
Rajoy y Zapatero se enzarzan
EL segundo debate entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy puede no decidir las elecciones generales del próximo día 9, pero sí influirá en sus imágenes políticas ante la opinión pública. A estas alturas, hay ya una saturación de análisis sociológicos sobre la incidencia de estos enfrentamientos televisados y lo mejor es, sin duda, esperar a contar los votos. Ambos candidatos acudieron a su segunda cita con las cámaras de televisión precedidos por unos sondeos confusos, que dan al PSOE como ganador, pero que no cierran ninguna tendencia para el día de las elecciones. Lo que está claro es que resultará muy difícil para el PSOE mejorar los resultados de 2004 y más fácil para el PP acortarlos. La fragilidad de las encuestas se basa en la existencia de voto oculto a los populares, la persistencia de una bolsa de indecisos y las incertidumbres sobre el reparto final de escaños. Esto último es lo que explica que la victoria del PSOE en votos pueda no reflejarse en una diferencia correlativa en escaños. Incluso sería posible una victoria del PP en parlamentarios, aunque no en votos. Ahora es cuando los estrategas socialistas empiezan a valorar que tan importante es acumular votos como repartirlos adecuadamente. Nadie debería llamarse a engaño si se consuma este desfase entre votos y escaños, porque se ha venido produciendo desde el comienzo de la democracia en beneficio de los partidos nacionalistas y regionalistas y en perjuicio de los partidos nacionales minoritarios que, superando en votos totales a aquellos, sin embargo, suelen tener una menor representación parlamentaria. También sucedió en las elecciones autonómicas catalanas de 2003, cuando CiU ganó a los socialistas en escaños, a pesar de perder por medio punto porcentual.
Con estas posibilidades en la mano, Zapatero y Rajoy se enfrentaron ayer en un nuevo debate -ágil, trabado y tenso en algunos momentos, sobre todo en su duro rifirrafe a cuenta de Irak, ETA y del 11-M, y reiterativo en los argumentos esenciales-, en busca de la consolidación de su electorado natural, de la atracción de los indecisos y de la victoria personal frente al otro. En el primer debate, Rodríguez Zapatero estuvo retraído, claramente a rebufo de los comienzos que protagonizaba Rajoy en cada bloque de asuntos sobre los que debían discutir. Ayer, el candidato socialista quiso aprovechar que tenía el primer turno para invertir los términos y lo hizo con agresividad, interrumpiendo en muchas ocasiones a su oponente, y exponiendo una auténtica batería de propuestas económicas y sociales de futuro: creación de dos millones de puestos de trabajo, subida de pensiones, un acuerdo con sindicatos y empresarios para superar la desaceleración, 150.000 nuevas viviendas de protección oficial... Zapatero se pareció más al protagonista de un mitin -«la economía le ha importado un bledo», llegó a espetar a Rajoy- que al polemista convincente que debió ser ayer. Los contenidos no fueron originales, salvo la táctica de exponerlos, porque acentuó sus propios perfiles progresistas para satisfacer a los votantes de izquierda que podrían inclinarse por otros partidos políticos. Zapatero, con más recursos dialécticos que en el debate del pasado lunes, y con mayor capacidad de reacción, buscó el voto de los extremistas.
Rajoy, por su parte, no estuvo dispuesto a cambiar los papeles del primer debate. No quiso ir de actor secundario ni dejarse arrebatar el guión de sus mensajes. Sabía que el gran valor político de su campaña ha sido el lanzamiento de propuestas para grandes mayorías sociales en materia económica, de seguridad, de educación o de inmigración, ámbitos en el que volvió a superar en contundencia y argumentación al candidato del PSOE, a quien recordó el análisis del Financial Times sobre la gestión económica del Gobierno: «Un estropicio sin precedentes en la reciente historia de España». Rajoy era consciente de que a Zapatero no le valía empatar el debate, porque habría sido incoherente con su política de gobierno, orientada a la exclusión y la marginación de la derecha democrática. Por eso, Rajoy tomó la delantera en cada intervención al centrarse en su propio discurso y no perdió el tiempo en discordias menores. En definitiva, un debate que no habrá consumido las posibilidades de los candidatos para captar esos miles de votos que pueden decidir el último diputado de una circunscripción.
Hugo Chávez, a un paso del abismo
LA imagen de Hugo Chávez rindiendo homenaje al guerrillero Raúl Reyes con un minuto de silencio ante las cámaras de televisión ilustra perfectamente el grado de perversión y desquiciamiento al que ha llevado el caudillo venezolano su acción política, convirtiendo una operación antiterrorista en una gravísima crisis que parece la antesala de una guerra que no debería tener lugar en ningún caso. Hugo Chávez tiene en estos momentos vínculos más profundos y emotivos con un grupo terrorista que con el Gobierno legítimo de Colombia, con el que ha eliminado toda comunicación y prácticamente ha roto las relaciones diplomáticas, mientras que ha ofrecido a la narco-guerrilla de las FARC la consideración de fuerza beligerante.
Chávez ha actuado también, según todas las apariencias, como el instigador de la extemporánea reacción del presidente ecuatoriano, Rafael Correa, que ha pasado de una actitud razonable cuando fue informado de la operación militar colombiana en su territorio a repetir los mismos insultos que lanzaba el venezolano contra el presidente de Colombia, Álvaro Uribe. Y en realidad, el Gobierno ecuatoriano tiene muchas más explicaciones que dar que el de Bogotá, pues si, por un lado, es cierto que las tropas colombianas atravesaron la frontera, lo cual es reprochable, fue sólo porque los terroristas se cobijaban en territorio ecuatoriano y -por lo que se ha demostrado hasta ahora- con la escandalosa complacencia del Gobierno de Correa.
Al ordenar públicamente el despliegue de fuerzas militares en la frontera con Colombia, azuzando irresponsablemente sentimientos belicistas entre sus seguidores, Hugo Chávez se ha comportado como un dirigente desquiciado. Los argumentos que esgrime para justificar esta escalada militar no tienen precedentes en la historia reciente y no pueden explicar que pretenda arrastrar a tres países -o cuatro, si el nicaragüense Daniel Ortega sigue obedeciendo las instrucciones de Caracas, como hace Rafael Correa- a una guerra inútil y sin sentido. Si quedaba alguna duda, ahora sabemos para qué quería Chavez las armas que ha estado comprando y acumulando en los últimos años y los aviones y las patrulleras que el Gobierno socialista intentó venderle, a pesar de las evidencias de que el régimen chavista no dudaría en usarlas. Afortunadamente, las autoridades colombianas han mantenido por ahora la calma y se han abstenido de desplegar tropas o de hacer gestos que contribuyan a agravar la situación.
Chávez no ignora que, después de su derrota en el referéndum, su régimen ha empezado a resquebrajarse y que el descontento de la población venezolana crece cada día. Invocar al enemigo exterior es una artimaña a la que han recurrido otros caudillos populistas y dictadores militares, pero rara vez ha funcionado después de apagarse los destellos de los primeros cañonazos.
Plenario de los obispos
POR razones históricas, sociales y culturales, la Iglesia católica goza de un especial protagonismo en la sociedad española, reconocido expresamente por la propia Constitución. Por eso, la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal es seguida con gran interés por la opinión pública, más allá incluso de la renovación de cargos en la jerarquía. A pesar de la campaña lanzada por ciertos sectores laicistas, la voz de los obispos es escuchada con la máxima atención, no sólo por los católicos -una gran mayoría, según todas las encuestas-, sino también por los analistas de la realidad social. El presidente del Gobierno intenta presionar a los obispos afirmando que algunos prelados «se han extralimitado» y que, si gana el 9-M, va a poner «los puntos sobre las íes» en las relaciones entre la Iglesia y el Gobierno. En la misma línea, el programa del PSOE apunta a una reforma de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa, y no faltan voces que piden también una revisión de los acuerdos de 1979, a pesar de que han funcionado satisfactoriamente para ambas partes. Sin embargo, por mucho que Zapatero se empeñe, los obispos elegirán con toda libertad a quienes estimen convenientes para ejercer la más alta representación del Episcopado y seguirán hablando en voz alta para ilustrar a los creyentes y al conjunto de la sociedad sobre la perspectiva cristiana en las grandes cuestiones morales.
Ha dicho monseñor Ricardo Blázquez en su mensaje inaugural que la Iglesia ofrece a todos la fe con valor y franqueza, pero no quiere imponerla a nadie. Por mucho que se busquen diferencias artificiales, estos planteamientos son compartidos por todos los prelados españoles, cuyas diferencias de sensibilidad no permiten en ningún caso calificarlos con etiquetas ajenas a su alta misión espiritual. Los socialistas necesitan votos radicales y parecen dispuestos a buscarlos a costa de crear un problema, artificial, que irrita a muchos sectores moderados de la sociedad. Es una grave falta de responsabilidad, porque las instituciones permanecen más allá de las coyunturas, aunque no parece que eso le importe mucho a Zapatero en este o en otros terrenos. Los ciudadanos siguen con atención los debates de estos días en el Plenario de los obispos y estarán muy atentos al resultado de las votaciones para elegir a los nuevos responsables y miembros del comité Ejecutivo que configuran la cúpula eclesiástica. Sean quienes sean los elegidos, es notorio que la postura de los prelados españoles, amparada y orientada por el Benedicto XVI, seguirá contando como una referencia para muchos millones de personas, por mucho que les moleste a ciertos políticos oportunistas. La Iglesia cuenta su tiempo por milenios y no se deja arrastrar por maniobras ocasionales.
Los Juegos Olímpicos de la Represión
LOS Juegos Olímpicos de Pekín, que se celebrarán el próximo mes de agosto, serán un torneo político. Desde que Pierre de Coubertin los reinventara, los Juegos Olímpicos siempre han estado politizados. Los primeros tuvieron lugar en 1896 en Atenas para avergonzar a los turcos que aún ocupaban el norte de Grecia. Los Juegos de Berlín de 1936 celebraban el triunfo de la ideología nazi. Los Juegos de Seúl de 1988 abrieron las puertas a la democratización de Corea. ¿Serán los de Pekín como los de Seúl o como los de Berlín? ¿Serán la apoteosis de un régimen autoritario o el principio de su defunción? Muchos observadores optimistas de China, a veces aplacados por su cercana relación con el régimen comunista, apuestan por una transición suave desde el despotismo hacia una sociedad china abierta, pero los acontecimientos recientes no sostienen una interpretación tan benigna de la estrategia del Partido Comunista. Se da la casualidad de que, desde principios de este año, la represión contra los activistas, los abogados y blogueros que defienden los derechos humanos ha sido más severa que nunca. Se desconoce el número exacto de disidentes democráticos que están encarcelados, o algo peor. El 7 de enero se supo que un bloguero de nombre Wei Wenhua había muerto a manos de la policía en Hubei mientras intentaba grabar un levantamiento en un pueblo. No hay manera de dar cuenta de las víctimas ignoradas, ni de explicar por qué algunas de ellas son condenadas a muerte y tiroteadas. No sabemos cuántas se envían a los «centros de reeducación» sin juicio previo. A falta de estadísticas fiables, centrémonos en dos personajes simbólicos del movimiento a favor de la democracia: Hu Jia y Chen Guancheng.
El pasado 27 de diciembre, 20 policías armados detuvieron a Hu Jia ante la presencia de su mujer y su bebé de dos meses. La policía procedió con extrema violencia física, como si Hu Jia pudiera oponer resistencia. Sin embargo, Hu Jia es un joven diminuto de 34 años, que sufre de una dolencia hepática crónica. Es más, es un firme creyente en la no-violencia, admirador del Dalai Lama, discípulo de Mahatma Gandhi y budista sincero. Verdaderamente, uno se pregunta por qué el poderoso Partido Comunista Chino está desplegando todo su poder para secuestrar a un enemigo tan pequeño, y está claro que es un secuestro. El Partido le acusa de «subversión», pero no ha violado ninguna ley china. ¿Estaba a punto de derrocar al Partido? ¿Lidera un ejército contrarrevolucionario?
A una escala mucho más modesta, Hu Jia dejó los estudios en la Universidad de Pekín en el año 2000, cuando se enteró de que miles de campesinos de Henan estaban muriendo de sida después de haber vendido su sangre a unos traficantes locales. Casualmente, desde el principio de esta epidemia, la actividad principal de Hu Jia es proporcionar medicinas y consuelo moral a las aldeas condenadas de Henan. Su labor benéfica no se ve facilitada por las autoridades locales, sobre las que recae parte de la responsabilidad de esta epidemia; es más, como las ONG están prohibidas en China, Hu Jia sólo puede actuar por su cuenta. Si creara cualquier tipo de organización para apoyar su causa benéfica, infringiría la ley. A partir de la reveladora tragedia de las víctimas de Henan, Hu Jia alcanzó a comprender que se debía a la ausencia de derechos humanos en China. Por tanto, abrió una página web que sirve para que chateen los académicos chinos que comparten su preocupación. Esta página web, que ahora ha sido clausurada por el gobierno, informó del destino de Chen Guangcheng.
Chen, campesino ciego y abogado autodidacta, había protestado en 2005 contra el secuestro de cerca de 3.000 mujeres en su ciudad natal, Linyi. Estas mujeres habían sido esterilizadas u obligadas a abortar para estabilizar el aumento de población de esa región. Como esta violencia extrema quebranta la ley china, Chen tomó la iniciativa de elevar una petición al Gobierno central. Este procedimiento de petición es la única manera de protesta reconocida legalmente en China. Cuando llevó su petición a Pekín, acompañado por un reducido grupo de abogados, Chen fue acusado de perturbar el tráfico en las congestionadas carreteras de Pekín. Las autoridades le condenaron a cuatro años de cárcel por esta perturbación.
Deberíamos preguntarnos por qué los modestos testimonios de Hu Jia y Chen Guangcheng, arraigados en la tradición moral china, provocan una represión tan drástica por parte del gobierno. Está claro que Hu y Chen respetan la ley. No llaman a la revolución. Es verdad que hablan con periodistas extranjeros que informan de sus acciones, pero la ley no prohíbe este tipo de contactos. ¿Teme el Partido a estos insignificantes disidentes? Puede que sí. Al Partido le persigue el precedente soviético. En China no se permitirá que haya ningún Sajarov ni ningún Solzhenitsin que empañe el «éxito» del Partido. El encarcelamiento de Hu Jia y Chen Guangcheng es un indicio claro de que ningún proceso de democratización comenzará en China fuera del control del Partido. Cuando los propios líderes chinos mencionan la democracia en declaraciones oficiales, se refieren a una democracia «organizada», de arriba abajo. Cualquier intento que surja de la sociedad civil hacia la democratización debe por tanto aplastarse nada más nacer.
Está claro que China no se encamina hacia una democracia al estilo occidental y el crecimiento económico no es un preludio de una sociedad libre, siempre que el Partido lo pueda evitar. La verdadera ambición del régimen es inventar una alternativa a la democracia occidental. Sería un despotismo ilustrado bajo la tutela de un partido comunista meritocrático. Los Juegos Olímpicos se diseñarán para fomentar este modelo alternativo.
¿En qué medida es legítimo este modelo? El Partido Comunista, con 60 millones de miembros, casi todos hombres y habitantes de las ciudades, probablemente lo aprobaría. Los 200 millones de chinos que comparten los beneficios del rápido crecimiento económico también estarían de acuerdo. Pero, ¿qué piensan de este despotismo ilustrado los 1.000 millones de personas que se mantienen en la extrema pobreza (300 millones viven con poco más de medio euro al día) y que se ven privados de cualquier derecho? Nadie lo sabe, porque no tienen ninguna forma de expresar sus deseos. Es muy posible que Hu Jia y Chen Guangcheng representen a estos 1.000 millones de habitantes mudos más que el Partido. Ésta podría ser una de las razones por las que el Partido les ha machacado. Por esto cualquier participante decente de los Juegos Olímpicos debe exigir la liberación de Hu Jia y Chen Guangcheng, ya mismo.
GUY SORMAN

No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada