navegaba hacia la costa.
Está comprobado que en un setenta y cinco por ciento de los casos salen al migrar antes los pollos que los padres, es decir que las golondrinas que nacieron en primavera en Europa, con menos de diez gramos de peso, cruzaron sin adultos el Estrecho y recorrieron en ocasiones diez mil kilómetros de distancia sin más guía que el instinto, las estrellas y el campo magnético de la Tierra. Ahora están esas golondrinas de vuelta. Y allí sigue el «New Flame», y su rastro negro sobre la playa.
Es triste y curioso comprobar que, a los que mandan ahora, lo que les importaba no era el mar.
Enterradores de la otan
Si la Alianza Atlántica pierde en Afganistán, no será a causa de la fuerza de sus oponentes externos, la guerrilla talibán o los terroristas de Al Qaeda, sino por sus debilidades internas, su peor enemigo hasta la fecha.
Es verdad que la Alianza Atlántica tiene un problema con el número de las tropas desplegadas. Un país doce veces más pequeño que Afganistán, Bosnia, exigió para la misión de estabilización sesenta mil soldados, mientras que en Afganistán la Alianza Atlántica apenas despliega 43.000. Una densidad muy baja.
Con todo, los problemas más graves son otros. Por ejemplo, de esos 43.000 soldados, más de un tercio son norteamericanos y entre Estados Unidos, Inglaterra y Canadá suman más de la mitad. La otra mitad se reparte entre 37 naciones. Una contribución bastante desequilibrada.
Y por si fuera poco, a esa disparidad numérica hay que añadir la más grave del reparto desigual de los riesgos. En Afganistán, sólo cinco miembros están listos a combatir, Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido, Dinamarca y Holanda, junto con Australia, que no es parte de la Alianza. El resto sólo está dispuesto a contemplar desde la distancia las acciones de esa minoría, como hace España. Y no por falta de medios, sino por falta de voluntad y el deseo de evitar riesgos a toda costa. No importa que eso ponga en peligro el éxito de la misión, la paz en Afganistán o la existencia de la propia Alianza Atlántica.
Es imposible tener una organización fuerte si sus miembros son débiles. Y los americanos tenían razón cuando hace años insistían en la disparidad de las capacidades militares entre ambas orillas del Atlántico. En la guerra, hasta lo más sencillo es complejo de lograr, y no siempre es prudente o posible querer hacer más con menos. Y, en los últimos quince años, los ejércitos europeos se han encogido hasta el punto de la jibarización.
Pero peor es todavía la falta de voluntad. Sin cohesión militar, la OTAN está condenada al fracaso. Sin voluntad de combate, la OTAN se vuelve un circo político. La izquierda estará contenta.

Gobierno y CEOE trabajan por la empresa española en Marruecos
Las relaciones empresariales hispano-marroquíes están en uno de sus mejores momentos y auguran un importante futuro. Hemos recorrido un largo camino para alcanzar el objetivo que los empresarios de ambos países nos marcamos y que ya ha dado sus frutos. Un camino en el que, en todo momento, hemos estado apoyados por el Gobierno de España y por nuestro embajador en Marruecos. En estos momentos más de 900 empresas españolas han elegido el Reino alauí como base de sus operaciones, y es justo reconocer el papel que han desarrollado la Casa Real española y la Casa Real marroquí, y los gobiernos de ambos países en este importante proceso.
El modelo de cooperación empresarial entre nuestros países tiene mucho que ver con los grandes lazos que unen a nuestros dos pueblos. Incluso en los momentos de crisis, por otro lado resueltos siempre con diálogo y buen entendimiento entre los gobiernos, las empresas españolas hemos manifestado nuestro pleno compromiso hacia Marruecos. Sólo en 2007 hemos realizado 16 encuentros empresariales en los que han participado empresarios de ambos países. Un esfuerzo que nos está permitiendo, con la ayuda del ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, transmitir la realidad del Reino de Marruecos, país amigo de España y socio prioritario de nuestros intereses en el Mediterráneo, a todos los empresarios españoles.
Las relaciones del Reino de España con el Reino de Marruecos son un claro ejemplo de buen entendimiento entre dos países que comparten numerosos intereses y que deben tener en sus relaciones económicas y empresariales un factor clave de estabilidad y de garantía de un futuro común, lleno de oportunidades, en el entorno de las actuales y futuras relaciones entre la Unión Europea y Marruecos.
Este análisis sobre el clima de entendimiento y progreso que existe entre nuestros dos países es plenamente compartido por los empresarios marroquíes. El presidente de la CGEM, el equivalente a la CEOE en Marruecos, Hafid El Alamy, destacó, ante los máximos responsables económicos del Gobierno de Marruecos, las buenas relaciones existentes entre los dos países y excelente clima de cooperación entre las organizaciones empresariales, plenamente en sintonía con las relaciones entre los dos reinos.
Pero es justo reconocer la importante labor realizada por los responsables ministeriales de Marruecos y España, especialmente por los ministros de Exteriores y de Industria y Comercio de ambos países, así lo hemos transmitido al primer ministro Abbás El Fassi, con el que mantuvimos una reciente entrevista en Rabat en el marco de la celebración de un encuentro empresarial al que asistió una delegación de empresarios españoles formada por más de 70 representantes de empresas con intereses en ese país.
Los empresarios siempre estamos pensando en el futuro. A corto y medio plazo, y gracias al Programa Maroc Ibérique, establecido por el Gobierno marroquí y la Confederación de Empresarios, CGEM, tenemos previsto un amplio programas de actividades entre las que destacan reuniones empresariales en Valencia, el próximo 27 de febrero, y en Barcelona, el 27 de marzo, extensivo a otras comunidades autónomas. Se trata, fundamentalmente, de encuentros de carácter sectorial, que se desarrollarán también en distintas zonas de Marruecos, como el ya previsto sobre promociones inmobiliarias en Tánger.
Además, la existencia de un Plan Marruecos, establecido por el Ministerio de Industria, Turismo y Comercio de España y por CEOE, las numerosas actividades desarrolladas por el Comité Empresarial Hispano-Marroquí, y la creciente presencia de empresas españolas en la zona, nos hace ser optimistas sobre el futuro de nuestras relaciones económicas, financieras y empresariales. Estamos seguros de que seguiremos contando con nuestro Gobierno a la hora de prestar una especial dedicación hacia Marruecos, que, junto a la colaboración con el Gobierno marroquí, nos permitirá contar con un marco financiero, económico o fiscal lo más atractivo posible para los empresarios de ambos países.
Una vez más la colaboración entre los responsables de nuestro Gobierno y CEOE ha dado sus frutos para conseguir una mayor presencia de las empresas españolas en un país tan importante como el Reino de Marruecos.
Los gatos y los zapatosM. MARTÍN FERRANDMI tía Eudoxia, a quien Dios tiene en su gloria gallega, solía decir, para señalar las ínfulas desmedidas de los eventuales discontinuos en el ejercicio del poder, que «hasta los escarabajos tienen tos». Hoy, estando todos sometidos a la tensión que tanto beneficia a José Luis Rodríguez Zapatero, podemos señalar con mayor carga anfibológica que «hasta los gatos quieren zapatos». Mariano Fernández-Bermejo, ministro de Justicia -lo juro-, quiere una vivienda digna con cargo al Presupuesto y no una pocilga como previamente la ocuparon las ex ministras Julia García-Valdecasas y María Antonia Trujillo. Emilio Pérez Touriño, presidente de la Xunta de Galicia -palabra-, quiere pasar por alto la agresión compostelana de la que fue víctima, por no ser nacionalista, María San Gil. El Parlamento vasco -no es una broma- quiere revisar los sucesos ocurridos en Vitoria, ¡en marzo del 76!, y solicitan la comparecencia de Manuel Fraga, Rodolfo Martín Villa, Alfonso Osorio y otros varios nombres de una época en la que la mitad de los españoles de hoy no había nacido...
Todos los gatos quieren zapatos, pero los nacionalistas los pretenden por docenas, por cientos, por millares. Y, además, escarpines, chancletas, alpargatas, botines, borceguíes, abarcas y babuchas por si prospera la alianza de civilizaciones. Ahora la plataforma intermitente conocida como Galeuscat -BNG + PNV + CiU-, flor y nata del despropósito nacionalista, que, en su conjunto, no alcanza la representación del diez por ciento de los españoles, pretende ser decisoria para el nombramiento de los presidentes del Congreso y el Senado después de las elecciones del 9-M. No sólo quieren zapatos, sino que los exigen hechos con una piel que todavía no está en el zurrón de los cazadores. A priori, y sin más razones, rechazan la hipótesis de que José Bono encabece la Cámara Baja porque, según el criterio de Anxó Quintana, Íñigo Urkullu y Artur Mas, el socialista es demasiado jacobino. ¿Qué demócratas de pacotilla son éstos que, sin el más leve sonrojo, se atreven a descalificar a alguien por unas ideas que son, por lo menos, tan válidas como sus contrarias y, en cualquier caso, más ajustadas a la Constitución vigente?
En vísperas electorales no es prudente hablar de los grandes remedios que puedan atajar los grandes males que nos afectan. La pugna partitocrática prefiere asuntos menores y más emocionantes; pero la escalada nacionalista, separatista, es tan imparable que, una de dos, o el PP y el PSOE, más del ochenta por ciento de la representación ciudadana, buscan una solución constituyente, profunda y lealmente conjunta, o debemos empezar a rezarle a Santa Lucía para que les devuelva la vista a Galeuscat y sus epígonos. La santa es siciliana, de Siracusa, y conoce por ello las rabiosas fiebres nacionalistas, caciquiles y mafiosas.